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Mostrando las entradas etiquetadas como Ignacio Lecaros

microcuento valparaiso

Me fui a Valparaíso. Primera vez que voy al puerto. Arrendé una casita en el cerro Concepción. No te vayas a vivir ahí. Quiero seguir mis sueños de artista. Valparaíso era una postal. Bajo del bus.  La postal está roída: calles malolientes, marineros ebrios en las esquinas, grafitis panzerinos en cada muralla que algo tenía de espacio. Neftalí... ¿cuánto te pagaron?

El desdichado señor Aston

       El señor Aston despertó primero, simplemente se quedó mirando tranquilamente el rostro canosos que dormía un pacíficamente a su lado. Una vida juntos se podría reflejar claramente en la forma en que el señor Aston miraba a su señora, apoyada en su brazo, tranquila, durmiendo. La vejez no la había tratado bien, no quedaba nada bello en su cara, su agotamiento se notaba desde lejos y las enfermedades la tenían ya casi sin cabello en su cabeza, su piel estaba pálida, tenía unas ojeras profundas, un hilo de saliva escurría por su mejilla. Orgulloso miraba a su luchadora mujer, con un grado de admiración, ella que había luchado contra la vida y siempre triunfo.  De pronto tanta paz en su mujer lo alarmó, ya ni siquiera respiraba. Esta había sido su última lucha, durmiendo, descansando junto al amor de su vida. Ignacio Lecaros

Reencuentro

Al fin logro ver a mi esposa, años sin verla, años sin ver a mis hijos casarse, mis nietos nacer, mis nietos casarse, todos se ven diferentes, caras nuevas que no conocía, pero en el fondo los reconocía. Al fin salgo de esa cárcel. Beso a mi mujer, voy al baño y un anciano me mira fijo, no sé quién es, me imita, y ahí al fin fue el verdadero reencuentro.

Aniversario

Me levanté pensando en él, hoy cumplimos un año separados, decidí ir a verlo. Al llegar vi que algo raro había pasado, o eso creí al ver la gran conmoción que había en el cementerio, me asomo y veo que habían desenterrado su ataúd, cae una lágrima de mis ojos cuando siento que alguien me toma por la espalda. 

¿Borrón y cuenta nueva?

                Llevaba al menos media hora esperando la micro, era el ultimó paradero del recorrido, donde solo sube gente que no quiere volver después de su viaje de ida, gente que luego de ver la realidad en que viven los de un poco más abajo de sus barrios, quienes tienen mansiones de innumerables metros cuadrados, mientras yo, aquí. Pero ni siquiera el rencor hacia ellos o el resentimiento me importaban, hoy era el gran día, llevaba cuanto mínimo veinticuatro horas fuera de rehabilitación. Esos pobres diablos que me mantuvieron sufriendo por un año, también me han mantenido sobrio por alrededor de seis meses y además para reintegrarme me consiguieron trabajo. Hoy era el primer día, todo debía salir bien, afianzarme en el trabajo, ganar un sueldo regular y así poder sacar adelante a mi familia, permitirles dejar de vivir en ese árido barrio, donde las plazas no son de pasto sino de tierra y en vez de flores vemos agujas y jeringas de los adic...