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Carmen

Apenas vio la figura de la mujer aparecer en la vereda, se dispuso a llevar a cabo su labor. Con gran tranquilidad, sacó la cajetilla del bolsillo. Se rió levemente al observar las letras blancas que formaban el logo de Marlboro sobre el cartón rojo del paquete. Siempre compraba los mismos, y eso le parecía bastante bien. Eran fuertes, por lo que los consideraba muy adecuados para un hombre de su profesión.

Con el cigarro en la mano, cruzó la calle y se acercó a la mujer para preguntarle con excesiva amabilidad:

-Disculpe, señorita. ¿Tiene fuego?

Se veía algo confundida, con la mirada perdida. No era difícil darse cuenta de que algo la tenía inquieta. Tras una breve pausa, reaccionó:

-Sí, sí, espere un segundo.

Rápidamente sacó un encendedor rosado de su cartera y le prendió el cigarro al sujeto. Enseguida, sin decir palabras, la mujer siguió su camino y entró al edificio de al frente.

El misterioso fumador la observó saludar al portero, lo que le acabó de confirmar que había averiguado bien la dirección. Sonrió orgulloso, nunca fallaba. Más o menos cuando había terminado la mitad del cigarro, la vio aparecer en el balcón de su departamento en el cuarto piso. Volvió a examinarla detenidamente. Era una mujer muy bonita y eso era realmente lamentable.

Arriba, la mujer fumaba. Abajo, el hombre la observaba fijamente. Ambos permanecían en sus respectivos lugares como si estuviesen totalmente inmovilizados, mientras que el resto de la ciudad seguía su clásica rutina de cada día. Los típicos trabajadores de oficina transportaban sus maletines de una vereda a otra, siempre con las escandalosas bocinas de los conductores apurados que les hacían música de fondo.

El enigmático sujeto se detuvo un momento a mirar cómo la joven fumaba. Ese tipo de mujeres siempre estaban intentando dejar el vicio. Seguramente ella había visto cientos de vídeos y quizás hasta leyó un libro, sin lograr dejar su adicción de lado. Tenía que librarse de ese humo que poco a poco la estaba matando.

De pronto, la mujer desvió la mirada hacia la calle, y por una fracción de segundo, ambos cruzaron miradas. Llevaba varios años en el mismo trabajo, pero nunca había logrado acostumbrarse a ese momento. Ese minuto le hacía todo mucho más difícil. Normalmente le costaba más cuando tenían hijos, pero esa mujer le recordaba a alguien. Era realmente una pena.

Olvidó todas esas estupideces y arrojó la gastada colilla al piso. Examinó el contenido de la billetera. No buscó los billetes, esos ya le llegarían. Además, le gustaba ganarse el dinero. Se detuvo para mirar el carné de identidad. Su nombre era Carmen.

A primera vista parecía una buena mujer. ¿Cómo habría llegado ella a tener esos enemigos? Bueno, no era asunto suyo. Le llamaron la atención un par de fotos familiares que también se encontraban dentro de la billetera. Con ellas sería suficiente para no olvidar su rostro, aunque a decir verdad, las fotos estaban de más. Nunca había logrado olvidar una cara, y esa no sería la excepción. Esa misma noche acabaría con el trabajo.

Tanto rato esperando lo tenía con el estomago vacío. Guardó en su bolsillo el carné y las fotos, y se dirigió a comer algo. 

El dinero y la fina billetera de cuero fueron a parar a la basura.






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