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El peón



            Caminando llegó al castillo un campesino. Vestía una camisa vieja, pantalones raídos y unos zapatos que estaban a punto de perder la suela. Era bajo de estatura y bien proporcionado. Hace una semana había llegado a su cabaña un mensajero real, llamando a todos los hombres a reclutarse para la guerra contra el reino vecino. Y él, viendo que esto podría traerle gloria y bienestar a su familia, partió sin pararse a pensar. Finalmente había llegado. Recién estaba saliendo el sol, iluminando con sus primeros rayos el castillo que no era muy grande, pero era la perfecta fortaleza de gruesas murallas y torres fáciles de defender. Al entrar se dirigió enseguida al cuartel militar. Ahí le dieron el uniforme, una espada y un escudo con el símbolo real. Se sorprendió de ser el único en el lugar. Pero la verdad es que no había de qué sorprenderse. El reino era mínimo. Solo unos pocos podían ser reclutados y la guerra en tan reducido y boscoso espacio solo podía desarrollarse a través de combates entre no más de dos personas. Simples duelos definirían quién se iba a quedar con las tierras del vecino. No se necesitaba mucha gente. El hombre se vistió y se dirigió al palacio real, en donde recibiría las instrucciones. Mientras entraba alcanzó a ver de lejos, en uno de los salones, al rey y la reina. Tan absorto estaba mirando a los monarcas que no reaccionó cuando el rey se fijó en él y lo llamó para darle las instrucciones directamente. Asustado se acercó al soberano e inclinando la cabeza oyó atentamente. Su deber era seguir un camino recto ubicado al suroeste del reino, deteniéndose en los puestos de guardia asentados a lo largo de él. En cada uno debía esperar hasta recibir la orden de avanzar. Si lograba cruzar la frontera debía ir estableciendo él los puestos cada cierta distancia, esperando a que llegara alguien para cuidarlos antes de seguir. Básicamente debía avanzar ocupando territorio.

             No le costó encontrar el camino y llegó sin problemas al primer puesto de guardia. El centinela era un hombre muy agradable y de fácil trato. Almorzaron -si se puede llamar a lo poco que comieron “almuerzo”- mientras conversaban de sus familias y de la guerra. Se sintió a lo lejos el ruido de un galope. Era el mensajero. Debía avanzar hacia el siguiente puesto, que estaba en medio de un bosque de abetos. Atardecía cuando vio al soldado que hacía guardia junto a una fogata. Este era más callado y no hizo más que un parco saludo. Estuvieron sentados mucho rato con la mirada fija en la fogata sin decir palabra. El campesino terminó el último pedazo de pan y se fue a descansar. Todavía no se levantaba el sol cuando lo despertó otro mensajero, que le dio más provisiones y el permiso para continuar. La frontera se hallaba cerca, tenía que reanudar su marcha. Llegaría a la hora del ángelus. 

           Fue una caminata melancólica. El viento presagiaba tormenta, y la naturaleza se estremecía como si la estuviera esperando. Decidió establecer un puesto cerca de la montaña a un lado del camino, en una pequeña cueva protegida por grandes rocas. Clavó en la entrada el estandarte real, juntó leña seca y prendió una fogata dentro de la cueva. La espera fue larga. Más de lo esperado. Pasó la noche casi sin dormir por los fuertes vendavales, los truenos y el estruendo de grandes ramas que cedían cayendo estrepitosamente. Su relevo llegó antes del mediodía. El deber era avanzar. A pesar de la calma posterior a la colosal tormenta, se sentía intranquilo. Ya no estaba en su patria y todo le parecía hostil. Caminando a la defensiva se encontró con un obstáculo inesperado: el camino se dividía en dos. Uno seguía derecho y el otro se desviaba en diagonal. Debo seguir derecho, pensó. No había dado el primer paso cuando se dio cuenta de cuál sería su destino si seguía en esa dirección. No muy lejos de donde estaba, un corpulento jinete armado se hallaba descansando a un lado del camino. Portaba el estandarte enemigo. Volvió sobre sus pasos y en la encrucijada se subió a un árbol. Desde arriba miró hacia el camino diagonal. Se veía mucho menos arriesgado. Lo único que había era un centinela -también enemigo, probablemente un campesino como él- dormitando. Sería fácil atacarlo por sorpresa. Con los pies en el suelo, se detuvo a pensar. Era una victoria segura o una dolorosa muerte en desigual combate. 

Pero entonces recordó. Él no tomaba la decisión. En el camino de su gloria, solo recibía órdenes…

Guillermo Agustín Vial Undurraga

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