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Mostrando las entradas etiquetadas como Vicente Larraín

Oda al basurero

Ayer me desperté y pensé. Para hacer un poco de espacio tiré recuerdos y pensamientos a la basura. Ahí están a salvo: Hondo cofre de realidades abandonadas, destino de sueños perdidos arrugados. Cielo de lo olvidado, Infierno helado sin fondo. Ecosistema revuelto de menosprecio, reciclaje recortado renovable. Donde fallan las mentes caen las cartas, en tu buzón infinito de dirección olvidada. Tanto escarban los hombres en sus memorias, mientras tu maldición es el nunca poder olvidar. Enséñame a ser como tú, tenaz e imperturbable. ¿Cómo soportas la pena de llevar lo que los demás no soportan? Porque los hombres son manantiales de verdades y confusiones y horrores. Y tú eres el lago donde reposan sus olvidos, sus fracasos y sus miedos.

Viejas costumbres

Llevaba chaqueta y corbata, de muy buena calidad y mejor gusto aún. En el pasado había usado anteojos, ahora había ascendido- en su opinión- a lentes de contacto. Antes no sabía que habían cortes de pelo "caros"; ahora, con la testa impecable, tenía otro concepto de lo "caro". Para completar el estereotipo, ese día usaba un anticuado par de guantes blancos. Tenía un muy buen trabajo, por supuesto, pero mantenía vivas algunas viejas costumbres. Era ejecutivo de un importante banco, pero todavía conservaba el quiltro recogido de la calle que lo había acompañado en su ascenso. Podía comprar habanos auténticos, pero todavía fumaba los Hilton sin filtro de su juventud. Ese día, se encontraba caminando por una de las avenidas principales de su ciudad, de nombre irrelevante para nosotros e incluso para él. Había terminado de almorzar con un importantísimo cliente y se le veía rebosante de alegría: al parecer, le había ido bien. Paseaba, sencillamente; vagab...

Mirada.

Si los ojos son los espejos del alma, entonces la tuerta era un microscopio. A diario cruzaba por el mismo lugar, intentando que su mirada única no se topara con las miradas dobles. Un día... lo inevitable. Ahí estaba yo. Ella tras su único cristal. La incomodidad se amplificaba en vergüenza, la preocupación en una herida. Vuelvo a casa y no me atrevo a mirar en el espejo.