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Viejas costumbres

Llevaba chaqueta y corbata, de muy buena calidad y mejor gusto aún. En el pasado había usado anteojos, ahora había ascendido- en su opinión- a lentes de contacto. Antes no sabía que habían cortes de pelo "caros"; ahora, con la testa impecable, tenía otro concepto de lo "caro". Para completar el estereotipo, ese día usaba un anticuado par de guantes blancos.

Tenía un muy buen trabajo, por supuesto, pero mantenía vivas algunas viejas costumbres. Era ejecutivo de un importante banco, pero todavía conservaba el quiltro recogido de la calle que lo había acompañado en su ascenso. Podía comprar habanos auténticos, pero todavía fumaba los Hilton sin filtro de su juventud.

Ese día, se encontraba caminando por una de las avenidas principales de su ciudad, de nombre irrelevante para nosotros e incluso para él. Había terminado de almorzar con un importantísimo cliente y se le veía rebosante de alegría: al parecer, le había ido bien. Paseaba, sencillamente; vagaba sin un rumbo que trascendiese de la próxima esquina. Si de un narrador omnisciente se tratase, podría decir que se hallaba entregado a su imaginación, a los cada vez más frecuentes delirios de grandeza, sumergido en el océano de su ego, olvidándose de salir a respirar algo de realidad. Sin embargo, no es el caso y, como simple testigo de los hechos, me limitaré a afirmar que se le veía absorto en esa clase de autismo tan común denominado por algunos como "éxito".

Una vieja, en la misma avenida principal por la que transitaba el ejecutivo, caminaba de similar forma. Digo de similar forma porque no hay otra forma de caminar. En realidad, andaba apurada, afligida por numerosas responsabilidades, cargando en el dolor de sus huesos la pobreza pasada y presente, henchida de una rabia que no había menguado con los años; el corazón de esta abuelita no se correspondía con la expresión del mismo nombre. Si fuera un narrador omnisciente, nuevamente, diría más o menos aquí, en cursiva: Leche, jugo en polvo, pan...Leche en polvo, jugo, pan...Leche, jugo, pan en polvo...¿pan en polvo?¿Harina?¡Mierda! Maldito Alzheimer... Sin embargo y, como ya dije, esto es un mero testimonio, as´que me limitaré a decir que se vio a la vieja, en esos momentos, fruncir el ceño y dibujar para sí con los labios cierta coprolalia que nunca llegó a escucharse.

Entre tanto contraste, la vieja y el ejecutivo tenían en esos momentos algo en común: los dos caminaban apurados, sin observar. Había ganado en ellos la exclusión individualista, al mundo que los rodeaba. Eran centro, Creador y Creación de su Creación, Universos en el sentido estricto de la palabra.
En todo baile hay algo de conflicto: una lucha por la dominación sobre el otro, sea en la forma de resistencia a los embistes del cortejo, o bien el triunfo del que intenta quitar algo del otro. Cuando sintió el golpe, la vieja comenzó a bailar - En plena Avenida de Nombre Irrelevante: ¡Qué vergüenza! -. Sus manos estiradas aferradas a la misma cartera que otras manos más jóvenes, mas velludas, y ciertamente más fuertes. La danza del asalto duró unos segundos, de mágica ronda en torno al objeto de éste, hasta que se rompió el lazo que unía los danzantes. Cuando atinó a gritar pidiendo ayuda, el ladrón ya había recorrido diez metros, y se aprestaba a correr otros tantos, seguramente sin la intención de detenerse en un futuro cercano. El ejecutivo presenció toda la escena.

Mientras el resto de la gente permanecía inmutable, impactada por presenciar un hecho de esta índole en pleno centro de la Ciudad Donde Se Narran Estos Hechos, sólo nuestro héroe atinó a correr, siguiendo el mismo curso que el ladrón, como aguas de un mismo río. Donde el rufián dobló, internándose en un oscuro callejón, el ejecutivo exitoso hizo lo mismo; donde el villano se volvió a sumergir en la multitud, nuestro héroe no pudo dejar de imitarlo. A lo largo de la carrera, mantuvieron más o menos la misma distancia: el "lanza" debido a su experiencia en el oficio, el ejecutivo imbuido de una adrenalina olvidada. No se perdían de vista, y la persecución parecía adquirir un ritmo circular, repetitivo. Se volvía eterna.

Cuando el ladrón, que había virado en un oscuro callejón, comprobó que había perdido a su persecutor, se dejó caer sobre un montón de basura digna de dicho nombre, a juzgar por el tugurio de donde había salido. Se secó con la manga de la fina camisa el sudor de la frente y cerró los ojos para aprovechar el súbito momento de paz, antes de registrar las ganancias de su última redada.

Nuestro héroe, el exitosoempresariobienvestidoquetodaviaconservabaviejascostumbres, abrió la cartera recién sustraída para revisarla. Separó el dinero, la tarjeta de crédito y el teléfono celular, para tirarlos a la basura. Guardó para su colección los cupones, el pinta uñas y las fotos familiares.

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