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Unas pastillas y una jarra de cerveza

Unas pastillas y una jarra de cerveza.
Capítulo I


Llevaba diez años sin ningún accidente. En pastillas gastaba buena parte de mi sueldo. Veía que todos las consumíamos y el distribuidor de sustancias psicotrópicas era el doctor, y nuestro dealer el farmacéutico. Estaba completamente adormecido. El trabajo lo era todo, mi familia de lado. No me acordaba de las caras de mis padres. Vivía sin sentido preguntándome qué comida de microondas proyectaba mi día.

Recuerdo una conversación cuando chico con unos amigos. Era en el patio del colegio durante uno de esos recreos que se hacían más largos después de almuerzo en los que hablábamos de todo y de nada. El guatón del curso, ese típico alumno un poquito pasado de peso pero realmente bueno para la pichanga de quince minutos del recreo y para los chistes aburridos que nadie pesca, me decía lo bien que lo había pasado en clases y de cómo se venía todo más duro, por eso  que teníamos que recordar el ahora. Guatón te estay poniendo medio melancólico. Enserio viejo, si cuando crezca llegara a recordar estos momentos como los mejores de mi vida recuérdame  pegarme un tiro. Ojalá no me encuentre con el Guatón.

Pero la verdad es que mi primer accidente ocurrió justo en esa época. Era terminando mi último año como escolar, recién cumplida la mayoría de edad. Era un amorfo entre un niño y adulto completamente perdido como ahora, pero con la diferencia que quería encontrarme y sabía que el futuro me deparaba grandes cosas o por lo menos eso creía.

Saco un cigarro de mi bolsillo, lo pongo en mi boca y lo prendo, el humo recorre mis pulmones. Eran las siete y media de la mañana. Yo estaba listo para la cimarra del día. Parado en la entrada de mi colegio con pucho en mano, esperando muerto de frío al Blanco. El Blanco llega con su cara pálida de siempre. Me estira la mano para que lo salude. A la vez esto es seña para que salgamos de la entrada. Ya en el paradero gris, con este fantasma raquítico de amigo con el que decido escaparme prendo el segundo pucho. La micro no llegaba. Así que con pucho en mano le digo al Blanco que hagamos dedo. El Blanco se para en la mitad de la calle a hacer dedo. Un auto gris nos recoge lo cual me obliga a botar el cigarro. El conductor nos pregunta a dónde vamos. A Providencia, pero si te complica nos puedes dejar cerca de algún metro. El conductor se ríe y prende un cigarro de esos raros. Balbucea algo y paff chocamos.

Trato de abrir los ojos. Blanco, ¿Blanco, estás ahí? El Blanco no responde. Por fin abro los ojos. El Blanco estaba inconsciente y el conductor no estaba, pero estaba su cigarrillo. Fue en este momento que lo sentí por primera vez. Este dolor en el pecho. Por qué me tenía que pasar esto. ¿Qué hago ahora?, ¿qué será lo que estoy sintiendo?




Augusto Undurraga

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