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Microcuentos



Deshidratación

Subimos el cerro, pensando que arriba encontraríamos agua, a la primera media hora ya estábamos sedientos, tres horas después ansiábamos la llegada, cuando hicimos cumbre nos dimos dimos cuenta de que no había ningún rastro


Confusión
Era un martes en la tarde, me encontraba camino al preuniversitario,  esperaba ansioso ese té que siempre nos daban, cuando ya estoy llegando desbloqueo mi celular para ver la hora , y me doy cuenta de que no era martes, sino que era lunes.

Alucinación
Corría como Naruto por el techo de los edificios del centro de Santiago, cuando, de la nada salté y empecé a correr por las calles a lo Spider-Man cuando la telaraña no salió y caí de cara al asfalto, en ese momento desperté parapléjico en el hospital luego de haber intentado suicidarme.

Afortunado
Llego el fin de semana en la noche, no tenía plata para el copete, por lo que iba a carretear sobrio, con desánimo me ponía los pantalones para salir, cuando metía mi celular al bolsillo sentí un papel de rara procedencia, era un billete de veinte lucas, por lo que me anime, me compre una promo y me di la pala.

Satisfacción
Tarde del siete de marzo del dos mil dieciocho, luego de un caluroso y agotador día de colegio, abrí la puerta de mi casa y la vi, la cosa más bella que jamás había visto, tenía unas cuevas de modelo, gotas que recorrían su bella figura, mi mente me decía que no, pero mi cuerpo decí a que si. No me aguante, la agarré, la bese, la lleve a mi pieza, la abrí, excitado la incline y me serví el deseado vaso de bebida.



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Final

Por lo menos, quedé tranquilo. Había hecho todo lo que estaba al alcance de mi mano pero igual no se logró lo que quería, lo que queríamos. Me tendré que adecuar al nuevo presente o simplemente tomar el primer vuelo al otro rincón del mundo, esa idea me sedujo más... Agustin Eguiguren

Simples receptores

Rostros deprimidos, miradas vacías, ropas tiesas. A pesar de aquel ambiente tétrico, se percibía que alguna vez hubo alegrías. Una mano sudorosa jugaba con un lápiz. Una voz en off llamaba al orden. Un tiempo gritaba por un pasado. El día esclarecía y el corazón se ensombrecía. Los cerebros se endurecieron, todos los ojos miraron a un mismo punto. Los cuerpos se transformaron en máquinas procesadoras. Las reglas estaban claras, no se cuestionaban, era lo sano; o tal vez lo cómodo. Las preguntas que surgieron en aquel salón de clases no fueron nada extraordinarias.

Sangra la Última Hora del Día

      Las hojas se mecían suavemente al compás del atardecer. El sol replegaba sus luces con algún espectáculo, en el que las nubes se ufanaban como coloridas protagonistas. La vieja encina se alargaba sobre las briznas ya rendidas, pronta a perderse en las sombras de la colina. Un conejo distraído se paseaba dando brincos sin un sentido aparente, por los lugares que aún quedaban bañados de día. Asustadas por la presencia del animal, un cuarteto de bandurrias batió las alas entre chillidos desganados. Al punto las imitó un pajarillo que se fue a posar en la última rama de la encina. El conejo levantó la vista, mirando divertido a las bandurrias, para seguir luego su rebote disparatado. La hierba se resignaba a su paso, ansiando recatada las sombras y el descanso. Los últimos brillos del ocaso tinto eran súbditos del sopor. El aire sangraba abatido por la lanza de la noche, que asestaba su golpe definitivo al sol para bajar luego su telón oscuro. Una ligera brisa remeció ...