Entre risas íbamos caminando hacia el paradero. Trayecto no muy largo. Sin
embargo, trayecto que cambiaría nuestras vidas para siempre. Todo comenzó hace
aproximadamente 5 años, cuando yo y mi compañero empezamos a usar nuestra
querida micro 430 para llegar a nuestros hogares. Todo era normal. Hacíamos el
recorrido común y corriente, y en el
tiempo que demoraba la micro en arribar a nuestros destinos nos íbamos
conversando sobre diferentes temas.
Al cabo de un año de usar el mismo transporte de manera diaria ya
conocíamos al micrero, que siempre era el mismo. Todos los días se encontraba
él sentado con su enorme y macizo cuerpo en el asiento del conductor. También
conocíamos a un grupo de viejas copuchentas que se sentaban en la parte de
atrás del largo transporte. Siempre comentaban sobre relaciones amorosas de tal
o cual personaje, o sobre algún que otro
tema de interés nacional. Ah, tampoco hay que olvidar al Ismael, quien también
tenía un asiento preferencial en la micro escogido especialmente para admirar a
su deseada Catalina, que ni siquiera una mirada le cedía a nuestro pobre Isma.
Todos nosotros ya nos ubicábamos perfectamente, y cuando uno u otro subían a la micro nos
saludábamos por cortesía, o simplemente nos dirigíamos miradas amistosas en
señal de saludo. Todos ocupábamos la 430 para llegar a nuestras casas.
Cerca de los dos años de comenzados nuestros viajes en la 430, sucedió un
hecho que nos cambió a todos nosotros, los que usábamos la micro, y la forma en
las que nos relacionábamos. Era un día de lluvia, de esas lluvias torrenciales
que hacen saturar Santiago y que entorpecen la fluidez del tránsito. Nos
encontrábamos los personajes de siempre de la micro (yo, mi compañero, las
viejas copuchentas, el Ismael, la Catalina y Juan y Pedro, quienes se habían
sumado recientemente a nuestro recorrido) esperando llegar a nuestras casas
como todos los días. De pronto, el transporte, nuestra querida 430, decidió
apagarse. Había problemas con el motor. Nadie de los que nos encontrábamos a
bordo sabía qué hacer, hasta que se me ocurrió una idea. Me paré encima de un
asiento y pronuncié unas palabras que quedarán para siempre enmarcadas en la
historia de la micro:
-‘’Compañeros – exclamé
con firmeza-, nos atañe ahora un problema que nos incumbe a todos nosotros, los
pasajeros de la 430. Ante esta delicada situación, debemos organizarnos y echar
a andar nuevamente la micro. Para eso, propongo que todos salgamos y empujemos,
como hermanos y camaradas que somos, y así podamos salir del apuro en el que se
encuentra nuestro queridísimo transporte’’.
Todos asintieron
convencidos, llenos de entusiasmo, y
salimos por la puerta de atrás a la calle, mientras que el chofer se quedó en
su asiento. Nos situamos todos en la parte trasera de la micro y comenzamos a
empujarla. Todos unidos, unidos por un sentimiento fraternal mucho más fuerte
que cualquier lazo sanguíneo, logramos
mover la 430 varios metros, hasta que el chofer logró encender el motor
nuevamente. El rugido de la bestia pronto quedó opacado por los gritos de júbilo. Los demás conductores de la
calle miraban extrañados nuestros abrazos y celebraciones. ¡Si hasta la
Catalina abrazó al Ismael de pura alegría! Ese día todos nos dimos cuenta de que nos unía algo súper
fuerte y que esa micro significaba mucho más que la manera por la cual llegar a
nuestros hogares. Nos sentíamos como una comunidad.
Al día siguiente de esa
histórica jornada nos encontramos los mismos de siempre en nuestro transporte. Reinaba un ambiente cálido y de amistad. Ya no sólo éramos
compañeros de micro, sino que nos sentíamos como verdaderos camaradas, como
hermanos. La solidaridad era ley en nuestra pequeña nación, y cada vez que alguien compraba alguno de esos
Súper 8 que venden los comerciantes ambulantes, lo socializábamos, así todos alcanzábamos a
comer alguna pequeña parte. Nos saludábamos y nos despedíamos con verdadero
cariño, con abrazos y besos. Éramos una verdadera familia y esa micro se
transformó en nuestra verdadera patria. Así, nos sentíamos más cuatrotreintenos
(nombre con el que nos autodenominábamos los pasajeros de la 430) que chilenos.
A los 3 años ya disponíamos de un sistema de salud para la micro, hecho a
base de “parche-curitas” que vendían los comerciantes ambulantes (que
por cierto nos tenían bastante estima), establecimos un sistema de democracia
popular en el que elegíamos al chofer del transporte que debía guiar nuestra 430, e incluso las viejas copuchentas se
organizaron para crear un sistema de propaganda oral, bastante efectivo con las
personas que se subían por primera vez a nuestra micro, por cierto. Además el Isamel dibujó una bandera, la que se
convertiría en el símbolo de nuestra pequeña comunidad, y la que queríamos más
que cualquier otra, pues, como dije antes, nos sentíamos más cuatrotreintenos
que chilenos. Todos tenían una ocupación, algo con que aportar al desarrollo de
nuestra prematura nación.
Así, la pequeña comunidad
fue progresando y dejamos de pagar el pasaje de la micro para destinar el
dinero de éste para comprar bencina y Súper 8’s, para que todos pudieran comer algo camino a sus casas. Además,
invertimos mucho en nuestro sistema de salud y aumentamos la compra de “parche-curitas”
para garantizar el bienestar de los pasajeros. Todo marchaba excelente.
Éramos muy felices. Todos aportábamos y recibíamos algo a cambio.
Hasta que un día, ese maldito día, el Estado de Chile decidió inmiscuirse en nuestros asuntos. El gobierno se había molestado porque ya no pagábamos el pasaje y se habían enterado de la existencia de nuestra pequeña nación, cosa que no los tenía muy contentos. El Ministerio del Interior tomó la tajante decisión de terminar con el recorrido y eliminar, así como así, la micro 430…para siempre. Pero nosotros no nos íbamos a quedar de brazos cruzados viendo como esos opresores nos quitaban los que nos pertenecía y representaba. Como cuatrotreintenos que éramos estábamos dispuestos a luchar. Y así fue.
Le declaramos la guerra
al Estado de Chile y decidimos cerrarle las puertas para siempre a los
fiscalizadores. El gobierno respondió bloqueándonos el comercio de la micro y
le prohibieron a los vendedores ambulantes subirse a nuestra 430 a vender Súper
8’s o ‘’parche-curitas’’, lo que nos afectó gravemente, sobre todo a nuestro
sistema de salud que ya no recibía los suministros diarios de los famosos
parches. Pero aún así no estábamos dispuestos a ceder.
Viendo el Estado nuestra
guerrillera actitud, y conscientes de
que no les entregaríamos la micro, la
PDI secuestró a Juan y Pedro en el paradero, mientras esperaban la 430. Todos
esto con el fin de provocar nuestra rendición y entrega del transporte que
tanto queríamos. Fueron brutalmente torturados y obligados a cantar el himno
nacional, pero ellos se negaron y en cambio, con heroica actitud, cantaron la
Internacional Cuatrotreintena:
‘’Arriba los pasajeros
del mundo
De pie esclavos sin Súper
8
Y gritemos todos unidos
Viva la 430’’
La PDI estaba enfurecida,
no podían soportar tal humillación, no aguantarían que nuestros luchadores les
cantaran en la cara el himno de nuestra micro. Pero nosotros también estábamos
llenos de ira, y estábamos también
dispuestos a recuperar a Juan y Pedro. Así fue que, al día siguiente de sus secuestros, nosotros respondimos
raptando a un fiscalizador que nos
encontramos en el camino. Le exigimos inmediatamente al Ministerio del Interior
que liberara a nuestros presos políticos
si querían que el fiscalizador fuese
liberado ileso. El gobierno no tuvo otra alternativa que ceder, ya que
la prensa estaba informada de todo esto y la población comenzó a apoyarnos. La
gente estaba de nuestro lado.
Habíamos ganado la batalla, no cabía duda. Juan y Pedro ya se encontraban de
vuelta en la micro y nosotros ya habíamos cumplido nuestra parte del acuerdo
devolviendo al fiscalizador sano y salvo.
Pero el Estado no iba a quedarse de brazos cruzados, ni mucho menos soportar
esa humillación. Ya nos había declarado la guerra y en el gobierno estaban
dispuestos a quitarnos la micro fuese cual fuese el precio. Así que decidimos
organizarnos de acuerdo al momento histórico que vivía nuestra 430: Catalina e
Ismael fueron destinados juntos, para suerte de éste último, al sabotaje de
paraderos; Juan y Pedro se encargaron de conseguir apoyo dentro de otras micros
- lo consiguieron en la 426, que hacía el mismo recorrido que nosotros, y por mera solidaridad micrera decidió también
cerrarle las puertas a los fiscalizadores- ; las viejas copuchentas, por su
parte seguían con su efectivo órgano de propaganda oral; por último, mi
compañero (con el que inicié mi aventura por primera vez en la 430) y yo éramos
los encargados de bajarnos de la micro cuando ésta se detuviera para comprar
suministros de Súper 8’s y ‘’parche-curitas’’, y así impedir que se estancara el
abastecimiento de productos que necesitábamos, ya que el gobierno nos tenía
bloqueados.
Así resistimos un par de meses, hasta que un día, mientras cumplía mi tarea
de bajarme de la micro para comprar productos para la comunidad, fui
secuestrado por un agente de la PDI. Mi compañero no podía hacer nada, así que
le dije que se subiera corriendo a nuestro transporte y que se fuera, que yo estaría bien. Me
llevaron al cuartel, pero luego me metieron a la cárcel sin ningún proceso
judicial. Todo lo justificaron diciendo que yo era un terrorista. Pero todo el mundo sabe que yo soy, hasta el día de
hoy, un preso político.
Me arrestaron hace casi ya 6 meses, pero estoy tranquilo al saber que
nuestra 430 sigue en pie de lucha. Estoy tranquilo al saber que el Estado de
Chile jamás podrá quitarnos nuestra micro. Actualmente estoy en huelga de
hambre, no he comido ningún Súper 8 en varias semanas. La gente está muy
consciente de lo que está sucediendo y las calles se llenan de indignación, las
viejas copuchentas están haciendo muy bien su labor de agitación y propaganda.
No sé cuánto tiempo más
estaré aquí, pero lo único que quiero es volver a mi querida 430. No sé cuánto
tiempo más durará esta lucha, pero si sé con toda seguridad que nosotros, los
cuatrotreintenos, saldremos victoriosos.
¡MICRO O MUERTE, VENCEREMOS!
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