- ¡Cuídalo! – me dijo secamente antes de entrar a la tienda y pegarme un portazo en la cara. Me senté entonces en el primer escalón que daba acceso al establecimiento, aliviado de su presencia. Miré a mi alrededor. Encontreme en una pequeña plaza triangular, adoquinada y de color ocre. Era tranquila, no había mucho movimiento, solo un pequeño café cuyos últimos clientes probablemente no tardarían en irse. No debían de ser más de las siete de la tarde y el sol iluminaba con sus últimos rayos el agotado día. A pesar de la hora, todavía hacía mucho calor. Muchísimo calor. Me enjugué la frente. Sin duda, los materiales y la falta de viento en la menuda plaza no contribuían mucho a disipar el bochornoso aire, antes bien, solo lo acentuaban atrozmente. La tarde anaranjada hubiera sido muy agradable de no haber sido por la calorina, es más, incluso hubiera sido perfecta si tampoco hubiese existido el perro. Ese perro. Gordo, decrépito, arrugado, canoso, grasiento, medio cojo, m...
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