Hastiado de esperar
en el pasillo, el crítico de cine lamentaba su mala suerte observando
cómo una pareja de ancianas avergonzadas acomodaban sus enormes maletas en el
guarda equipaje. El calor del Caribe era sofocante, grandes lagunas de sudor le
cubrían las axilas y el prominente pecho, mientras una mosca persistía en
indagar dentro de su oreja, no había razón alguna para explicar cómo lo había
hecho el fastidioso insecto para entrar al avión.
Finalmente tras una
larga e incómoda espera, el crítico pudo llegar a su asiento, guardó su
anticuado maletín rojo y se sentó junto a la ventana. Siempre pedía el asiento
de la ventana, ya que de otra manera le resultaba imposible dormir. A su lado
se encontraba una enfermera gorda que le sostenía una mirada profesional, como si él
tuviera cáncer o alguna especie de lepra.
Para matar la espera
frente al evidente atraso del despegue, decidió leer una de las aburridas y
publicitadas revistas que se encuentran
en los aviones. Escogió una al azar. Grande y grata fue su sorpresa al
encontrar un artículo que trataba sobre él. Se titulaba "Joseph Volcoro: La serpiente detrás de la pluma".
Recientemente
se ha galardonado a Joseph Volcoro con el premio Truffaut al mejor crítico del
año. Este inmerecido reconocimiento logrado a punto de ácidas críticas es una
ofensa a la industria del cine que se ha visto atacada constantemente por este
pérfido crítico que al parecer lo único que busca es desprestigiar a buenos
directores, que no son mecedores de las crudas reseñas del crítico. Pero lo que
realmente causa irritación es el poco amor al cine que tiene el crítico, ya que
jamás se le ha visto alabar ninguna película o actuación. Es una persona que no
puede identificarse o comprometerse con ningún film. He ahí su odio a ellos.
The New york Times.
Rio de buena manera
con la curiosa descripción y cerró la revista. Tras un estremecedor despegue,
la luz para desabrocharse el cinturón se encendió. El crítico se paró
abruptamente y tras pasar con torpeza por las hinchadas piernas de la enfermera, corrió a vomitar al baño. No sabía por qué los aviones lo alteraban tanto, pero
no podía evitar las náuseas.
Pidió una vez más
permiso a la enfermera, que no le quitaba de encima la lastimosa mirada y se
acomodó en su asiento. Ya que no podía dormir pese a su reconfortante ventana optó
por ver una película haciendo caso omiso a la promesa que se había hecho a sí
mismo de no trabajar durante sus
vacaciones.
La selección de
filmes que le ofrecía la aerolínea era de lo más variada. Desde los grandes
clásicos de Hitchcock, Leone y Kubrik, hasta las populares películas explosivas
de superhéroes que tan duramente criticaba. Siendo un gran conocedor del
séptimo arte había visto la mayoría del repertorio, pero había una que al
parecer había escapado de su temerario análisis, ésta se llamaba " La
teoría del todo". Trataba sobre la vida de un genio astro-físico minusválido llamado Stephen Hawking, y de la relación con su mujer.
La cinta le pareció un bodrio como cualquier otra, con un guión mezquino y
una trama inverosímil. Pero quedó verdaderamente maravillado con la
interpretación del minusválido. Se involucró tan intensamente con el personaje
que lloró, amó y rio con él, incluso en un momento se encontró
rezando para que Stephen se curara de su enfermedad. Se identificó con el personaje como nunca lo había hecho en su larga carrera cinética, lo hizo recordar su trágica niñez, el
último abrazo que le dio su madre, las infidelidades de su mujer y su posterior
divorcio, su fracaso como director de cine y múltiples recuerdos que quiso y pensó haber
olvidado. Cansado de tantas emociones y sensibilidades apagó la pequeña
pantalla y se durmió mientras una triste lágrima le caía por la mejilla.
A la mañana
siguiente despertó confuso, tenía una extraña sensación de no poder mover sus
extremidades. La ventana reflejaba la imagen de un atrofiado rostro que lo
miraba con asombro y temor bajo unos grandes lentes marrones. El avión había
llegado a destino, los pasajeros comenzaron a sacar sus maletas y prepararse
para el desembarco. La enfermera gorda se levantó, sacó una silla de ruedas del
guarda equipaje junto con el anticuado maletín rojo y depositó en la silla al afligido
crítico.
Supongo que ahora no pueden decir que no soy un crítico de cuerpo y alma, pensó.
Supongo que ahora no pueden decir que no soy un crítico de cuerpo y alma, pensó.
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