Un tambaleo y después el que faltaba, hasta dejarlo arriba de la vereda,
para luego moverse desenfrenadamente al ritmo de los tambores, con la cara
apretada, fingiendo los llantos de la guitarra de Jimmy, acompañados desde el
fondo con los gemidos ascendentes de Plant, los cuales revivían en su mente
locuras, pasiones, fiestas, mujeres y amores. Recuerdos de juventud... De la
preciosa juventud. De los constantes e
inolvidables recitales consumidos por la voz de Cerati, la cual junto
con algunas sustancias no lo suficientemente legales, abundantes y sin
vergüenzas, producían en el público los placeres más fantásticos. Recuerdos de
rebeldía, de libertad. Recuerdos que se esfumaban junto con el último platillazo,
seguido del giro de llaves el cual lo traía de vuelta a la realidad.
Silencio. Triste y a la vez reconfortante, ya que indicaba el regreso a
casa. Un cigarrillo de la caja posada sobre la guantera. Presionar el
encendedor. Esperar a que haga click. Rutina diaria. Click. Encendió su
cigarro, bajó el vidrio, reclinó el respaldo hacia atrás y pensando en quien ya
no estaba, se puso a botar bocanadas de humo, el cual dibujaba extrañas y
divertidas formas para luego salir del auto por la ventanilla izquierda.
Después de unos cuantos minutos, cuando la ceniza se había apoderado de
lo que antes era tabaco, tiró de la manilla de la puerta, enderezó su asiento y
bajó. Un pisotón al cigarro y un portazo razonable, para luego con uno de los
botones del llavero, abrir el maletero del auto.
- Buenos días, Don Julio - Una hermosa joven, llegada de Temuco hace
unos cuantos años junto con su familia para poder asistir a la universidad. A
leyes, para ser exacto. Veinticinco años eran demasiados para su imagen. Sueño
de cualquier publicista de lencería: figura esbelta y delgada, delicados
cabellos adornaban su cabeza cayendo en forma de rizos sobre sus delicados
hombros. A decir verdad todo en ella era delicado, todo era porcelana… todo, menos
los salvajes ojos verdes, cercados por largas y rebeldes pestañas. No podía
evitar fijarse en ellos cada vez que lo saludaba. Disimularlo no era sencillo.
- ¿Más muebles? - Agregó ella.
- Hola Cecilia… No no… Más bien es decoración. - se limitó a contestar.
Estaba en plena instalación, trayendo muebles, sillas, cuadros, y otras
cosas para estilizar su nueva casa. Llevaba casi dos semanas en lo mismo. Una
casa de dos pisos no se decora en un día, y menos cuando se trabaja solo.
Además, las casas de La Dehesa no son, digamos, pequeñas. No señor, de
ladrillos el frontis, una puerta debajo de un semitecho sostenido por clásicas
columnas que sobresalía del rostro amurallado principal, lo bastante grande y
ancha para que por ahí pasase un toro. Blanca como la nieve, de madera rústica
pero apariencia de marfil. Su contorno adornado por una serie de ventanitas
pequeñas que dejaban ver un bello piso flotante sobre el cual se alzaba una
escalera forrada en alfombra. Una puerta blanca más pequeña que la anterior,
que seguramente daba a la cocina, y al lado de esta una algo más elegante, con
ventanas en su estructura que daban la hermosa imagen de un living semi
amueblado cuidadosamente. Carente de cortinas, dando paso al sol para que esa
sala brillara como oro. Casa perfectamente mimetizable entre los condominios
aparentemente campestres de California.
Era algo raro pensar que años antes, la posibilidad de querer vivir en
los barrios altos era nula. No por una cuestión económica, sino que entre sus
principios no cabía tal locura. No señor. Pensar que un tiempo atrás eran
collares los que ocupaban el lugar que hoy usa la corbata, y jeans ajustados
donde ahora había pantalones de terno, ligas que sujetaban el pelo, y aros que
adornaban las orejas. También era raro pensar que anteriormente a lo anterior,
no eran collares, sino chaquetas de algo que pretendía ser lana y pañuelos por
cualquier parte. Fueron épocas que toda juventud pasó. De ser una especie barata de hippie a ser rockero
inglés, de rockero argentino a un frustrado intento de punk, y de esa
frustración a un hombre de familia. Pero finalmente, todas esas búsquedas de
personalidad formaron la más espectacular vida juvenil. Vida que se acabó con
el matrimonio y que ahora, sin el matrimonio en cuestión, era muy difícil no
extrañar… Aquellos años… No había momento en que no pensara en revivirlos,
revivir épocas, noches de alcohol y locura, sexo drogas y placeres, reconstruir
el panorama a la mañana siguiente... ¡Basta!
- ¿Tú, cómo vas? - dijo rompiendo el silencio para no quedar como un
idiota ni sumirse en sus pensamientos. - ¿Tus estudios, todo bien?
- Sí, todo muy bien - contestó sonriendo - Difícil, pero haciendo lo
posible - agregó con una pequeña risita al final. Su admiración era evidente.
Estimaba mucho a Don Julio, y lo mostraba con claras miradas y actos de coquetería.
Todos en vano, pues sabía que el hombre solo tenía corazón para su difunta
esposa. Pero la esperanza de alguna vez llamar su atención aún no había sido
quemada.
- Me alegro Cecilia, así debe
ser, más aún si vienes de tan lejos - Respondió mientras del maletero sacaba un
paquete grande forrado cuidadosamente en papel de embalaje, delgado como lámina
de madera, pero al parecer frágil como cristal, según como lo tomaba su nuevo
dueño.
- Oye, te pido un favor - Habló con esfuerzo mientras sostenía su nueva
adquisición.- ¿Me puedes cerrar la maleta? Que no tengo manos.
La casa olía a bosque y pintura fresca, tenía unos cuantos cuadros
colgados en la entrada, pero se notaba que faltaba mucho más. El paquete estaba
apoyado en la puerta abajo de la escalera, mientras Julio se servía un
Gin-tónica Tanqueray Nº Ten, lujo que se daba cada vez que llegaba con un nuevo
adorno. Claramente, en un período de mudanza, el licor se repetía básicamente
todos los días.
La corbata se presentaba desanudada del cuello, las mangas arrugadas por
sobre los puños más arriba del codo, y los pies sin zapatos. El gangoso sonido
de la voz de Billy Gibbons en La Grange emergía de los Q2050i, negros y recién
instalados sin ningún momento de descanso, luciendo sus detalles y
terminaciones, su retumbar y su orgullo en el living joven de muebles,
sumergiendo la casa en un ambiente de vacaciones e irresponsabilidad. La parte
trasera dejaba ver a través de grandes ventanales una terraza techada, un
jardín bastante amplio, y una piscina en forma de L. Había tres salidas hacia
este patio, una por el living, otra por el comedor, y una última por el
dormitorio principal, sumando también la que tenía la cocina, no directamente
hacia afuera, ya que antes de llegar a la terraza, pasaba por un patio de
servicio. La membrana acústica no dejaba de vibrar y percutir sobre el vaso. Y
el vaso, por su parte, se iba vaciando a medida que ZZ Top, Rush, The Clash y
unos cuantos reagges latinos acariciaban la casa.
El hombre del Gin, no abandonó la estancia hasta que en su vaso quedaron
nada más que hielos algo derretidos. Solo entonces se dispuso a desempapelar su
compra, cuidadosamente, como un arqueólogo desentierra una momia antigua de un preciado
imperio perdido. Sus ojos brillaban. El entusiasmo que sentía cada vez que
compraba algo nuevo era poderosísimo. Era algo casi igual a un vicio, o más
bien una capa que impedía de cierto modo recordar ataúdes, funerales, llantos y
ganas de no vivir. Sabía que no estaba en lo correcto, sabía que no estaba
pensando con claridad, sabía que si no se preocupaba del tema podría entrar en
una dependencia profunda. Pero era eso o llorar constantemente y
responsabilizarse de lo sucedido hasta el fin de sus días… Mmm… Tenía que
mantenerse cuerdo. A pesar de todas las consecuencias tenía que hacerlo. Pero
solo no, ni hablar, no podría. Y justamente aquella compra iba a ayudarlo a
resolver ese problema. El plan estaba en marcha.
Se dirigió a su dormitorio. Giró la manilla de forma muy incómoda ya que
sus brazos estaban ocupados sosteniendo ese frágil objeto. Entró cuidadosamente
y cerró sin hacer ruido. Era una pieza bastante grande, con un pasillo justo
antes de llegar al lugar de la cama. Se detuvo frente a una muralla. Esta tenía
un clavo sin usar.
- Perfecto – susurró para sus
adentros.
Ahí fue donde colgó su nuevo espejo, largo y delgado, reluciente como
debería estar uno de esos nuevos. Se reflejaba de pies a cabeza en él. Lo
inclinó hacia un lado, y luego al otro, hasta que quedó perfectamente derecho.
La admiración hacia este duró unos cuantos minutos. Hasta que rompiendo el
silencio dijo orgulloso:
- Ahora somos cuatro – y mirando
los otros dos espejos colgados a cada lado del nuevo, abandonó la habitación. Seguido, el sonido del teléfono atacó las guitarras y baterías que adornaban el aire. Trabajo, pega, y aburrimiento. Ya vienen de vuelta. Contestó. Voy para allá.
Agustín Valenzuela
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