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Y Decidió Ser

Es curioso. El cuello abrochado de la camisa y la corbata bien anudada es el clásico símbolo de elegancia y auto seguridad, al igual que el primer botón sin abrochar junto con un buen nudo. Desabotonar el cuello, acompañándolo con una corbata un poco mas suelta es imagen de juventud, de relajación, o bien de prototipo adolecente extrovertido, al igual que el primer botón sin abrochar y carente de corbata. Cuello abotonado sin corbata es típico del niño de ocho años, vestido por la madre para asistir a una comida, al igual que del anciano de campo. Corbata suelta, o bien ausencia de ella, junto con el cuello subido y desabrochado refleja rebeldía y desinterés, sin mencionar que quizás ese sea un vampiro. Cuello abotonado y corbata baja o no suficientemente anudada permitiendo visualizar el primer botón, es símbolo de estupidez o simplemente, falta de estética. En fin. Creo que sobra análisis para demostrar que a la hora de vestirnos, hay que hacerlo con sumo cuidado si queremos que el resto de la gente entienda lo que queremos reflejar con nuestra tenida, y no proyectar una imagen la cual no queríamos compartir. Cabe destacar que toda esta reflexión la hemos llevado a cabo refiriéndonos únicamente al cuello y la corbata, elementos que no cubren ni la tercera parte del cuerpo vestido. Quizás se pregunten el porqué de todo este sinsentido. Bueno, me explico a continuación.
Estaba un hombre, bien vestido, frente a uno de los tantos espejos que había en el baño del club. Faltaban pocos minutos para que la entrevista de trabajo comenzara en una de las salas de reunión, y mientras tanto, este hombre se peinaba y arreglaba el cuello y la corbata mirando su reflejo y reflexionando sobre todo lo dicho anteriormente. Finalmente optó por abrochar el primer botón y anudar bien la corbata. Ya estaba listo. Practicó unos cuantos saludos frente al espejo y ensayó distintos tipos de sonrisa antes de caminar hacia la puerta. Pero para su sorpresa, su reflejo no lo acompañó hasta ella. El hombre no lo entendía. Se paró de nuevo en el lugar en que estaba antes para quedar frente a su imagen, y comenzó a caminar otra vez. Pero el reflejo no se movió. Se negaba a avanzar, y cuando digo se negaba, lo digo en forma literal; de brazos cruzados, ceño fruncido y moviendo la cabeza de lado a lado, igual que la pataleta de un crío.
Pasaron unos cuantos minutos en los que el hombre suplicaba de rodillas a su otro yo que lo acompañara, pero él ya estaba cansado de seguirlo a todos lados imitando sus movimientos sin error alguno. Finalmente después de los fallidos intentos de hacer entrar en razón al hombre detrás del cristal, el verdadero se fue enfurecido.
Al cabo de unos segundos, un joven entró corriendo por la puerta del baño. Haciendo esfuerzos increíbles para no manchar sus pantalones. Se acercó al mingitorio más cercano, bajó el cierre y comenzó a orinar. No pudo evitar soltar un suspiro de gozo mientras miccionaba las aguas menores. Todo iba bien, hasta que le joven se percató de que un reflejo estaba parado frente a él. Molesto y avergonzado, intentó taparse lo suficiente hasta que terminó de vaciarse para luego sentir el clásico tiritón que recorre el cuerpo después de evacuar. Presionó el botón de la cadena, se lavó las manos lo más rápido posible y salió del baño de inmediato, evitando la incómoda situación de encontrar miradas con el hombre dentro del vidrio.
La verdad, para el reflejo fue una enorme decepción. La primera persona con la cual podía interactuar rompiendo su aburrida rutina, se molestó y evitó cualquier trato. Solo imagínense el estar atado siempre a los movimientos de un tercero, sin siquiera hablarle, ni mostrarle algún tipo de vida independiente. Creo que un sentimiento parecido fue el que invadió a la sombra cuando decidió abandonar a Peter Pan. Pero a diferencia del niño volador, a él no lo perseguía su dueño, sino que lo dejó solo en el baño, permitiéndole actuar con libertad.
Otra oportunidad se presentó de repente. Un hombre de negocios entró por la puerta, seguido de otro algo más joven que el primero, ambos de traje y maletín. Se instalaron frente al espejo, y pasaron por el mismo proceso de decidir la forma en la que iban a llevar la corbata y el cuello. A diferencia del primer hombre de la historia, (el tipo que quedó sin reflejo) optaron por llevar el cuello desabrochado y la corbata un poco suelta, para aparentar juventud, atributo el cual ya estaba desapareciendo. Al terminar de acicalarse, se dirigió al reflejo sin hombre, abrió los brazos y subió las cejas con una sonrisa, como queriendo preguntar qué tal lucía. El reflejo sonrió excesivamente, y levantó los pulgares en señal de aprobación. Luego, la imagen sin dueño intentó hablar con la imagen próxima, pero esta, sin mover músculo fuera de lugar, dio a entender que no podía romper las reglas del trabajo.
Muchos hombres asistieron a ese baño en los siguientes días. Algunos le hablaban, otros lo evitaban, y unos cuantos intentaban compartir la pena de no tener a ese alguien a tu lado, ese alguien que siempre estuvo junto a ti, siendo que el reflejo no sentía nada parecido a la pena. Todo lo contrario, estaba feliz de poder al fin actuar con total libertad y sin responsabilidad alguna.
Lamentablemente, siempre en estas historias hay aguafiestas y vidas amurradas, gente que no concebía la idea de ser observados por una imagen incorpórea mientras hacían sus necesidades. Los descontentos comenzaron, los alegatos al club invadieron el libro de reclamos, y las propuestas más terribles salieron a la luz. No quedaba mucho para el fin del recién nacido reflejo autónomo.
Pasaron los años, y cada día menos gente visitaba a la pobre imagen. Hasta que el momento llegó. Una mañana, el reflejo abrió los ojos, con la esperanza de poder conversar durante todo el día sin descansar, pero para su sorpresa, estaba sumido en una total oscuridad, escuchando multitudes de hombres en el baño, riendo y charlando, sin poder verlos, ya que lo que antes eran las paredes blancas de baldosa, ahora eran periódicos pegados al cristal que impedían el paso de la luz.


Agustín Valenzuela Purcell

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