Luis despertó muy nervioso, temprano en la mañana del
último día de su vida. Había vivido cincuenta años preparándose para ese día,
había pensado mucho y hasta escrito un poco. Había pintado un cuadro y se había
casado. Había recibido consejos de su familia, de sus amigos, de sus colegas y
de los curiosos, se había hecho famoso y había aparecido en la televisión.
Había escuchado a doctores y sicólogos, y también a sacerdotes. Había leído la
Biblia, había confesado sus pecados y había recibido la comunión. Había hecho todo,
pero aún así despertó nervioso, muy nervioso. La verdad es que era muy comprensible
que estuviera así, cualquiera lo estaría si supiera la fecha exacta de su
muerte.
Llevaba
mucho tiempo planeando ese día; un día repleto de actividad, para distraerse,
rodeado de su familia, y al final, una misa. Pero ese día había llegado, y no
tenía ganas de hacer nada, quería estar solo. Se levantó de la cama, con
cuidado de no despertar a la Vieja. Se vistió y bajó al comedor, donde lo
recibió un alegre cartel salpicado de colores: “Feliz día Papá”. Invadido por
una súbita tristeza, salió a la calle.
¿Dónde
iría? Se quedó parado un rato intentando tomar una decisión. Uno a uno, todos
los lugares en lo que alguna vez había estado desfilaron por su memoria; cada
uno le tentó menos que el anterior. Defraudado de sí mismo, arrastró sus pies
algunos metros. Se sentía muy cansado y
no quería estar en ningún sitio.
La
verdad hubiera preferido estar con su familia, pero no le gustaban los momentos
emotivos, repletos de voces quebradas y ojos enrojecidos. Además, sentía una
insoportable amargura al recordar la sorpresa que le tenían preparada. Aunque tal vez, si volvía rápido, llegaría antes de
que el Lucho y la Clarita despertaran. No muy convencido, giró sobre sus pasos,
pero se detuvo ahí mismo. Frente a él había un afiche, que bajo un vistoso
título ofrecía una escena de lo más curiosa: una mujer rubia, de largo vestido
de novia, se balanceaba sobre una hamaca con la vista fija en un libro y la
boca abierta. A su lado, un orangután escuchaba, exhibiendo una cómica cara de
concentración. Luis esbozó una débil sonrisa, presa de una suerte de nostalgia.
Esa escena fantástica le recordaba vagamente algún lugar. Se quedó pensativo.
¡El
zoológico! Antes de darse cuenta, se bajaba del metro en Estación Central para
caminar ávido hacia la ventanilla.
- Pasaje a Buin, por favor.
-¿Metro-tren? Son mil quinientos.
-Sí, sí. Tome.
-Caballero, se le cayó algo.
Luis bajó la mirada. En el suelo
había una foto de su familia; debía haberse deslizado al sacar el billete. Era una foto vieja, de hacía muchas navidades.
Estaban todos abrazados al lado del nacimiento, y la Clarita los miraba curiosa
desde su cochecito azul… ¡el cochecito azul! ¿Qué habría sido de él? Echaba de
menos esa etapa, los pañales, la guagua que llora, la Vieja levantándose a las
cinco a dar papa, para volver al rato a la cama, rendida, como si le pesara la
camisa de dormir. Sin embargo, siempre volvía sonriendo. Tener guaguas… Nunca tendría
la oportunidad de volver a pasar por eso, ni por nada más. Esta idea lo aterró.
-¡Caballero!
quinientos pesos su vuelto. Que tenga un buen día.
Cuando estaba a punto de subir al
metro-tren, ocurrió algo terrible. Levantó la vista para mirar la hora en el
reloj de la pared opuesta, justo a tiempo para ver una paloma que volaba directo
hacia él. La alcanzó a esquivar con un brusco movimiento hacia la izquierda. “¡Cuidado!”,
gritó alguien. Se escuchó un golpe seco, seguido por chillidos de espanto. Luis
se dio vuelta. La paloma había dado con el pico de lleno en el ojo de un
pequeño, y éste yacía ahora en el suelo, la cara roja de sangre. El pájaro, que
había quedado medio aturdido, tenía aún metida la cabeza en el ojo del niño.
Nadie atinaba a hacer nada. Su madre, desesperada, estaba medio arrodillada a
su lado, sin atreverse a tocarlo. Luis, presintiendo el peligro, alargó con
cuidado la mano para sujetar a la paloma, pero llegó apenas unos segundos
tarde: ésta se sacudió y voló, llevándose consigo todo el ojo.
El Buin Zoo era un infierno. La gente
se paseaba a regañadientes entre las jaulas, envidiando el pantano de los
hipopótamos o el bebedero del león. Luis caminaba con las manos en los bolsillos,
afiebrado por el calor y atormentado por una única pregunta. ¿Por qué no había
sido él, que iba a morir ese mismo día? Estuvo así mucho rato, dando vueltas y
vueltas como un fantasma, alrededor de la jaula del tigre. Estaba completamente
desconsolado, no podía hallarle ningún sentido a lo que acababa de pasar. De
pronto, con tanta vuelta, puso nervioso al tigre, que saltó sobre la reja entre
maullidos secos. Luis volvió en sí, asustado por la reacción brusca del animal.
Sacudió la cabeza, un poco mareado, y recordó a su familia. Al Lucho le
encantaban los tigres, de hecho, habían estado varias veces parados ahí, con
ese mismo ángulo sobre la jaula. Una rabia impotente se apoderó de él. Le
quedaban unas pocas horas de vida y estaba ahí, lejos de todos, por decisión
suya. Se enfurecía consigo mismo por haberse ido de la casa. ¡Ingrato, cobarde!
No podía identificar con claridad el sentimiento que lo embargaba. Era miedo,
desde luego, y también rabia, una culpa angustiosa y nostalgia, y una amarga
repulsión hacia sí mismo. Quería volver a su casa, pero una endemoniada vergüenza
lo retenía en el lugar. ¿Qué era lo que le daba tanta vergüenza? ¿Haber
escapado de su familia? ¿Haber intentado escapar de su muerte segura? No, era
más que eso. Era algo más vago, más importante que eso.
Miró a su alrededor. Vio a una
niñita risueña que intentaba librarse de la mano de su madre. Vio grupo de
escolares que escuchaban aburridos a su profesor. Vio más de una pataleta a
causa del calor, y más de un padre siguiendo la curiosidad de su hijo de jaula
en jaula, con una paciencia infinita. Todos ellos iban a morir, todos. En algún
momento lo harían, y probablemente ninguno tendría una oportunidad para
prepararse como la suya, ni nada remotamente parecido. Pero, ¿Quería realmente
eso? Había tenido cincuenta años para poner su vida en orden. Para él nunca
habían existido los “algún día, en algún momento”, nunca había concebido el futuro
de esa forma dilatada e imprecisa. Para él, todo había tenido una fecha exacta,
un plazo definido. Su agenda, escrita años antes, había llegado a ser una
verdadera bitácora de su vida; todo lo había cumplido, todo lo había logrado. Sin
embargo, ¿De qué valía todo eso ahora? Lo invadía una angustia abrumadora, muy
distinta de la serenidad que lo había acompañado durante toda su vida. Además,
estaba el incidente de la paloma. Eso lo descolocaba ¿Para qué? Siempre había vivido
según la máxima de que Dios permite todo por alguna razón; ahora esa máxima parecía
diluirse en el aire como una voluta de humo.
De pronto, la niñita risueña logró
liberarse de la mano de su madre y corrió hacia la reja del tigre. La madre hizo
ademán de perseguirla, pero probablemente pensó que estaba siendo exagerada, y
la dejó divertirse. Luis la siguió con su mirada perdida en melancolía. La
pequeña se apoyó en la reja. Miró al tigre, miró a su madre, miró a su
alrededor, y ya segura de que nadie la vigilaba, se encaramó a la reja y se
puso a trepar con una agilidad sorprendente. Cuando Luis la vio, ya había
llegado a la parte alta de la reja y comenzaba a bajar por el otro lado. No
gritó, no intentó alertar a nadie; sólo corrió, y en un abrir y cerrar de ojos
había saltado la reja. La niña caminaba directo hacia el tigre, riendo con una
ingenuidad inverosímil. Luis se acercó por detrás, con sigilo. Estaba a escasos
metros de la niña, y el tigre parecía no haber reparado en ella. Todo el resto
del mundo se había silenciado de un momento a otro; no podía oír nada que no
fuese el crujir de sus pasos. La niña tampoco parecía haberlo visto a él, sólo
se enfocaba en llegar al tigre. La distancia se acortaba poco a poco, sólo un
poco más… un alarido de espanto cortó el silencio. Luis se sintió desfallecer.
Intentó mantener su ritmo, pero ya era inútil; todo el zoológico corría hacia
la jaula, en medio de un enjambre de socorros. La pequeña no se inmutó, pero el
tigre sí. Levantó la cabeza, pero no la miró a ella, miró a Luis. Desde el otro
lado de la jaula un joven, que también había saltado la reja, le hacía señas a
la niñita, la que, justo a tiempo, se dio cuenta del peligro, y comenzó a ir
hacia él. Mientras, el tigre mantenía su vista fija en Luis. Éste se volteó
hacia el gentío, para encontrarse directamente con los ojos de la madre. Ella
tenía su mirada fija en él, una mirada de gratitud, de perfecta gratitud, una
más allá de todo retrato sobre papel. Luis, para su propia sorpresa, le devolvió
una mirada serena. Había olvidado todo lo demás, todo parecía tan volátil, tan grotesco…
Recordó la cruz que llevaba siempre al cuello, y la sujetó con firmeza. Tomó
aire, y giró sobre sus talones. Fue lo último que hizo.
Felipe Cousiño
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