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Al filo de la cornisa

Al filo de la cornisa

El vertiginoso movimiento de la ciudad lo agotaba. Era la hora peak. Hordas de gente se movían a su alrededor, como si se tratara de un rebaño de cucarachas, desesperadas por alcanzar un trozo de alimento. Intranquilo, cerró los puños, e intentó dominar los impulsos incontrolables que nacían en su interior. Quería aplastarlas, aplastarlas a todas. Malditas cucarachas. Pero debía tener paciencia. Tenía la mirada borrosa. Solo veía manchas fugaces de colores muy brillantes. Observó a su alrededor. La "sociedad". Todos corren de aquí para allá, dándose aires de importancia y simulando ser felices. Pero todo es en vano. Solo sirve para amargar a un pobre ingenuo que tiene el descaro, la audacia, la insolencia, de ser diferente. Mientras pensaba todo esto, caminaba dando tumbos por la calle, sin saber dónde estaba, ni lo que hacía. Tampoco es que le importara. Solo quería ser feliz. Y ni eso le había sido permitido. Cuando logró enfocar la mirada vio los edificios, los más altos de la ciudad. Sintió la tentación, el ansia, de subir a uno de ellos. Terminar de una vez con este absurdo purgatorio. Pero debía mantener la compostura. Dominar las compulsiones que desfiguraban su cara. Respiró profundamente. Iba vestido con chaqueta y corbata, y portaba un maletín forrado en cuero negro. Observó atentamente el edificio en cuestión. Si quería llegar hasta arriba, debería actuar con astucia, discreción y rapidez. Con paso firme, accedió a la recepción, y entró al ascensor, que casualmente estaba abierto. Frías gotas de sudor corrían por su cuello. No movía su cabeza ni un solo milímetro. En cambio, sus pupilas alternaban la mirada entre su propio reflejo y la pequeña cámara, a través de la cual sabía que lo estaban observando. Estaba solo. El ascensor subía con una lentitud insoportable. Su ojo derecho comenzó a tiritar erráticamente. Clavó sus uñas en el antebrazo, hasta que aparecieron cuatro delgadas líneas color cobre. Por fin sonó el ding, y se abrieron las puertas. Era la azotea sobre el piso 22. Las ráfagas de viento le ondulaban el pelo y las ropas. Sentía un dolor agudo y punzante en la base de la cabeza, justo en el límite entre el cráneo y los músculos de la parte trasera del cuello. Sintió cómo la tensión se iba adueñando de su cuerpo. Los músculos se contraían y la respiración se aceleraba. Los vasos sanguíneos de sus sienes palpitaban violentamente, a punto de reventar, ya cansados de ejercer su monótono trabajo. Lentamente, caminó hacia la cornisa. Escuchaba el exasperante crujido de sus zapatos. Pensaba en las cucarachas. Cómo crujirían. Se arrodilló en el borde. Miro hacia abajo. Cientos de pequeños puntos negros. Con tranquilidad, abrió el maletín, armó el fusil y apuntó.

Fernando Silva

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