La noche era fría y su cuerpo lo sentía. Fue a la chimenea, esa que con sus oscuros colores contrastaba con el abrasador fuego que solía ser su único acompañante en noches como esta, puso un poco de papel del diario del día anterior, que no tenía más que tristes noticias en sus grises paginas con tinta negra, ramas y un par de leños oscuros de arrugada corteza que había por ahí. Soplando un poco las pequeñas y rojas brasas que aun quedaban, logró encender el papel y éste a su vez encendió las ramas secas, que con sus llamas pudieron llevar a cabo el dificultoso trabajo de secar y prender esos húmedos troncos.
Una vez pasado el frío, sintió como su estómago alegaba el hambre que sentía por medio de un fuerte sonido de tripas y una punzada que lo hizo detenerse un segundo antes de volver en si luego de haber estado unos minutos con la mirada perdida en el fuego, que bailando entregaba su calor reconfortante. Fue a revisar entre lo que tenía y no encontró más que un atún en aceite enlatado, lo que le pareció extraño ya que creía haber llenado su dispensador de alimentos.
Volvió a su comedor junto al fuego mientras le hacían compañía los más fieles amigos que podía desear: cinco perros que lo acompañaban a todas partes. Estos parecían ser de raza debido a los profundos colores, que detras de la suciedad se notaban en sus pelajes, y a sus figuras esbeltas, como si estuvieran relativamente bien alimentados. Sin poder distinguir las razas se veia que uno de ellos tenía manchas oscuras que parecian islas en un mar color blanco. Habian dos que eran de tonos similares, uno mas cafe que el otro pero ambos con tonalidades extremadamente oscuras, con un hocico muy bien formado uno y el otro de cabeza mas achatada. Los otros dos eran mas pequeños de tamaño, uno era algo parecido a un Jack Russell y el otro aparentaba ser un Pastor alemán, pero no se podía afirmar con seguridad.
Mientras comía, vio como afuera comenzaba a nevar, formándose poco a poco un delgado manto blanco que cubría todo menos la escurridiza agua que corría una poco mas abajo.
Notó que el fuego se apagaba y fue a revisar si había papel para volver a encenderlo, pero se dio cuenta de que no tenía más, por lo que decidió ir a caminar a ver si encontraba algo que le sirviera, por la relativamente desierta ciudad, cosa que no era nueva en estos crudos dias invernales, que con sus fríos infernales hacían temblar al más valiente.
Se puso de pie y fue caminando, acompañado por dos de sus perros, a recorrer las oscuras, frías y húmedas calles de la ciudad, únicamente iluminadas por los focos a medio funcionar que apagandose de vez en cuando, con sus luces amarillentas formaban leves sombras sobre el áspero pavimento. Una revista, un diario o cualquier cosa que pudiera darle calor por esta noche serviría. Luego de varias horas buscando por los caminos sin fin y encontrándose a momentos con alguna persona, encontró un libro con tapa dura, color verde y un poco gastado. Tenía muchas páginas y en su lomo, escrito en letras doradas se veía que estaba titulado "La culta dama" y en letras mas pequeñas se veía el nombre del autor, llamado José de la Colina. Lo hubiera leído pero no podía ni tenía tiempo para leer libros.
Estaba cansado. Agotado. Se sentó un segundo en la vereda apoyándose en la reja de una pequeña casa. El frío lo obligo a acurrucarse para no tiritar. Los perros se habían ido. Estaba solo, sin nadie que lo acompañara. Sin darse cuenta fue cayendo de a poco en un profundo sueño.
Abrió los ojos y vio que aun seguia oscuro, pero seguramente quedaba poco para que amaneciera. Quiso volver a su abrigada manta en su hogar junto al río, bajo el puente para acurrucarse junto a sus perros a un lado del fogón.
Se puso de pie con el libro bajo el brazo y volvió a su casa.
Comentarios
Publicar un comentario