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Capítulo I

Un hombre alto, de brazos largos y mirada cansada espera el metro en la estación, con un estuche de cello al hombro. Chirrido de frenos…¡Atención, se inicia el cierre de puertas!...viaje largo…¡la Moneda, próxima estación los Héroes! Escaleras. Rocío del “ventilador”. Paradero. Micro. ¡Bip!. Motores. Bocinas. Frenazos. Curvas. Los dolores de cabeza partían siempre igual. Entra en el sobrio departamento donde vive. No hay decoración. Solo una cama, además del baño y la cocina. Deja el cello en la esquina. Aspirina y a acostarse. No soportaría un evento más en el que tuviera que tocar el Canon de Pachelbel. Era realmente increíble que la gente pidiera lo mismo para todos los matrimonios y funerales. Habiendo tanta música. No es que fueran piezas feas. Era la repetición lo que les había quitado el brillo. Y en el colegio en donde hacía clases, las mismas pompas y circunstancias, los mismos wearethechampions, todas las graduaciones lo mismo. Cansado, cierra los ojos y trata de dormir.

Mañana. Martillo. Taladro. Ruido de maquinaria. Un hilo de luz entra por el espacio entre las cortinas, moviéndose hasta llegar a su cara. Despierta. Ducha. Desayuno...Teléfono.

-  ¿Aló?... ¿Andrés?...no, no voy a salir el fin de semana…¿por qué?...bueno, te acompaño… ¿a qué hora me pasas a buscar?...ya, nos vemos…adiós.-

Una visita a la casa de su hermano en la cordillera no le haría mal. De hecho, era justo lo que necesitaba: aire de montaña. Silencio. No más ruidos de construcción y de bocinas. No más dolores de cabeza. La casa de su hermano quedaba en el camino para ir a Argentina por el Paso Vergara. Estaba rodeada de cerros y no había lugar más tranquilo en el mundo. Termina un pan tostado con mantequilla. Se lava las manos. Pensando en el viaje, los bosques, los ríos, abre el estuche de su instrumento. La, re, sol, do. Concierto en re menor. Vivaldi. Estudia toda la mañana.

Almuerzo. Ronda por la pieza pensando lo que va a llevar. Mochila de camping. Ropa abrigada. Cuchillo. Cello. Lo demás lo llevaría Andrés. Hace tiempo que no veía a su hermano. Años. Recuerdos de conversaciones eternas, de cabalgatas, de té frente a la chimenea. Llega Andrés y parten en el antiguo Toyota. Por la carretera una bomba de bencina, un café. Llegarían a la noche.

Guillermo Vial

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