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La gran obra


Nadie se detuvo, las personas ignoraron tan magnífica obra. La humanidad, el tacto, la afectividad, no fueron más que palabras vacías partes de un lejano pasado. Del cariño ya pocos se acordaban y los que se acordaban no lo podían ver, eran ciegos. El animal no era un simple animal, el enfermo no era un simple enfermo. ¡Sí!, era enfermo, era animal, pero mucho más humano que muchos homo sapiens, mucho más tierno que el animal que lo cuidaba. ¡No!, no tenía un dominio sobre sí mismo, no tenía un cerebro operativo, sin embargo era un genio incomprendido que hablaba cosas abstractas en un lenguaje por el cual pasamos y se nos olvidó. Muchos le temían porque nos recordaba nuestra frágil posición. Era ignorado por tener una falla en el cromosoma 21. 

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Final

Por lo menos, quedé tranquilo. Había hecho todo lo que estaba al alcance de mi mano pero igual no se logró lo que quería, lo que queríamos. Me tendré que adecuar al nuevo presente o simplemente tomar el primer vuelo al otro rincón del mundo, esa idea me sedujo más... Agustin Eguiguren

Simples receptores

Rostros deprimidos, miradas vacías, ropas tiesas. A pesar de aquel ambiente tétrico, se percibía que alguna vez hubo alegrías. Una mano sudorosa jugaba con un lápiz. Una voz en off llamaba al orden. Un tiempo gritaba por un pasado. El día esclarecía y el corazón se ensombrecía. Los cerebros se endurecieron, todos los ojos miraron a un mismo punto. Los cuerpos se transformaron en máquinas procesadoras. Las reglas estaban claras, no se cuestionaban, era lo sano; o tal vez lo cómodo. Las preguntas que surgieron en aquel salón de clases no fueron nada extraordinarias.

Sangra la Última Hora del Día

      Las hojas se mecían suavemente al compás del atardecer. El sol replegaba sus luces con algún espectáculo, en el que las nubes se ufanaban como coloridas protagonistas. La vieja encina se alargaba sobre las briznas ya rendidas, pronta a perderse en las sombras de la colina. Un conejo distraído se paseaba dando brincos sin un sentido aparente, por los lugares que aún quedaban bañados de día. Asustadas por la presencia del animal, un cuarteto de bandurrias batió las alas entre chillidos desganados. Al punto las imitó un pajarillo que se fue a posar en la última rama de la encina. El conejo levantó la vista, mirando divertido a las bandurrias, para seguir luego su rebote disparatado. La hierba se resignaba a su paso, ansiando recatada las sombras y el descanso. Los últimos brillos del ocaso tinto eran súbditos del sopor. El aire sangraba abatido por la lanza de la noche, que asestaba su golpe definitivo al sol para bajar luego su telón oscuro. Una ligera brisa remeció ...