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Capítulo 1: Reflejos de Cordura

Un tambaleo y después el que faltaba, hasta dejarlo arriba de la vereda, para luego moverse desenfrenadamente al ritmo de los tambores, con la cara apretada, fingiendo los llantos de la guitarra de Jimmy, acompañados desde el fondo con los gemidos ascendentes de Plant, los cuales revivían en su mente locuras, pasiones, fiestas, mujeres y amores. Recuerdos de juventud... De la preciosa juventud. De los constantes e  inolvidables recitales consumidos por la voz de Cerati, la cual junto con algunas sustancias no lo suficientemente legales, abundantes y sin vergüenzas, producían en el público los placeres más fantásticos. Recuerdos de rebeldía, de libertad. Recuerdos que se esfumaban junto con el último platillazo, seguido del giro de llaves el cual lo traía de vuelta a la realidad.

Silencio. Triste y a la vez reconfortante, ya que indicaba el regreso a casa. Un cigarrillo de la caja posada sobre la guantera. Presionar el encendedor. Esperar a que haga click. Rutina diaria. Click. Encendió su cigarro, bajó el vidrio, reclinó el respaldo hacia atrás y pensando en quien ya no estaba, se puso a botar bocanadas de humo, el cual dibujaba extrañas y divertidas formas para luego salir del auto por la ventanilla izquierda.

Después de unos cuantos minutos, cuando la ceniza se había apoderado de lo que antes era tabaco, tiró de la manilla de la puerta, enderezó su asiento y bajó. Un pisotón al cigarro y un portazo razonable, para luego con uno de los botones del llavero, abrir el maletero del auto.

- Buenos días, Don Julio - Una hermosa joven, llegada de Temuco hace unos cuantos años junto con su familia para poder asistir a la universidad. A leyes, para ser exacto. Veinticinco años eran demasiados para su imagen. Sueño de cualquier publicista de lencería: figura esbelta y delgada, delicados cabellos adornaban su cabeza cayendo en forma de rizos sobre sus delicados hombros. A decir verdad todo en ella era delicado, todo era porcelana… todo, menos los salvajes ojos verdes, cercados por largas y rebeldes pestañas. No podía evitar fijarse en ellos cada vez que lo saludaba. Disimularlo no era sencillo.
- ¿Más muebles? - Agregó ella.

- Hola Cecilia… No no… Más bien es decoración. - se limitó a contestar.

Estaba en plena instalación, trayendo muebles, sillas, cuadros, y otras cosas para estilizar su nueva casa. Llevaba casi dos semanas en lo mismo. Una casa de dos pisos no se decora en un día, y menos cuando se trabaja solo. Además, las casas de La Dehesa no son, digamos, pequeñas. No señor, de ladrillos el frontis, una puerta debajo de un semitecho sostenido por clásicas columnas que sobresalía del rostro amurallado principal, lo bastante grande y ancha para que por ahí pasase un toro. Blanca como la nieve, de madera rústica pero apariencia de marfil. Su contorno adornado por una serie de ventanitas pequeñas que dejaban ver un bello piso flotante sobre el cual se alzaba una escalera forrada en alfombra. Una puerta blanca más pequeña que la anterior, que seguramente daba a la cocina, y al lado de esta una algo más elegante, con ventanas en su estructura que daban la hermosa imagen de un living semi amueblado cuidadosamente. Carente de cortinas, dando paso al sol para que esa sala brillara como oro. Casa perfectamente mimetizable entre los condominios aparentemente campestres de California.

Era algo raro pensar que años antes, la posibilidad de querer vivir en los barrios altos era nula. No por una cuestión económica, sino que entre sus principios no cabía tal locura. No señor. Pensar que un tiempo atrás eran collares los que ocupaban el lugar que hoy usa la corbata, y jeans ajustados donde ahora había pantalones de terno, ligas que sujetaban el pelo, y aros que adornaban las orejas. También era raro pensar que anteriormente a lo anterior, no eran collares, sino chaquetas de algo que pretendía ser lana y pañuelos por cualquier parte. Fueron épocas que toda juventud pasó. De ser  una especie barata de hippie a ser rockero inglés, de rockero argentino a un frustrado intento de punk, y de esa frustración a un hombre de familia. Pero finalmente, todas esas búsquedas de personalidad formaron la más espectacular vida juvenil. Vida que se acabó con el matrimonio y que ahora, sin el matrimonio en cuestión, era muy difícil no extrañar… Aquellos años… No había momento en que no pensara en revivirlos, revivir épocas, noches de alcohol y locura, sexo drogas y placeres, reconstruir el panorama a la mañana siguiente... ¡Basta!

- ¿Tú, cómo vas? - dijo rompiendo el silencio para no quedar como un idiota ni sumirse en sus pensamientos. - ¿Tus estudios, todo bien?

- Sí, todo muy bien - contestó sonriendo - Difícil, pero haciendo lo posible - agregó con una pequeña risita al final. Su admiración era evidente. Estimaba mucho a Don Julio, y lo mostraba con claras miradas y actos de coquetería. Todos en vano, pues sabía que el hombre solo tenía corazón para su difunta esposa. Pero la esperanza de alguna vez llamar su atención aún no había sido quemada.

-  Me alegro Cecilia, así debe ser, más aún si vienes de tan lejos - Respondió mientras del maletero sacaba un paquete grande forrado cuidadosamente en papel de embalaje, delgado como lámina de madera, pero al parecer frágil como cristal, según como lo tomaba su nuevo dueño.
- Oye, te pido un favor - Habló con esfuerzo mientras sostenía su nueva adquisición.- ¿Me puedes cerrar la maleta? Que no tengo manos.

La casa olía a bosque y pintura fresca, tenía unos cuantos cuadros colgados en la entrada, pero se notaba que faltaba mucho más. El paquete estaba apoyado en la puerta abajo de la escalera, mientras Julio se servía un Gin-tónica Tanqueray Nº Ten, lujo que se daba cada vez que llegaba con un nuevo adorno. Claramente, en un período de mudanza, el licor se repetía básicamente todos los días.
La corbata se presentaba desanudada del cuello, las mangas arrugadas por sobre los puños más arriba del codo, y los pies sin zapatos. El gangoso sonido de la voz de Billy Gibbons en La Grange emergía de los Q2050i, negros y recién instalados sin ningún momento de descanso, luciendo sus detalles y terminaciones, su retumbar y su orgullo en el living joven de muebles, sumergiendo la casa en un ambiente de vacaciones e irresponsabilidad. La parte trasera dejaba ver a través de grandes ventanales una terraza techada, un jardín bastante amplio, y una piscina en forma de L. Había tres salidas hacia este patio, una por el living, otra por el comedor, y una última por el dormitorio principal, sumando también la que tenía la cocina, no directamente hacia afuera, ya que antes de llegar a la terraza, pasaba por un patio de servicio. La membrana acústica no dejaba de vibrar y percutir sobre el vaso. Y el vaso, por su parte, se iba vaciando a medida que ZZ Top, Rush, The Clash y unos cuantos reagges latinos acariciaban la casa.

El hombre del Gin, no abandonó la estancia hasta que en su vaso quedaron nada más que hielos algo derretidos. Solo entonces se dispuso a desempapelar su compra, cuidadosamente, como un arqueólogo desentierra una momia antigua de un preciado imperio perdido. Sus ojos brillaban. El entusiasmo que sentía cada vez que compraba algo nuevo era poderosísimo. Era algo casi igual a un vicio, o más bien una capa que impedía de cierto modo recordar ataúdes, funerales, llantos y ganas de no vivir. Sabía que no estaba en lo correcto, sabía que no estaba pensando con claridad, sabía que si no se preocupaba del tema podría entrar en una dependencia profunda. Pero era eso o llorar constantemente y responsabilizarse de lo sucedido hasta el fin de sus días… Mmm… Tenía que mantenerse cuerdo. A pesar de todas las consecuencias tenía que hacerlo. Pero solo no, ni hablar, no podría. Y justamente aquella compra iba a ayudarlo a resolver ese problema. El plan estaba en marcha.

Se dirigió a su dormitorio. Giró la manilla de forma muy incómoda ya que sus brazos estaban ocupados sosteniendo ese frágil objeto. Entró cuidadosamente y cerró sin hacer ruido. Era una pieza bastante grande, con un pasillo justo antes de llegar al lugar de la cama. Se detuvo frente a una muralla. Esta tenía un clavo sin usar.

-  Perfecto – susurró para sus adentros.

Ahí fue donde colgó su nuevo espejo, largo y delgado, reluciente como debería estar uno de esos nuevos. Se reflejaba de pies a cabeza en él. Lo inclinó hacia un lado, y luego al otro, hasta que quedó perfectamente derecho. La admiración hacia este duró unos cuantos minutos. Hasta que rompiendo el silencio dijo orgulloso:


-  Ahora somos cuatro – y mirando los otros dos espejos colgados a cada lado del nuevo, abandonó la habitación. Seguido, el sonido del teléfono atacó las guitarras y baterías que adornaban el aire. Trabajo, pega, y aburrimiento. Ya vienen de vuelta. Contestó. Voy para allá.


Agustín Valenzuela

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