Los niños jugaban y
reían. Ella lo hacía sobre un columpio viejo, mientras Él la empujaba suavemente. Se divertían en el patio de la casa donde se
desarrollaba la junta de vecinos, deseando que no llegara el momento de lavarse
e irse a dormir. Todos los meses, la reunión vecinal enfrentaba también a ambos
niños, que aprovechaban este momento para reconciliar sus diferencias. En un día normal,
Él era un niño tímido, que no
levantaba los ojos del libro de ejercicios en las clases de matemáticas, o de alguna novela en los recreos. No conversaba con los demás niños, y menos aún con las
niñas del colegio. Solo en la junta de vecinos podían Ellos ser compañeros de
juegos.
Una de esas tantas
veces, Él
llegó, como siempre o quizás más temprano, a la reunión mensual. Se sentó en uno de los columpios y esperó a que Ella
llegara y ocupara el otro. Sin embargo, la reunión transcurrió sin que la joven
se dignase aparecer. Seguramente un viaje o una complicación de última hora
había impedido que se presentase la familia, normalmente infaltable, de esta. El
chico simplemente se aburrió, y se había rendido ya en sus esperanzas cuando
dicho aburrimiento hubo de tornarse en rabia y desconcierto: vió emerger a los padres de la chica, infaltables como
siempre, pero sin su hija, de la puerta que decía “Junta de Vecinos Buenas Peras”.
Si ya este
acontecimiento le había traído dudas acerca de sus posibilidades con Ella, una
semana después llegaría la gota que rebalsó el vaso: no vería más a la joven,
pues junto a su madre se trasladaba a un pueblo no cercano, ni tampoco muy
lejano, pero ciertamente fuera de su estudiantil capacidad de transporte. Se
rumoreaba que el padre de la joven tenía ciertas tendencias “amorosas”, por así
decirlo, confusas que lo habían alejado de la mamá. Otros afirmaban que una
herencia recibida de nadie sabe dónde había permitido a esta mujer su
largamente ansiada independencia del odiado cónyuge. Nuestro héroe nunca lo
sabría con certeza, pero sí sabía que, fuese cual fuese la razón, seguramente no
volvería a ver a su compañera de juegos y sueños.
En su nueva
ubicación, la ya joven mujer siguió sus estudios en otro colegio, hizo nuevas amistades y logró finalmente ingresar a la universidad. Allí es donde conoció la música. No la música
monótona y sombría a la que la habían acostumbrado las monjas de ambos colegios
y el tocadiscos de su abuela. No, en la universidad logró experimentar con
todos los gustos y géneros musicales asistiendo a conciertos de todo tipo y nivel, y llegando a encariñarse con un artista en especial: Asaras, el
misterioso roquero, cuyo vertiginoso ascenso había pasmado al mundo musical.
El día del concierto, la joven estaba
muy entusiasmada: su sueño se haría realidad, vería a Asaras, SU Asaras. Estaba
frenética, nerviosa, no sabía qué hacer, y la emoción no la dejaba pensar con
claridad. Antes de que su ídolo subiera al escenario, ya hacían efecto en ella
los shot de tequila y las luces encandilantes del espectáculo.
La joven
hacía un enorme esfuerzo para distinguir las figuras del escenario. Asaras
todavía no subía.
-
Me
encanta Asaras- le gritó al callado joven a su lado, ya desinhibida completamente por el tequila.
-
Sí...es
bueno- contesto éste, mientras se ponía el gorro de su notorio polerón rosado
fosforescente.
El gran Asaras, después
de responder huidizamente a la fanática, comenzó a recorrer las graderías
exteriores. Ella siguió esforzándose por atisbar alguna silueta reconocible en
el escenario o entre la gente cercana, hasta que un golpe de lucidez repentino
le proporcionó un vistazo de realidad: el joven a su lado era Asaras, el Gran
Asaras, el Famoso Asaras.
Trató de
despejar su conciencia, se arregló el pelo, se subió
un poco la falda, y se puso Rush de color rojo, para parecer más atractiva.
Cuando Ella
miró a su lado buscándolo, Asaras ya no estaba. Se lanzó por las gradas a
buscarlo, haciendo un enorme esfuerzo físico y mental para no parecer alguna borracha más del evento. Se cruzó con todo tipo de gente, desde curiosos “princesos” hasta la infaltable manada de hípsters, con sus raros cortes de pelo, barbas estilizadas y, obviamente,
luciendo sus característicos anteojos anticuados.
Finalmente, logró distinguir entre la multitud
el gorro rosado fosforescente que viera ponerse a Asaras. Estando ya a solo un par
de metros de él, aceleró el paso y se lanzó
desesperada a acortar el trecho. Apenas fue posible, estiró el brazo y colocó
su mano en el hombro del artista. Este se giró lentamente, y la miró a los
ojos. Estaba llorando.
Algunos
dicen que el mundo cambia, que los países cambian, que las personas cambian,
pero que los ojos, los ojos nunca cambian. Puede ser por razones fisiológicas,
o simplemente por que envejecen junto al observador, que no llega nunca a distinguir diferencias. Quizás se deba a
causas más trascendentales. La verdad es que, independiente de las razones,
Ellos se reconocieron, cada uno en los ojos del otro. Recordaron toda su infancia, el pseudoamor inocente, las juntas de vecinos,
el columpio. Corrieron
los monosílabos ininteligibles de un lado al otro del fallido diálogo
emocionado. El abrazo fue inintencionado, casi accidental, pero ninguno de los
dos hizo nada por detenerlo cuando se descubrieron entrelazados.
-
Preséntame
a tu amiga, Asaras- musitó una voz.
El abrazo
se vio interrumpido. Mientras se despegaban los antiguos amigos, Ella intentaba
encontrar los ojos de Él y sin embargo la mirada de Asaras se mantenía,
avergonzada, fija en el piso. Tras separarse, la joven buscó la voz, que se
convirtió en un enorme hombre, musculoso y calvo, con un aro como de toro en la
nariz, los dedos llenos de anillos y un gran medallón sobre el torso desnudo.
Sonreía mirando en su dirección, mientras apoyaba una mano en la espalda, o
quizás más abajo, del Famoso Asaras
-
Este...
es mi pololo- le dijo este último a la joven, apuntando al recién llegado.
Descompuesta,
la mujer se puso en cuclillas y se tapó la cara con las manos. Cuando se atrevió
a levantar los ojos lagrimosos, Él ya se había ido.
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