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Mostrando las entradas etiquetadas como Agustín Goldenberg

Era de noche

Era viernes por la noche. Unos amigos se juntaron. El estrés de la semana se dejó de lado por unas horas. Estaban cómodos,   solo querían olvidar la prueba que habían tenido sobre el existencialismo de Sartre. La noche avanzó, las conversaciones protocolares y las bromas sin sentido empezaron a llenar el entorno. Las risas iniciales fueron remplazadas por risotadas, el ambiente comenzaba a vibrar, el humo de los cigarrillos nublaba las mentes. Un tipo quiso demostrar su madurez, pero no logró más que quedar botado en el piso   lleno de vómito. La noche avanzó, llovían las groserías, las palabras sin sentido, las falsas declaraciones de amor, más personas se iban sumando al lugar. Pese a no conocerse, todos se saludaban amistosamente. Los hombres y las mujeres vestían ropas similares para poder ser aceptados por ellos mismos y así poder sentirse parte de aquel hábitat. Las posturas a la defensiva eran lo corriente, nadie asumía el riesgo de ser el que era. Surgieron nue...

El papelito

Se acercó a la puerta y golpeó. Aquel papel que llevaba consigo tenía escrita su sentencia de muerte. Una fecha, una hora, una firma y un pequeño mensaje de disculpas. Eso era todo, pero era suficiente para acabar con los sueños de libertad. Un científico de bigote abrió la puerta. Sin duda ejecutaría las órdenes sin ningún tipo de consideración. El fin se acercaba, él lo sabía. Extendió la mano y pasó el papel. El verdugo lo leyó, le pregunto el número que le habían asignado para su reconocimiento. Contesto con naturalidad “13, el número de la buena suerte”. No se dijo más. El profesor le indico donde sentarse. El alumno abrió su cuaderno y se resignó a tomar apuntes.      

Simples receptores

Rostros deprimidos, miradas vacías, ropas tiesas. A pesar de aquel ambiente tétrico, se percibía que alguna vez hubo alegrías. Una mano sudorosa jugaba con un lápiz. Una voz en off llamaba al orden. Un tiempo gritaba por un pasado. El día esclarecía y el corazón se ensombrecía. Los cerebros se endurecieron, todos los ojos miraron a un mismo punto. Los cuerpos se transformaron en máquinas procesadoras. Las reglas estaban claras, no se cuestionaban, era lo sano; o tal vez lo cómodo. Las preguntas que surgieron en aquel salón de clases no fueron nada extraordinarias.

El niño

El chirrido de la puerta le puso a ese cuarto el misterio que jamás tuvo. El polvo abundante hizo tangible la vejez de las cosas. El intenso calor vistió al sudor como una señal de abundantes nervios. El olor a rata llamó a la aventura. La tela de la araña puso en alerta al cuerpo. La cautela primó y el asombro triunfó, los afanes de gloria y honor se vieron saciados. La historia no conoció jamás tan digno descubridor.  

La gran obra

Nadie se detuvo, las personas ignoraron tan magnífica obra. La humanidad, el tacto, la afectividad, no fueron más que palabras vacías partes de un lejano pasado. Del cariño ya pocos se acordaban y los que se acordaban no lo podían ver, eran ciegos. El animal no era un simple animal, el enfermo no era un simple enfermo. ¡Sí!, era enfermo, era animal, pero mucho más humano que muchos homo sapiens, mucho más tierno que el animal que lo cuidaba. ¡No!, no tenía un dominio sobre sí mismo, no tenía un cerebro operativo, sin embargo era un genio incomprendido que hablaba cosas abstractas en un lenguaje por el cual pasamos y se nos olvidó. Muchos le temían porque nos recordaba nuestra frágil posición. Era ignorado por tener una falla en el cromosoma 21.