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Una antena y un japonés


                En la prefectura de Fukushima, en Japón, se encuentra una de las antenas de mayor altura en el mundo, alcanza a llegar a los quinientos ochenta metros de altura. Para alcanzar su punto más alto hay que ascender por tres escaleras a lo largo de la antena: la primera es igual a la de las grúas pluma (protegida por un armazón metálico), la segunda consiste en fierros de poco más de un palmo de largo que salen hacia un solo  lado de la antena, y finalmente, la tercera que es una barra paralela a la antena y afirmada en esta de la que sobresalen hacia los dos lados barras de fierro. Al llegar arriba hay una baliza de seguridad para evitar accidentes con helicópteros o aviones.

            Encargado de su mantención se encontraba Hotaru Kiyoshi, un veterano mecánico de profesión. Bajo de estatura, de pelo canoso y alegres rasgos. Llevaba cuarenta años trabajando en la antena, cuarenta años en los que la antena no había fallado gracias al minucioso cuidado del viejo nipón. El trabajo consistía en estar atento a cualquier falla mecánica o eléctrica y arreglarla lo más rápidamente posible, sin embargo esto no pasaba muy a menudo ya que la calidad de los materiales había ido mejorando con el tiempo, y  no habían más de dos fallas al mes. Esto le dejaba mucho tiempo libre que aprovechaba armando puzzles, leyendo u oyendo música clásica mientras se tomaba un té con una antigua y muy bonita tetera azul que le había regalado su difunta señora. Pensaba en retirarse y pasar sus últimos años con sus nietos  que vivían en la ciudad y que veía de vez en cuando, si a sus padres se les ocurría visitarlo.

            Ese día había estado particularmente tranquilo, no se había movido de su silla logrando avanzar de manera impresionante en un puzzle de treinta y ocho mil piezas que llevaba tres meses haciendo y que ya estaba por terminar. Era tarde y estaba cansado. Fue a calentar el agua para preparar la tetera. Prendió el pequeño equipo de música que tenía y puso el nuevo disco de Dvorak que le habían regalado. Justo cuando el agua estaba alcanzando la temperatura ideal sintió el ruido de uno de los tapones que saltaba, y fue a revisar el tablero. Como sospechaba, era el tapón de la baliza de seguridad cuya ampolleta probablemente se había quemado. Su arreglo no podía esperar -el tráfico de helicópteros era especialmente alto en esta época del año y debían evitarse los accidentes a toda costa- , luego de apagar el fuego del quemador, con el bolso de herramientas y repuestos amarrado a la cintura emprendió, una vez más, el ascenso que tantas veces había hecho.

            El primer tramo era bastante fácil, aunque un poco aburrido. El armazón de metal arruinaba la vista y solo se reconocían entrecortadas un par de fabricas con sus enormes chimeneas soltando un humo negro y denso. El viento le helaba los huesos. Llegó a la segunda escalera. Con mucho cuidado pudo enganchar bien su arnés de seguridad y continuó el ascenso, ahora disfrutando de una gran vista panorámica de toda la región. Se veían como semillas los trabajadores cosechando en las plantaciones de arroz y las  blancas nubes reflejadas en el lago Inawashiro. A lo lejos las olas reventaban tranquilamente contra las rocas y los buques eran descargados en el puerto. El viento se hizo más fuerte. Sintió el leve balanceo que tantas veces lo había puesto nervioso. Esta vez tranquilo fue subiendo a paso firme hasta llegar a la ultima escalera. Siguió subiendo, ahora más lentamente. La baliza ya estaba a la vista. La altura nunca dejaba de impresionarlo. Era como estar en un sueño y verlo todo desde arriba. Montañas, caseríos y luces como si fueran parte de una gran maqueta. Sin saber por qué empezó a oír a lo lejos el principio del Scherzo de la “Sinfonía del Nuevo Mundo”, que fue aumentando su volumen. El balanceo se hizo más fuerte, como nunca lo había sentido. A un lado, al otro, cada vez más amplio. Se aferró a la antena. Se sentía como un vigía en la punta del mástil durante una tormenta. Asustado, miró para abajo. La tierra se movía como si fuera un mar impetuoso. Enormes olas de tierra golpeaban y hacían estallar las fábricas y sus chimeneas. Las casas se hundían tragadas por la tierra. Se veían luces y estallidos por todas partes, como si estuvieran bombardeando. El mar enfurecido hacia chocar los botes contra las rocas y los cargueros contra los puertos. El volumen de la música ya era ensordecedor. Sus ojos vieron cómo se desprendía la barra que sostenía la escalera a la antena y, sin soltarse de ella, empezó a caer.

            Al llegar al suelo se acordó de que estaba por terminar el puzzle y, luego de poner las ultimas piezas, apagó la música y se fue a su casa.

Guillermo Agustín Vial Undurraga IVºC

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