Llevaba al menos media hora esperando la micro, era el ultimó paradero del recorrido, donde solo sube gente que no quiere volver después de su viaje de ida, gente que luego de ver la realidad en que viven los de un poco más abajo de sus barrios, quienes tienen mansiones de innumerables metros cuadrados, mientras yo, aquí. Pero ni siquiera el rencor hacia ellos o el resentimiento me importaban, hoy era el gran día, llevaba cuanto mínimo veinticuatro horas fuera de rehabilitación. Esos pobres diablos que me mantuvieron sufriendo por un año, también me han mantenido sobrio por alrededor de seis meses y además para reintegrarme me consiguieron trabajo. Hoy era el primer día, todo debía salir bien, afianzarme en el trabajo, ganar un sueldo regular y así poder sacar adelante a mi familia, permitirles dejar de vivir en ese árido barrio, donde las plazas no son de pasto sino de tierra y en vez de flores vemos agujas y jeringas de los adictos a la heroína, donde quien sale una noche sin estar acompañado de su pandilla no vuelve si no es con carabineros o una bolsa negra. Es ahí cuando llega el tan deseado bus, un chofer con cara de sueño me abre la puerta, no hay nadie más, raudo me siento y espero que sea un gran día.
Ya
llevo varios minutos de viaje, me voy todo el camino mirando por la ventana,
pensando en todos los errores que he cometido en mi vida, en el trágico
accidente, en lo que significó la rehabilitación, miro el paisaje, aprovecho de
ver lo más posible ya que durante todo el tiempo anterior no pude ver nada más
que la botillería de barrio que se veía por mi ventana en la clínica, ahí es
cuando se me empieza a formar un nudo en la garganta, empiezo a ver borroso y
un cálido cosquilleo recorre mi mejilla, no lo podía creer, estaba llorando en público,
miro hacia mi alrededor y no hay nadie más que el conductor, suspiro aliviado y
ahí es cuando a lo lejos veo una masa roja al final de la calle, me seco lo
ojos para ver mejor y se empieza a aclarar todo, dicha masa roja no era nada más
que una muchedumbre de mujeres con poleras de dicho color, impresionado me fijo
y todas eran rubias, ¿qué será lo que pasa que todas estas rubias se juntan y
se visten igual? Mientras pienso la micro para y abre sus puertas, un chillido
me atraviesa completo, pero no es uno solo, sino una masa de voces y risas
agudas que me reventaban los tímpanos, lo único que distingo es que esta masa
de chiquillas rubias de poleras rojas pasan, sin saludar a nadie, sin decirle
nada a nadie más que ellas mismas, excepto al chofer, una y otra vez se escucha
lo mismo “me lleva porfa”. Me fijo bien y me indigno con todo esto, eran todas
una millonarias de las mansiones que quedan bajo mi población, todas rubias,
todas con un vaso blanco en su mano con una sirena verde dibujada, y ni una
pagando pasaje. Escucho unas risas nerviosas a mi lado, un grupo de este nuevo
espécimen de millonarias se están riendo de mí, supongo que se habrán dado
cuenta que llore. Ya no aguanto la ira, que se han creído estas cuicas a reírse
de mi después de todo lo que he pasado,
trate de aguantarme no hacer nada malo, me pongo mis audífonos y trato
de desconcentrarme de ese mundo que me estaba sacando de mis casillas, más que
mal, no podría enojarme mucho, sino pasaría de nuevo el incidente que me marco,
y es lo que menos quiero en este mundo.
Sigue
mi camino, ya no aguanto más, pero esto estaba recién empezando, una nueva masa
de color rojo se acercaba por la calle, esta era diferente, desde un principio
la examino, son las mismas poleras rojas, pero esta vez son hombres, las
poleras les llegan casi a las rodillas, andan con unos jockeys planos
brillantes en la visera, llevan mochilas y por supuesto, son rubios. ¿Qué más
iba a ser? Ahora sale una nueva pregunta, ¿Qué está pasando que se pusieron de
acuerdo? Los rubios de afuera detienen la micro, estos están sin vaso de ese estarbuk o como se pronuncie, lo que si se parecen es la frase, “me puede
llevar porfa”, ¿que será en estos ricos que aunque les pese el bolsillo son incapaces
de pagar una micro? Resignado los miro con desprecio, luego me doy cuenta de que
aparte del conductor soy el único en esta micro que no es parte de este mundo,
soy el único no millonario, ni rubio, ni con esas poleras rojas, están todos
apretados, apenas caben todos se conocen y saludan entre ellos, pero las
mujeres tienen un grupo aparte, los hombres van en la parte delantera de la
micro y los hombres atrás, lo peor fue cuando me di cuenta de que había mucho
espacio entre yo y esta multitud, se mantenían alejados de mí, el enojo que les
tenia hacia ellos en esos momentos era indescriptible, pero me debía controlar,
no quiero que se produzca el accidente nuevamente. Pasaron los minutos y al fin
una de ellas se acerca a mí, el asiento de mi lado era el único vacío que
quedaba y ella se atrevió a acercarse, me mira tímidamente y me pregunta si
puede ocupar ese asiento, en su voz se nota susto, ¿qué creen que soy que me
tienen tanto miedo?
Esta
era mi oportunidad, al fin podría entender mejor todo lo que pasaba, le
preguntaría que es todo esto, el problema era como, si le hablo la asustare más
y hará todo lo posible por alejarse de mí. Me resigne a que no le podría hablar
y mire por la ventana, ya quedaba poco recorrido de la micro, pronto llegaría
hasta la estación de metro y me alejaría de ese mundo que ya me tiene
colapsado. Cuando ya queda poco para la estación le pido permiso a esta niña
para que me deje pasar, ella mi sonrió tímidamente y me dijo: “no te preocupes,
que toda la micro se baja en este mismo paradero”. El gran problema fue al
bajarme a la micro, llegamos a la estación Manquehue, y al bajarme me fijo que
todo esto de las cabezas rubias no era algo de la micro no más, miro hacia
todos los lados, son cientos, todos caminando en el mismo sentido, todos camino
a la estación, bajándose de las micros, bajándose de autos, taxis, de todos
lados, me asuste, ¿Cómo podría ser de que haya tanta gente que se puso de
acuerdo para vestirse igual, hacer lo mismo?. Me apuro para llegar a la
estación y así no tener que irme en el mismo tren que estos mijitos ricos, pero
al bajar la escalera me dio cuenta de que hay muchos más dentro de la estación,
todos van al mismo lugar, resignado me subo al tren logro conseguir un asiento
y tranquilo aguantándome retomo mi viaje.
Iba
hacia la estación San Pablo, ultima del recorrido así que no me quedaba otra que
ponerme mis audífonos y tratar de desconectarme de esta multitudinaria junta
de rubios y poleras rojas. Miro por la ventana del tren y no hay nada más que
murallas en total oscuridad, ¿Qué mirare ahora? Solo me queda cerrar los ojos o
mirar a esta masa de inaguantables. Luego pensé otra opción, cada cierto rato llegaríamos
a nuevas estaciones, ahí podré ver otra cosa que la que ya mencionada, pero al
llegar a una tal “Escuela Militar” veo que la gente de los andenes son de este
grupo, más y más gente con estas endemoniadas poleras rojas y arias cabezas. De
ahí en más me resigno a que no veré nada más que eso en el resto del día,
cierro los ojos y trato de dormir un poco. Después de un rato con los ojos
cerrados siento un movimiento en mi brazo, asustado pensé que me estaban
robando, pero al ver bien me doy cuenta de que solo es la misma niña que se había
sentado junto a mí en la micro, me lanzo una sonrisa y miro hacia adelante, al
ver que fue una falsa alarma vuelvo a cerrar los ojos.
Siento
que alguien me está tocando el hombro, asustado abro mis ojos y veo a un
anciano, arrugado, como corteza de árbol, con un bigote canoso y una escoba en
su mano, me quitó mis audífonos y oigo “llegamos a la última estación, te
tienes que bajar”. Que genial fue esto de cerrar los ojos, se me acortó todo el
camino y al fin ya no estoy rodeado de estas poleras rojas. Entre bostezos le
digo gracias al anciano y estirándome me levanto para dirigirme a mi trabajo. Camino
por las calles buscando la oficina, no conozco nada por allá, solo tengo una
hoja con la dirección y las respuestas que me da la gente por donde es. Al cabo
de un rato, al fin logré llegar, hay una secretaria, con una sonrisa me pide mi
CI, le da un vistazo rápido y me hace entrar a un salón, ahí me esperaba un
joven, vestido de traje, se veía bastante sano y exitoso, me converso un rato,
el sabia de mi situación, me hablo de la rehabilitación, sobre como habías sido
el camino hasta aquí, le conté sobre mi problemas con los “poleras rojas” y el
sonriendo me dijo que había tenido el mismo problema. Luego de un rato se
levanta y me dice que lamentablemente la conversación debía acabar ya que
empezaba mi horario de trabajo, me paso un uniforme y me dijo que me dirigiera
la esquina de Huérfanos con Compañía, y que ahí me pasarían una escoba un
basurero y debía ir a limpiar las calles, feliz parto mi viaje, debía tomar nuevamente
el metro, esta vez bajarme en el metro Moneda.
Sigo
sus órdenes y al llegar a esa esquina hay una oficina de la empresa, ahí doy mi
nombre y me entregan lo prometido, además una indicación: “anda a la Plaza de
la Constitución, ahí unos cuicos se juntaron y hay mucho que limpiar”. Al fin
se estaban aclarando las dudas, todos esos cuicos se dirigían hacia la moneda,
pero ¿Qué será? ¿Una manifestación? ¿Una reunión? Solo ellos saben, camino por
el paseo Huérfanos, recojo toda la basura que me voy topando per se reconoce fácil
un mismo patrón, pulseras coloridas, vasos de ese “Starbucks” y bolsas de “Mc
Donalds”, millones de estas bolsas, y mientras más me acercaba a la plaza, más
eran.
Al
llegar veo que era una manifestación, quien sabe de qué, pero no era de mi
incumbencia, yo solo quería trabajar. Estos niños me la hacían difícil, que
forma de botar basura, siempre veía a los niños tirar algo al camino, yo iba lo
recogía y ellos me miraban con desprecio, ¿qué le abre hecho que me odian
tanto? Al ver como esto se repetía una y otra vez fui acumulando ira, no puede
ser que tengan tan mala educación. Pero un rayo de luz se asomó en el
horizonte, una niña que al ver papeles tirados por el suelo, los recogió y los
llevo al basurero que yo traía, estaba a contra luz, no la logro distinguir bien,
solo una sonrisa tierna, ¿por qué ella será distinta al resto?, luego me dice
hola, y ahí me doy cuenta de quién es, la misma del metro, la misma de la micro,
la única persona que algo de misericordia había tenido conmigo y había dejado
el odio que me tienen de lado, al ver que es la misma de siempre, me atrevo a
preguntarle que es todo esto, ella se sentó y me dijo que me sentar junto a
ella, no lo podría creer, me empezó a explicar todo.
Al
cabo de una hora seguíamos hablando, la manifestación ya se había acabado, me
levanté para ordenar todo y ella me ayudó, esto era demasiado extraño, no entendía
qué pasaba por la cabeza de esta niña. Ya era casi de noche, estaba todo limpio
y mi horario de trabajo ya había acabado, pero no me había ido porque seguía con
mi nueva amiga, hasta que de pronto un auto para, era bastante lujosos, la cara
de esta niña pronto se puso triste, se debía ir, su padre la pasó a buscar, me
da un beso en la mejilla y me dice adiós, yo le doy gracias por todo y me dispongo
a irme.
Arrastro mis utensilios
por la calle, ya estoy casi llegando a la oficina para entregar mis cosas y
esperar recibir una reprimenda por mi atraso en entregar las cosas, cuando escucho un bocinazo, me doy vuelta y
una mano sale por la ventana de un auto negro, largo, y brillante, voy y era mi
amiga, ella me pasó una tarjeta y me dijo que llamara a aquel numero mañana. Lo
cual hice, para sorpresa mía esta niña era la hija de un gran empresario, el
cual al oír cómo habíamos pasado el día decidió contratarme para la limpieza de
su gran empresa, y aquí estoy, a pesar de todo lo que pasé por mi vida, quince
años después esta amiga mía es la nueva directora, y yo soy el jefe de
mantenimiento, logre sacar a mi familia e hijos adelante, ahora vivimos en un
gran barrio, ellos estudian en grandes colegios y María y yo seguimos siendo
amigos.
Comentarios
Publicar un comentario