Si los ojos son los espejos del alma, entonces la tuerta era un microscopio. A diario cruzaba por el mismo lugar, intentando que su mirada única no se topara con las miradas dobles. Un día... lo inevitable. Ahí estaba yo. Ella tras su único cristal. La incomodidad se amplificaba en vergüenza, la preocupación en una herida.
Vuelvo a casa y no me atrevo a mirar en el espejo.
Vuelvo a casa y no me atrevo a mirar en el espejo.
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