Mañana Agitada
Luego de una lluvia torrencial que había azotado Santiago durante una semana, el sol comenzaba a salir por el horizonte en esa fría mañana de julio. Los autos, con una capa delgada de hielo encima, comenzaban a circular por la ciudad, la suave pero mortal brisa mañanera calaba hasta los huesos de hasta la más abrigada de sus víctimas; la escarcha en las plazas y el rocío en las hojas hacían ver aquella escena inmejorable de una capital descontaminada.
Como era habitual, Jacinto debía despertarse a las 6 a.m. para poder llegar a tiempo a su puesto de mozo en el lujoso hotel Marrihot, ubicado en la comuna de Ñuñoa.
El despertador comenzó a sonar, emitiendo una entrecortada frecuencia de la radio Cooperemos, junto a ruidos indescriptibles causados por la mala señal. Con un rápido pero torpe movimiento, logró apagarlo dándole golpes bruscos.
Ya medio despierto, pero con los ojos completamente cerrados, recorrió la cama con el pie derecho, hasta toparse con la tibia pantorrilla izquierda de su novia, Lucy. Aquel momento fue sumamente feliz, ya que ese mismo pie había estado toda la noche asomado fuera de la cama y del alcance de las sábanas; expuesto al frío ambiente del pequeño departamento. Cómodo y plácido, pensó que ya era hora de despegar la cara de la almohada, que suavemente moldeaba su cabeza y su cuello evitando que entrara el frío.
Repentinamente abrió los ojos, vio a su novia soñando, y detrás de ella el reloj de pared que anunciaba que ya eran las 11 de la mañana. Sobresaltado, despegó de la cama, y con el café y la escobilla de dientes embutidas al mismo tiempo en su boca corrió escaleras abajo con la camisa mal abotonada y los cordones desabrochados. Bajando las escaleras del metro recién comenzó a pensar el día que le esperaba; la mirada de la supervisora de cocina del hotel, Ingrid, siempre le había aterrado, ésta ocasión no iba a salvarse de esa. Subió al vagón del metro abrochándose su chaleco con la flamante marca del hotel a un costado; era la tercera vez en dos meses que llegaba tarde, pero nunca tan descaradamente.
- Mierda, me faltan siete estaciones para llegar a Ñuble, ahora si que me echan... No se lo que le diré a Lucy, y peor, ¡A mi viejo! Sería cuarta vez que me echan de una pega- pensaba, mientras su mano temblaba y su cabeza imaginaba lo peor, lo inevitable.
Una semana antes, Jacinto había tenido una larga conversación con el jefe de servicio del hotel, don Germán. Aquel personaje de frondoso bigote y lleno de experiencia había infundido un respeto indiscutible entre todos los trabajadores del hotel. Éste había amenazado con echarlo si seguía con esa actitud tan floja y vaga; Jacinto estaba con las rodillas bailando.
En cuanto las puertas del metro se abrieron, Jacinto salió corriendo, sudando de los nervios y pálido del miedo y la expectación que tenía al imaginarse el reto que iba a llegarle por parte de Ingrid y don Germán. Subió las escaleras de la estación, pasó a llevar a un vagabundo que pedía dinero a la salida, sin pedir disculpas, corrió por Av. Grecia como un maratonista , esquivando un grupo de personas con bombos y banderas.
Al llegar al hotel, se abrochó el primer botón de la camisa, se ajustó la corbata y entró a afrontar su destino. Cuando ingresó en la cocina nadie lo miró, se puso en delantal y se sentó.
- En una de esas me salvé y nadie se dio cuenta- trató de pensar para tranquilizarse, apretó los puños contra sus pantalones grises evitando gritar de rabia e impotencia. El nerviosismo llegó al límite cuando la puerta de la oficina del supervisor se abrió, y salió un hombre que nunca había visto en su vida. Éste se acercó a Jacinto para ver que le sucedía, llevaba su chapa de color verde que indicaba su nombre, Carlos, y abajo su puesto: Supervisor.
-¿Donde está Ingrid?- Preguntó Jacinto con la garganta apretada.
- Está en su día libre muchacho.
Atónito, comenzó a observar a todos los que trabajaban en la cocina, eran completamente desconocidos, excepto un par. Volvió para atrás a recordar que no calzaba, cuando recordó los bombos... Avergonzado y aliviado, pidió las disculpas, y en medio de risas salió del hotel camino al metro. Al llegar, bajó las escaleras y se encontró de frente con el vagabundo que antes había pasado a llevar. Éste miró a Jacinto, su rostro sudado y su ropa desordenada, y con una sonrisa de venganza no le dijo absolutamente nada.
Intentó relajarse. Le quedaba todo el domingo por delante.
Intentó relajarse. Le quedaba todo el domingo por delante.
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