Juan despertó y salió lo más rápido posible de
su cama. Ya que a sus ocho años no había nada más que le gustara que despertar
a su madre para que le prepara los huevos poco cocidos de sus gallinas, junto
con el pan horneado por ella. Así que como todos los mañanas corrió a despertar
a su madre para que le prepara el desayuno, y a su vez como el día estaba
radiante, María su madre le dejo ir a jugar afuera, donde su patio era algo gigantesco,
y se terminaba cuando chocaba con el río o los bosques de sus alrededores. Esta
mañana el niño se dedicó a molestar a sus gallinas, haciéndolas volar de un
lado a otro, sin darles descanso, hasta que se prepara para asustarlas de nuevo,
cuando dirigió la mirada al ancho río, y encontró al otro lado algo que lo dejo
boca abierto, era un potro negro que galopaba desde el río hacia el bosque impenetrable.
Pero lo que observaba se vio interrumpido por el llamado de su madre que le
avisaba que los huevos y las tostadas estaban listas y calientes. Así que volviendo
la mirada a su casa, se olvidó de las gallinas y el caballo, y fue corriendo
hasta la cocina, donde disfruto como siempre el desayuno, como si fuera la
primera o última vez que lo comiese. Luego María quedo contenta al ver como su pequeño
se había devorado todo, y con sus gruesos labios le dio un beso apretado a Juan
antes de que este saliera corriendo a jugar nuevamente a su eterno patio.
Pasaron las horas y la madre como buena campesina,
se dedicaba a regar su huerta, recoger los nuevos huevos y entrar la leña para así
pasar las frías noches que se viven en la Patagonia. Pero María hace rato que
no veía a su hijo,y se preocupó ya que veía venir desde el norte negras nubes.
Lo que no sabía ella, era que Juan en esos
momentos se encontraba cruzando el río a través de los tablones de coigüe que
conformaban el puente, todo para seguir a ese poderoso animal salvaje que había
visto esta mañana. Llego al lugar exacto donde lo había visto y mirando a su
alrededor encontró profundas huellas del animal que se hacían notar en la húmeda
tierra que pisaba, juan siguiendo las huellas casi gateando para no perderlas, hasta
que comenzó a llover y estas de a poco se fueron tornando menos visibles, hasta
que finalmente desaparecieron, y triste por encontrarse mojado y sin encontrar lo
que quería, levanto su vista y lo único que pudo hacer fue asustarse, lo único
que veía era poderosos arboles de lenga y coigüe que lo hicieron darse cuenta de su fatal
error, había penetrado el bosque sin darse cuenta, y se encontraba
completamente perdido. La mejor solución que pensó fue volver por el camino por
el cual pensaba que había llegado hasta ahí. Entonces camino y camino por mucho
barro hasta quedar exhausto, miro hacia las oscuras nubes y no hizo nadas más
que copiarles, lloraba y lloraba sin consolación, no sabía que podría hacer
para volver a los brazos de su madre, y cerrando los ojos se quedó dormido sin
darse cuenta.
Por otro lado, la señora morena y baja, madre
de juan, ya entendía que algo grave había pasado, fue donde los pescadores a
preguntarles se habían visto a Juanito, pero estos no tenían la menor idea y le
dijeron que lo buscarían por los alrededores del río. La madre sin quedar
satisfecha volvió a casa buscando detrás en cada árbol y bajo cada roca a ver
si aparecía su pequeño, pero no encontró nada más que barro y gusanos.
A ese mismo momento a Juan le rozaba por su
cara algo suave que le lanzaba una calurosa ráfaga, era la respiración de n
animal. Juan abriendo los ojos se encontró con un negro intenso que poseía dos
grandes y abiertos ojos que lo miraban con asombro, no lo podía creer era el
potro al cual había buscado toda la mañana, y ahora se encontraba respirándole
frente a sus ojos, con ojos de compresión, como si quisiera ayudarlo. El animal
luego de examinarlo le pregunto-¿Qué haces aquí, jamás una persona había llegado
hasta estos lugares?-, y el niño le contesto con una voz que apenas salía de su
garganta-“estoy perdido”- el caballo le dijo que lo ayudaría a salir del
bosque, pero tendría que confiar en él.
Así que partieron ambos caminando hacia una dirección
desconocida para juan, pero este al cabo de unos pasos ya sentía el frío por
sus mojadas ropas y el hambre que le hacía sonar el estómago, su guía al darse
cuenta del aspecto del pobre niño, relincho suavemente indicando con su mentón su
lomo, luego se agacho y juan comprendió que se subiera. Este no tenía energía para
impresionarse, y lo único que hizo fue abrasarlo por alrededor del duro cuello,
y luego cerrar los ojos.
La siesta de Juan se vio interrumpida cuando el
animal salvaje le susurro- “despierta, ahora debes afirmarte fuertemente porque
pasaremos por la casa de la bestia, pase lo que pase no te sueltes”, el niño asintió
y el potro comenzó a caminar lentamente, y lo único que se escuchaba era como
se rompía las hojas y ramas cuando alguna de las cuatro musculosas patas se
apoyaba en el suelo para avanzar lentamente. ¡Juan asustado se aferró a su
salvación atento a cualquier cosa, hasta que por el lado derecho de estos dos
apareció la mirada del león de la Patagonia, y juan al verlo grito- “! ahí está, ahí está!”, y el potro emprendió la
escapada lo más rápido posible, seguido por la bestia, lo único que hacia el pequeño
era cerrar los ojos por el susto y afirmarse a su amigo con todo lo que
pudiera. Hasta que el caballo se detuvo y le dijo que ya estaban a salvo, habían
perdido a su enemigo.
A todo
lo sucedido juan no podía expresar sus sentimientos, y le dirigió un –“muchas
gracias, amigo”- y el compañero respondió con un simple relinchido.
Faltaban ya pocas horas para el atardecer, y la
caminata continuaba para salir del bosque que parecía laberinto, y a pesar de
que el potro conocía los alrededores, se le tornaba cada vez más difícil descubrir
la salida. Pero todo cambio cuando vino un fuerte viento, y mirando ambos hacia
arriba pudieron ver como se habría un espacio entre las copas de los árboles,
lo que les permitió mirar más allá del bosque, y pudieron ver como salía una
hilera de humo a lo lejos. Esta señal fue hacia donde se dirigieron los dos
amigos decididamente. Al cabo de 45 minutos descubrían como los troncos de cada
árbol se iban distanciando uno e otro, hasta que finalmente pudieron ver una
planicie sin árboles. Llegaron hasta ahí y se encontraron con el río, algo que
le dio una sensación a Juanito que estaba cerca de llegar a casa. Entonces fueron
bordeando el río hacia abajo, hasta que divisaron un botecito de color rojo que
iba manejado a remo por un anciano, al otro lado del río, así que comenzó a gritar
juan y a su vez el salvaje a relinchar, hasta que el anciano girando su cabeza
hacia ellos, comprendió y se dirigió hacia allá.
Llego el anciano e inmediatamente comprendió
que el niño el niño extraviado de la señora María, así que le ofreció llevarlo a
casa. El niño emocionado por volver a su cálido hogar, le dio a su vez una
profunda tristeza, ya que debía despedirse de su nuevo amigo, se le cayeron
numerosas lágrimas y se despidió con un gran abrazo en el cuello que le había salvado
la vida, así que sin decirse ninguna palabra, ambos comprendieron la despedida,
el potro salió galopando y lanzo un fuerte relinchido, era su adiós.
Francisco Noguera
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