Ingresé a la escuela de la policía de investigaciones porque no me dio el puntaje para entrar a Derecho en la UDD. Mientras iban pasando los semestres de la carrera mi angustia iba aumentando, no sabía cómo podía seguir teniendo la lujosa vida que mis padres me habían dado. ¿Cómo pagaría mis largas estadías en el hotel Radisson Blu de las Bahamas? ¿Dónde encontraría una casa cerca del Club de Golf con un sueldo tan miserable?
Pasaron los semestres y logré graduarme, ahora era oficialmente un subcomisario. Mis primeros trabajos, no eran muy importantes dentro de la institución, ya que era un simple suche del subinspector Áxzel. Estaba deprimido, mi vida ya no era como antes, tenía un despreciable sueldo de $821.350. Ya no podía ir a Oakley a comprar esos estupendos polerones, ni siquiera a Gucci para comprar mis exclusivas poleras, tenía que ir a “Patronato”. Sin embargo, lo que más me molestaba no era esto, sino que mi jefe era un auténtico flaite. Era moreno, siempre andaba con olor a cebolla y hablaba muy mal y ¡¡se llamaba Áxzel!!. Ya no aguantaba trabajar para este individuo, yo había salido de uno de los mejores colegios de Chile y tenía que trabajar para este roto de mierda.
Todo empeoró cuando mis padres me dijeron que ya estaba viejo y me tenía que ir de la casa. No sabía a dónde ir ya que lo que ganaba no me alcanzaba para arrendar nada arriba de plaza Italia. No puedo describir mi espanto cuando me di cuenta de que para lo único que me alcanzaba era para un sucucho de mala muerte en Recoleta. Mis vecinos eran unos chanos que tenían toda la pinta de ser unos rateros. Incluso era vecino de 10 haitianos. Mi vida no podía ser peor. Pensé en suicidarme, pero no tenía las agallas para hacerlo. Buscaba la manera para ganar mucho dinero y volver a tener una vida de verdad, pero no la forma de hacerlo. Tal era mi desesperación, que le fui a pedir ayuda a mis excompañeros de colegio, pero estos me hicieron la desconocida, ya que ahora no era una persona "influyente" como ellos. Esto me dolió mucho, ya que ellos alguna vez afirmaron que éramos como hermanos. Él único que me respondió amablemente fue Roberto Gómez, “El volado del curso”. Este me dijo si le “ayudaba a encontrar un buen dato de dónde comprar unos cogollos bélicos”, me daba unas lucas.
La propuesta de Roberto, me había dado la mejor idea del mundo, vender la droga que decomisábamos en los operativos “anti-tráfico”. Entonces le propuse un buen negocio al Gómez: yo me conseguía la droga de los operativos, y él se encargaba de venderla, nos iríamos 50 % y 50 %, él aceptó sin pensarlo.
Lo primero que me pude conseguir fueron 125 gramos de cocaína. Roberto tardó nada en venderla, en total recaudamos un poco más de 3 palos. En menos de un día había ganado más de lo que ganaba en un mes. Con ese dinero me fui de compras, me alcanzó para un par de zapatillas Vans y dos poleras Gucci, empezaba a ser feliz nuevamente.
Pasaban los días y le iba entregando más y más droga a Roberto. El primer mes yo solo logré ganar más de 55 millones. Me mudé a Las Condes a un hermoso departamento, iba de compras todos los días, claro, después del trabajo que tanto odiaba. Todo iba bien hasta que un día Roberto desapareció, a la semana lo encontraron muerto en su departamento. La autopsia reveló que murió por sobredosis de alcaloide de cocaína.
Me intenté conseguir otro socio para mi negocio, pero todas las personas que conozco son unos maricones que dicen que vender droga está mal. Entonces, yo mismo empecé a venderla, pero como yo no consumía droga me costó meterme en este gran mundo. Los primeros meses iban de maravilla, ganaba más dinero que la cresta, podía comprar todo lo que alguien pudiera imaginar e ir a donde quisiera.
Mis padres al poco tiempo, notaron que yo tenía cosas muy costosas para el trabajo que tenía y no encontraron nada mejor que consultar sobre él porqué de esto mis superiores, es decir, a la policía. Estos envidiosos, abrieron un expediente en mi contra. A raíz de este expediente se dieron cuenta de mi negocio. Inmediatamente, me separaron de la institución y me mandaron a la cárcel mientras durara la investigación del supuesto ilícito que había cometiendo. Fueron unos largos 2 meses en Colina, en los cuales me conseguí a los mejores abogados para que lucharan por mí. Estos picapleitos lograron un “gran” acuerdo: que cumpliera mi sentencia de 5 años y un día en arresto domiciliario. Pero esto no era justo. Yo no podía pasar todo ese tiempo encerrado. Tenía que vivir mi vida, ir de compras, ir a los mejores restaurantes, salir de este país infectado por inmigrantes. Pero no me queda otra. Cómo no puedo salir, paso todo mi tiempo sentado en mi terraza, mirando como las personas juegan golf, o cómo entran a grandiosas multitiendas. Me resigno. Me sirvo un vaso de whisky añejado en roble y dejo pasar el tiempo.
Comentarios
Publicar un comentario