Todo parecía iluminarse, cada golpe contra la ovalada
muralla producía una nueva fisura en su estructura que permitía entrar tenues
cabellos de luz. Sabía que era hora de salir, ya era hora de conocer los
colores, los olores, poder ver de una vez que era lo que emitía esos sonidos
extraños que lograba oír a través de las paredes. De pronto, después de tanto
golpeteo, logró romper por completo su envoltorio, y asomar la cabeza para encontrar
lo que iba a ser su mundo. Sus plumas aún seguían mojadas, y sus ojos no se
acostumbraban del todo a la luz solar. Pero eso se solucionaba con el tiempo,
el sabía que no estaba tan mal, ya que los demás polluelos estaban igual que él,
e incluso algunos todavía no salían del cascarón.
El nuevo mundo era asombroso, todo emanaba vida, todo era
color, belleza ¡Todo era inmenso! Y en su mente, él solo pensaba que algún día estaría
sobrevolando todas esas majestuosas cumbres llenas de ramas y hojas. Pero faltaba
mucho para que ese día llegara. Ahora su preocupación era secar sus diminutas
plumas pegadas a su cuerpo, y buscar algo de comida. En pocos minutos una
hermosa ave surcando los cielos fue e aterrizar a la rama donde estaba nuestro
pollo. Él la analizó. Era majestuosa, con finas plumas. Elegante, esbelta. De
un color solido, oscuro y potente. El sol contorneaba con sus rayos el perfecto
cuerpo gris de aquel pájaro. Y el polluelo pudo deducir que aquel animal era su
madre, que traía a sus hijos recién nacidos, raciones personales de gusanos, lombrices,
y algún tipo de raíz. Al parecer, los primeros días el almuerzo tanto como la
cena eran servicio a la habitación, ya que el pollito no tenía que hacer nada más
que piar para que unos deliciosos gusanos aparecieran dentro de su boca. Pero a
medida que pasaba el tiempo, las tareas comenzaban a ser responsabilidades
independientes, y nuevos panoramas se agregaban a su rutina diaria.
Ningún día terminaba sin enseñanza, ya había aprendido que raíces comer, y cuáles no. Que hacer en el caso de que algún zorro o culebra se le apareciera en el camino. Como encontrar agua cuando se necesitara. Y sobre todo, nunca, jamás, en ninguno de los casos, acercarse al agujero del quinto árbol al este del bosque. Ya era casi un experto, todos sus hermanos le admiraban por su rapidez de aprendizaje, cualidad la cual lo hizo ser muy querido dentro de la “avecindad”.
Ningún día terminaba sin enseñanza, ya había aprendido que raíces comer, y cuáles no. Que hacer en el caso de que algún zorro o culebra se le apareciera en el camino. Como encontrar agua cuando se necesitara. Y sobre todo, nunca, jamás, en ninguno de los casos, acercarse al agujero del quinto árbol al este del bosque. Ya era casi un experto, todos sus hermanos le admiraban por su rapidez de aprendizaje, cualidad la cual lo hizo ser muy querido dentro de la “avecindad”.
El tema de volar estaba en sus narices, o mejor dicho, en
sus picos. Caminara donde caminara, las palabras aire, alas, batir, ráfaga,
entre otras, eran siempre mencionadas. Todos rumoreaban y suponían acerca de quién
iba a ser el mejor volador, y no había duda de que el protagonista de este
cuento era uno de los mejores candidatos.
El día se acercaba. Poco a poco la “avecindad” se preparaba para el evento. Pequeños detalles
se apreciaban en los pórticos de las casas de cada pájaro. Los plumajes de las
aves nunca habían estado en mejor forma. Posición en la que estuvieran, el sol
se refleja en las brillantes y lisas plumas. Cuando ya quedaban menos de cinco
días, comenzaron las fiestas. Carnavales eternos, en honor a la gran tradición,
invadían el pueblo. Peinados de todos los tipos adornaban las cabezas de los más
exóticos pájaros de la región. En cada esquina se podía apreciar extranjeros
venidos de muy lejos buscando presenciar el gran ritual de iniciación de los
polluelos. Todo era alegría, todo era fiesta, todos preparados para poder por
fin recibir a los pequeños dentro de la sociedad de adultos.
Ya no quedaban más que horas. Toldos y carpas enormes hechas
de paja y raíces decoraban el lugar del evento.
Y ahí estaba él. El que hace pocos días recibía gusanos en
su boca, el que hace pocos días piaba buscando calor maternal, ahora estaba a un
paso, a un salto, a un batir de alas, como quieran llamarlo, de ser un pájaro verdadero.
La fila de novatos se armó de inmediato, y poco a poco los antiguos pollos se
volvían aves con tan solo un pequeño impulso y algunos aleteos. Era su turno. Se
paró en el borde del tronco y miró alto. Vio como sus compañeros surcaban los
cielos con asombrosa piruetas, seguidas de vítores de parte de sus familias. Extendió
sus alas y sintió como el viento las acariciaba, como si fuera un amigo que las
esperaba hace mucho tiempo, y les daba la bienvenida. Cerró sus ojos, inhaló
con fuerza, y se lanzo al precipicio… Abrió sus alas… pero seguía cayendo… las intentó batir con fuerza… pero seguía
cayendo. Escuchaba los gritos de horror mientras su cuerpo se acercaba cada vez
más al piso. De pronto, todo se oscureció…
Ya era de noche, la luna brillaba en el firmamento, y él,
tumbado en el suelo de hojas del bosque.
No sabía cuánto tiempo llevaba ahí. Minutos, horas, tal vez días. Lo único que
estaba seguro, era que ya se habían rendido los que posiblemente lo estaban
buscando.
Humillado, triste y herido, decidió no volver, caminó varios
minutos con la vista baja, sin mirar hacia donde iba, hasta que de pronto escuchó
una voz.
– Bienvenido.
El alzó la cabeza, y se dio cuenta donde estaba. El agujero
del quinto árbol al este del bosque. Y enfrente de él, un pájaro adulto, negro
como el azabache producto de la suciedad que invadía su cuerpo, desaliñado,
ausente de varias plumas, y un destello de tristeza en sus ojos.
– Bienvenido – repitió – Este es el agujero del
quinto árbol del este, lugar de los rechazados, humillados y deshonrados. Aquí no
te harán daño. – y tendiéndole un ala agregó – Ven conmigo.
Sin pensarlo dos veces, se aferró al ala de su nuevo amigo,
y entró.
Agustín Valenzuela
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