Él daba miedo, miedo y frío, como una estatua o gárgola antigua.
Uno de sus rizos caía sobre sus hombros, deslizándose entre el cuello sucio de
la camisa blanca, como un hilo de humo negro que atraviesa las nubes, y en el cerco de
sus pestañas oscuras brillaban sus pupilas como dos esmeraldas sujetas en un carbón.
[...] La noche empezaba a extender sus sombras, la luna dibujaba en la superficie de la calle, la niebla se arremolinaba
al soplo del aire y los ojos verdes brillaban en la oscuridad como fuegos que
corren por el cemento… “Corre”… “corre”.
Estas palabras zumbaban en mis oídos como una orden. “Corre”… Y el hombre
misterioso se me acercaba cada vez con mayor velocidad, y parecía amenazador…
Peligro.
Agustín Valenzuela
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