Se acercó a la puerta y golpeó. Aquel papel que llevaba
consigo tenía escrita su sentencia de muerte. Una fecha, una hora, una firma y
un pequeño mensaje de disculpas. Eso era todo, pero era suficiente para acabar
con los sueños de libertad.
Un científico de bigote abrió la puerta. Sin duda
ejecutaría las órdenes sin ningún tipo de consideración. El fin se acercaba, él
lo sabía. Extendió la mano y pasó el papel. El verdugo lo leyó, le pregunto el
número que le habían asignado para su reconocimiento. Contesto con naturalidad
“13, el número de la buena suerte”.
No se dijo más. El profesor le indico donde sentarse. El
alumno abrió su cuaderno y se resignó a tomar apuntes.
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