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La muerte en los ojos

El hombre se baja con decisión de su deportivo descapotable recientemente comprado. Sus pasos resuenan a través del solitario estacionamiento, y sin saber bien a dónde dirigirse, revisa un mapa colgado en la pared.
Urgencias, Rayos... Consultas, quinto piso.
Camina hacia el ascensor y presiona el botón hacia arriba. Una agraciada mujer llega y saca su smartphone, espera. Esta, de unos veinte o treinta años, era de esa generación tipo que se ve tanto hoy día. Cargada de ansiolíticos de bajo calibre, evasora de responsabilidades y gran defensora de los "derechos", sin considerar los deberes asociados a estos.
El ascensor demora, y el hombre, ya nervioso, dirige su atención a la pantalla, la cual le anuncia que el ascensor viene en camino.
Mira su reloj, como si fuera atrasado y piensa, con morbosa ironía, que ni a su sentencia de muerte llegaría tarde. Diez minutos.
Se sube al ascensor, y aprieta el número cinco. Se cierran las puertas y comienza a subir. Se mira al espejo, como analizándose. Un hombre de unos cuarenta años, elegante y, aparentemente, de buena situación, pero con con una sombra de muerte en los ojos. Piensa en la consulta de una semana antes, en la cual el doctor, con una practicada monotonía, le había anunciado la existencia de un tumor en su interior, el cual debía de ser analizado y categorizado por medio de unos impronunciables exámenes. Recordaba volver a su casa y haber hablado con su familia. Recordaba haber llamado a sus cercanos y contarles, con una furtiva esperanza, su situación. Recordaba el arrepentimiento, la culpa, por el malgasto del tiempo, por la importancia que le había dado a cosas que ahora parecían triviales y la poca atención, por otro lado, que le había dedicado a aquello que realmente lo determinaba.
Piso cinco.
El hombre baja del ascensor y se dirige, con forzada seguridad, a la recepción donde una ocupada secretaria teclea con fuerza en el computador.
-Tengo una hora con el doctor…
Un par de segundos, en los cuales ingresa la información en su preciado aparato, y le pregunta:
-¿Oncología?
-Así es. 
-Siéntese y espere que lo llamen por su nombre.
El hombre se sienta, y revisa nuevamente su reloj. Está en la hora. ¿Por qué no lo recibirán?
Intenta despejar su mente, sin mucho éxito. Piensa en sus hijos, aún pequeños, y se promete que lo que le queda de vida lo ocupará en aquello que vale la pena.
Lo llaman. Consulta siete.
Se dirige a esta por un inmaculado pasillo, ya sin la seguridad inicial con la que había entrado, si no como si cada paso le pesara y le recordara a lo que había venido.
Abre la puerta, saluda al doctor, el cual le responde:
-Hola, ¿como está? Siéntese por favor. 
-¿Como salieron mis exámenes doctor?
Este, revisa unas fichas antes de responderle, y le dice:
-Afortunadamente, los resultados de la biopsia dicen que el tumor es benigno, pero aún así hay que extraerlo, por lo…
Le cambia la cara, y la muerte que lo asechaba se retira indignada.
Después de la especificación de los procedimientos, se dirige a la salida. En el ya no tan solitario estacionamiento, saca las llaves de su flamante auto y una cajetilla de cigarros, mientras piensa: Tengo que programar una junta con el directorio.

Sale, y mientras saca un cigarro lee: “Fumar causa cáncer pulmonar”.

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