Llevaba mucho tiempo buscándolo. Un
día simplemente desapareció. No le dijo nada a nadie. Hace ya cuatro años que
estaba intentando ubicar su paradero,
pero sin los más mínimos resultados. Fue como…si se hubiese esfumado.
No podía dejar de oír en mi cabeza la última petición que hizo mamá antes
de morir. “Por favor, encárgate de él”. Y a pesar de que él, mi hermano, ya
estaba completamente perdido, le juré a ella que lo haría. Pero su muerte no
hizo más que empeorar las cosas. Él recayó en una profunda crisis y sus excesos
empeoraron. Se hacía evidente al solo mirarlo a los ojos. Cuando iba a
visitarlo después del trabajo, rara vez lo encontraba en su departamento. Pero
yo tenía sus llaves, y al entrar me encontraba con botellas tiradas por el
suelo y cajas de pastillas desparramadas sobre la mesa. Siempre cuando me
encontraba ahí, parado entre el marco de la puerta, atónito, se me acercaba un
tipo de ojos rasgados. “¿Sabe usted dónde estar él?” “No, creí que estaría
aquí”. Al parecer llevaba varios meses sin pagar la renta. Después me enteré por teléfono que cuando el chino iba a cobrar, mi hermano se limitaba a responder “Malditos chinos…malditos chinos”.
Realmente no sabía qué hacer para ayudarlo. Intentaba hablar con él, pero
las conversaciones por teléfono se tornaban demasiado complicadas de sostener, debido a sus esporádicos e
inconsistentes comentarios y a la poca noción de las cosas que demostraba
tener. Por otro lado, me era imposible concertar una reunión con él. Siempre decía que no estaba disponible tal o cual día, y cuando
conseguíamos acordar un lugar y una hora, nunca llegaba al encuentro. Yo, por mi parte, pasaba la mayor parte del
tiempo preocupado de mis negocios. No tenía ni tiempo ni cabeza como para estar
pendiente de las dos cosas. Tenía que asistir regularmente a
inauguraciones y eventos, y reconozco
que con el tiempo fui despreocupándome un poco de él.
Un día decidí llamarlo por teléfono. Solía hacerlo al menos una vez por
semana, para saber si aún se encontraba vivo y para hacer algún esfuerzo de poder reunirnos. No lo veía hace varios meses. Esta vez, el número no
existía. No solo me sorprendió, sino que además me preocupó bastante. Marqué el
número otra vez e hice varios intentos, pero el resultado era el mismo. El
número no existía. Recuerdo haber estado sentado en el sillón de mi casa, me
levanté y agarré las llaves del auto. Estaba bastante agitado, pues el único
medio que nos mantenía ciertamente conectados ya no funcionaba. Iba a ir a su
departamento enseguida para ver si lo encontraba ahí.
“Hace varios días irse él”, me respondió el chino. “¿Y sabe
hacia dónde fue?” “Él no decir nada, solo pagar la renta”. Me senté en medio
del pasillo, conmocionado. Tenía los
ojos fijos sobre la pintura descascarada de las paredes, y el esquelético
oriental me miraba sin entender la situación.
Realmente no sabía qué hacer. Hice contacto con varios de sus antiguos
conocidos. Dealers, prestamistas y algunos borrachos que frecuentaban los bares
de la periferia. Pero ninguno de ellos sabía que había pasado con mi hermano. Incluso
varios se mostraban algo consternados cuando les preguntaba sobre él. “Creo que
fue la semana pasada…lo llamé y nada…lo fui a buscar y nada. Ya no está… ¿crees
en la reencarnación?”
Tras meses de intensa búsqueda ni yo, ni sus amigos, ni la policía pudimos
encontrarlo. Decidí dejarlo ir, aunque sabía que se encontraba vivo. A veces se
aparecía en mis sueños, pero como una persona completamente normal y no como un
hombre destruido por los excesos. En otras ocasiones, mis sueños reproducían
recuerdos de nuestra niñez. Ahí nos encontrábamos nosotros, jugando en la
arena, construyendo castillos, mientras mamá observaba y sonreía. Pero despertaba
transpirando y todo se disolvía…y él seguía sin estar.
Por otra parte, me comenzó a ir bastante bien en unos negocios de comida
rápida. Estaba ganando harto dinero y prestigio, pero seguía solo. Más solo que
nunca. Compré una casa bonita en un bonito
barrio de la ciudad, pero me quedaba varias horas más en la oficina para no
llegar a ella. Su tamaño era excesivo para una sola persona, y el llegar del
trabajo y encontrarla vacía solo me recordaba mi propia soledad.
Pasó un año. Pasaron dos. Pasaron tres. Pero todo seguía igual. Su recuerdo
era una foto en el living, en una mesita situada en una esquina, comprendida
entre dos sillones. Lo había dado por perdido, a veces incluso me acechaba la
idea de que estuviese muerto en algún lugar del mundo, sin que yo lo supiera. En
ocasiones derramaba algunas lágrimas.
“¿Dónde estás?”, pero nadie podía decirme dónde estaba. “Te fallé, te fallé a
ti y a mamá”
Pero un día, revisando las cartas
sentado en el sillón, luego de haber llegado del trabajo, me encuentro con una
diferente a las demás. Estaba manchada con polvo, y tenía algunas salpicaduras
de barro en lugar de la blancura y prolijidad que exhibía el resto de las
cartas. Me llamó inmediatamente la atención. Al principio creí que pudo haber
sido un error, o que al cartero se le cayó por accidente, o que hasta podía ser
una broma. Pero al abrirla y comenzar a leerla, mi intriga se disipó, pues era
presa completamente del asombro. Ahí estaba su letra, tan descuidada como
siempre.
“Hermano:
Quizás pienses que estoy muerto,
pero no es así. Hace ya cuatro años que me fui sin decir nada, pero creo que ya
es hora de que sepas la verdad sobre los motivos que me llevaron a tomar la
decisión de desaparecer completamente de la sociedad.
El próximo martes dirígete hacia el
Cerro Canela, en los alrededores de la ciudad. Sube hasta el pequeño mirador y
luego sigue el sendero en dirección ascendente. Solo sube y sube, me encontraré
contigo en una parte del camino.
No le digas a nadie. Nadie puede
enterarse. Ninguna, absolutamente ninguna persona”
Me quedé sosteniendo la carta. Mientras mis manos temblaban, mis ojos
observaban un punto fijo en la habitación: mi cabeza no podía dar crédito a lo
que acababa de leer. Me levanté de la cama y caminé por la pieza, con los
pensamientos invadidos por un montón de ideas que azotaban mis nervios. “Debe
ser una broma”. Pero eso era imposible, pues era su letra y estaba firmada por
él. Transpiraba por todo el cuerpo, y al cabo de un rato tuve que sentarme por
lo agitado que estaba. Finalmente, con la inevitable dificultad que implicaba,
decidí aceptar la veracidad de la carta y esperar a que llegase el martes para
seguir las indicaciones de quien parecía haber resucitado de entre los muertos.
No conseguí dormir durante toda la noche. Mis ojos no podían mantenerse
cerrados y mi cabeza no cedía ni un segundo de descanso ante tanta inquietud.
Pero finalmente había llegado el día, finalmente era martes. Me levanté de la
cama a las 6 sin necesidad de oír el despertador. Tomé una ducha fría para
disipar (o al menos intentar disimular) el cansancio que pesaba sobre mi cuerpo
y mientras el agua me cubría por completo, otra vez las interrogantes me estrujaban
el cerebro. Me vestí de manera muy rápida, pues no podía controlar el estado
nervioso en el que me encontraba; luego
me dirigí a la cocina para al menos intentar comer algo como desayuno, pero no
hubo caso. Esperé hasta las 8 de la mañana sentado en el sillón del living,
mientras observaba por el ventanal que daba a la terraza como el sol comenzaba
a esclarecer mi jardín, y el cielo pasaba de su color oscuro a un tono más
conciliador gracias a la luz.
Me subí al auto y emprendí rumbo al Cerro Canela. Una vez ahí seguí cada
una de las indicaciones, hasta toparme con el sendero. Comencé a subir, tal
como él me lo dijo. El camino era bastante rocoso y me costó trabajo seguir
la empinada ruta. En algunas ocasiones incluso tuve que ayudarme de los
brazos para poder seguir la dirección que el sendero indicaba. Luego de
alrededor de una hora y media subiendo, una figura salió del costado del camino
unos metros más adelante. Era bastante
delgado, exhibía una larga barba y el pelo le cubría los hombros. Iba descalzo
y vestía harapos, parecía llevar bastante tiempo sin bañarse, como si viviera
en el mismo lugar del que salió en aquel instante. Yo estaba perplejo, incluso
algo asustado, hasta que él me dirigió la palabra. “Hermano, soy yo”. Yo me
quedé boquiabierto, estupefacto, sin ninguna palabra dispuesta a salir por mi
boca. La decrépita figura repitió su llamado. “Hermano, soy yo”. Pero como yo
no respondía, él comenzó a acercarse lentamente. Así, a medida que la distancia
entre nosotros se iba acortando pude ir distinguiendo mejor las facciones de su
rostro, y sí, era él.
No tardó mucho en darse cuenta del estado de asombro en el que yo me
encontraba, pues era demasiado evidente. Me abrazó y pude sentir, a pesar de mi
estupefacción, sus huesudos brazos rodeándome. Yo respondí tímidamente al gesto
haciendo lo propio, boquiabierto. “Sígueme, debemos llegar a otro lugar. Una
vez ahí te explicaré todo”.
Nos desviamos del sendero y seguimos una ruta más complicada aún, entre
grandes rocas y angostos pasadizos cercados por arbustos espinosos. Mientras,
una serie de pensamientos asomaba en mi cabeza. “Quizás esté siendo parte de
una secta…o quizás se haya convertido en una especie de ermitaño…realmente no
puede estar peor”, decía yo para mis adentros. Él, mientras tanto, marcaba el
paso hacia el lugar al que me quería llevar.
De pronto nos detuvimos ante una gran roca, mucho más alta y ancha que
nosotros. Se acercó a ella confiadamente y gritó por un pequeñísimo agujero. Creí
que nadie podía oírle, pues dudaba de que en ese remoto lugar escondido en el
cerro alguna persona fuese capaz de atender a su llamado. “Soy yo, abran la
puerta”, gritó. “Soy yo”, repitió al cabo de unos segundos. Para mi asombro la
roca comenzó a moverse, abriendo paso a una inmensa oscuridad que parecía ser
una enorme caverna. De atrás de la gran roca salieron otras dos personas, las
que se encontraban en el mismo estado deplorable que mi hermano: el cuerpo
extremadamente delgado, solo protegido por unos cuantos harapos.
Ellos me saludaron de forma tímida y yo, de manera más tímida aún, respondí
mostrando la palma de mi mano. “Ven, vamos hermano, entremos. Te mostraré mi
nuevo hogar”. Y yo lo seguí sin determinación alguna, dudando de que estuviese
haciendo lo correcto entrando a ese lugar desconocido que al parecer albergaba
a personas enfermas de la cabeza. Pero lo seguí y la oscuridad me invadió,
junto con la humedad y el olor a musgo. Detrás de nosotros los otros dos
hombres se encargaron de tapar nuevamente la caverna y pusieron la roca en el
mismo lugar en que se encontraba cuando llegamos. Luego, uno de ellos recogió una
antorcha apagada del suelo, la prendió y se la pasó a mi hermano. “Tome, Gran Maestro”.
Con el camino iluminado por la luz que desparramaba el fuego de la antorcha
nos fuimos adentrando en la caverna, mientras él me iba explicando de qué se
trataba todo eso. “Verás hermano, sé que estás un poco contrariado, pero
resulta que en este lugar vivimos bastantes personas. Esto es algo así como una
comunidad…una comunidad secreta. Vivimos alejados de la sociedad, y es por eso
mismo que nadie de afuera puede enterarse de lo que hemos estado formando aquí
dentro. Contigo se hizo una excepción gracias a que el Gran Consejo me permitió
invitarte gracias a mis aportes a la comunidad y a mi estatus de Gran Maestro”.
Mientras él me explicaba todo y yo hacía un gran esfuerzo por comprender
aquello, la caverna se hacía cada vez más extensa y a nuestro lado iban pasando
otras personas, ya no solo hombres, sino que también mujeres y niños igual de
famélicos y vestidos con los mismos harapos. Estos me miraban con asombro, ya
que lógicamente los descolocaba mi apariencia de forastero y de hombre
civilizado. En las paredes de la cueva iban apareciendo algunas aberturas que
al parecer llevaban a otras habitaciones u hogares de las personas que
habitaban ese lugar.
De pronto nos metimos en una de las aberturas y entramos en una amplia sala con una gran mesa de piedra en el centro
y algunas piedras en su alrededor que servían de asientos. Seguí sus órdenes y
me senté en una de ellas, apoyando de manera insegura los codos sobre la mesa.
Él hizo lo mismo y los dos hombres que nos acompañaban salieron por la abertura,
dejándonos solos en la habitación. “Supuse que te quedarías a almorzar,
hermano, así que pedí que trajeran un poco de comida para los dos”. Un instante
después entró un hombre con una especie de bandeja de madera apoyada en sus
brazos extendidos. Encima había dos cosas redondas de tono verdoso, como alguna
especie de lechuga o algo así. El tipo
depositó una enfrente mío y la otra frente a mi hermano, quien esperó un
instante para comenzar a comerse lentamente el extraño “alimento”. Yo, por mi
parte, observaba con desconfianza la cosa y no me decidía a echármelo a la
boca. Él lo notó al instante. “Venga hermano, no es tan malo como parece, solo
pruébalo, lo plantamos aquí dentro y es nuestra base alimenticia, aunque
también plantamos otras cosas…pero en menor medida”. “Explícame qué haces aquí”,
me decidí a preguntar. Dejó su comida de lado y terminó de masticar, mientras
se sobaba las manos, luego me dirigió la mirada. “Lo que hago aquí es vivir,
hermano. Aquí vivo. Seguramente eso no responde tu pregunta, así que te
explicaré por qué vivo aquí”. Se acomodó en su asiento y apoyó los antebrazos
en la mesa. “Remontémonos cuatro años atrás. Bien sabes quién era yo en ese
entonces, bien sabes cómo me comportaba y cómo vivía. Las drogas, las deudas y
la vida subterránea. A veces alojaba debajo de los puentes o en plazas, ya que
mi estado no me permitía llegar a mi departamento. Por otro lado, no podía ni
siquiera pagar la renta del departamento, yo no trabajaba ni nada y mis únicos
ingresos consistían en la mensualidad que recibía de parte tuya, pero me la
gastaba toda saciando mis vicios. Sí, mi vida era un completo desastre. Jamás
pude sacar la carrera universitaria, a diferencia de ti. Jamás pude conseguir
siquiera un trabajo estable, a diferencia de ti. Así que estaba perdido. Pero
un día despertando de una noche de apuestas y peleas, me encontré con un tipo
que estaba frente a mi, parado, mirándome. Me ofreció su mano y me ayudó a
levantarme. Yo aún me encontraba un poco mareado, pero él se puso a
conversarme. Luego de un rato de charla, me dio a entender que quería sacarme
de ese estado en el que yo me encontraba y que ya había hecho lo mismo con
cientos de personas. Yo no le creí mucho, bastante gente me había dicho lo
mismo antes, incluyéndote a ti. Así que simplemente
le dije que no siguiera molestándome y que me dejase en paz”. Hizo una breve
pausa mientras se acariciaba la barba, luego prosiguió. “El caso es que el tipo
no me hizo caso, siempre me lo encontraba parado ahí, frente a mi, mirándome y
ayudándome a levantarme, pero no sabía por qué aceptaba su ayuda. Luego de
algunos meses de encuentros, me convenció. Lo seguí y me trajo hasta aquí,
donde habían otros tipos que antes habían sido como yo y quienes me recibieron
con los brazos abiertos. Todo parecía tan extraño para mí…pero él tenía la
capacidad de hacer que fuésemos firmes y que nos mantuviéramos en ese proceso
de recuperación. Los primeros días me carcomía la ansiedad, pero al cabo de un
par de semanas esta desapareció, pues me mantenía ocupado en los trabajos que
me designaba la comunidad. Por ejemplo los dos primeros meses fui destinado al
cultivo de verduras, los tres siguientes al cuidado de los niños que sus madres
no podían cuidar debido al trabajo que ellas también realizaban para la comunidad.
Y así fui cambiando de oficio dependiendo de las necesidades que se nos fuesen
presentando. La vida fuera de la ciudad me fue recuperando poco a poco. Además,
el resto de los habitantes de La Caverna también había estado en situaciones
similares o peores a la mía y ya se encontraban en perfecto estado gracias al
tipo que nos recogió, lo que me daba esperanzas para seguir adelante en mi
lento proceso de recuperación. Al cabo de un año ya era una persona
completamente distinta, pues, como te dije, la vida dentro de La Caverna creó
en mi una percepción completamente distinta sobre la vida. Ahora por fin todo
tenía un sentido, y todo gracias al Iluminador y a la comunidad, por lo que me
puse a trabajar arduamente para devolverle a La Caverna todo lo que me había
dado. Así, gracias al esfuerzo dedicado al mejoramiento de este lugar sus
habitantes me nombraron Gran Maestro, y ahora estoy a cargo de otra persona que
se encontraba en una situación igual a la mía”.
El Iluminador, el Gran Maestro, La Caverna, ¿qué carajos era todo eso?
Parecía estar afirmando mis sospechas sobre el carácter sectario de aquella
especie de comunidad y de sus habitantes, que solo podían estar igual de locos
que mi hermano. Pero yo no decía nada, solo miraba como atontado. No podía
creer lo que estaba escuchando, y por un momento quise salir corriendo de ahí…pero
había algo que me mantenía sentado. Quizás fuese la curiosidad…quizás el
asombro…
“Sí, hermano, entiendo tu desconcierto. Pero un par de días aquí te harán
entender mejor las razones”. Devoró su comida rápidamente y se levantó
impaciente. “Debo irme a trabajar con la persona que tengo bajo mi cargo.
Termina tu comida y vete a recorrer La Caverna, puedes encontrar cosas muy
interesantes. Cuando termine en un par de horas te buscaré para presentarte
ante el Iluminador. Adiós”. Salió deprisa y yo me quedé en mi asiento con cara
de atontado. Comencé a mirar la comida, hasta que finalmente la probé.
Realmente no sabía tan mal, más bien era bastante desabrida, pero como mi
estómago exigía algo de consuelo me lo comí sin ningún problema.
Caminando por sus pasillos, rincones y habitaciones, La Caverna sin duda se
mostraba como un lugar interesante. Estaba lleno de…mística. Sus habitantes
cuando me veían pasar al principio me miraban con cara de extrañeza, pero luego
se mostraban de forma amistosa y me saludaban. Entré en algunas salas en las
que se realizaban trabajos para la comunidad. Por ejemplo en una se
tejían los harapos de una manera rústica, en otra me encontré un par de
personas cultivando algo que parecía zanahorias cafés, y por último en una
habían mujeres sacando agua de un agujero que parecía ser un gran pozo
subterráneo. Sí, sin duda la vida que se llevaba ahí dentro era algo
fascinante.
“Al fin te encuentro. Veo que ya estás conociendo a los habitantes de La
Caverna…”. Dijo mi hermano apareciéndose entre la abertura, interrumpiendo la
conversación que estaba teniendo con una de las habitantes del lugar que me
contaba su experiencia en la comunidad. “Ven, sígueme, ahora que ya terminé lo
que tenía que hacer puedo ir a presentarte ante el Iluminador”.
Luego de unos diez minutos de caminar y atravesar pasillos y corredores
dentro de esa gigantesca cueva, llegamos a una enorme sala en la que se
encontraban varios hombres sentados en el suelo deliberando sobre algún tema de
interés para aquella escondida sociedad. Al entrar los hombres cesaron en su
conversación y todos dirigieron sus miradas hacia nosotros, y poco a poco se
fueron levantando todos, excepto uno que se quedó sentado en su lugar. “Iluminador,
este es mi hermano del que te he hablado”. El hombre, con las piernas cruzadas,
parecía tener alrededor de cincuenta años y, al igual que el resto, era
bastante delgado y vestía nada más que trapos. “Vaya. Saludos buen hombre, es
para mi un enormisísimo gusto poder conocer al hermano de uno de nuestros
mejores habitantes. Toma asiento, por favor”. Contrariado, me senté en el suelo
frente a él, a unos cuantos metros de distancia. “Veo que quieres unirte a
nuestra comunidad…”. De pronto, reaccioné de forma histérica y me levanté de
golpe presa de una ira espontánea. “¡No, solo quiero que me devuelvan a mi
hermano! Ustedes lo tienen secuestrado
aquí, devuélvanmelo, devuélvanmelo malditos”. Yo gritaba, mientras mi hermano
miraba sorprendido mi inesperada acometida. Pero el Iluminador seguía sentado
en su lugar, y con la misma mirada pasiva e inofensiva le hacía una seña a mi
hermano para que no interviniese, pues él se haría cargo. “Creo que estás
tremendísimamente equivocado, buen hombre. No fuimos nosotros quienes te
robaron a tu hermano, fue la civilización. Sí, tu hermano no era más que una
esclavo de las drogas y demás vicios, un ser completamente enajenado ¡eso es un
hombre secuestrado! Pero nosotros lo recogimos y lo convertimos en un ser
humano. Erradicamos en él todo atisbo de la barbarie que le produjo la
civilización, aquí es donde él es un hombre libre…aquí es donde él es persona y
no el animal inconsciente que era hasta hace cuatro años. Si lo que quieres es
llevarte a tu hermano, debo decirte que lo único que conseguirás es ponerle las
cadenas que tú mismo llevas alrededor de tu cuello”. Yo escuchaba de pie,
respirando agitadamente producto de la tensión del momento e incapaz de decir
nada, pues no tenía nada que replicar. “Ahora ve a descansar, creo que solo
estás un poco cansado”, sentenció él. “Vamos hermano, sígueme. Te mostraré tu
habitación”. Cogió una antorcha y abandonamos la sala.
Yo lo seguía. No sabía por qué, pero algo me mantenía en ese lugar del que
podía haber salido corriendo hace bastante rato. Llegamos a una pequeña salita
luego de atravesar unos anchos corredores llenos de aberturas que al parecer también
servían como habitaciones. En el suelo había algunas plantas amontonadas, y al
parecer ahí debería dormir esa noche. “Bien hermano, espero que descanses”. “Espera,
vámonos de aquí, te he venido a buscar. Vámonos de este lugar y retomemos
nuestra vida normal…vamos”. “Hermano, ¿no te das cuenta aún de que esta es mi vida
normal? No volveré allá, no volveré a la autodestrucción, no volveré al miedo
de que nos caiga una bomba encima, no volveré al estado de perdición en que me
encontraba…jamás. Ahora duerme. Buenas noches”. Salió por la abertura y
mientras me acostaba el haz de luz que desprendía la antorcha se fue alejando
por el pasillo.
El estremecimiento de la tierra me despertó de golpe. El suelo se movía y
del techo de la cueva se desprendían algunas piedrecillas. Se escuchaban
algunos gritos fuera de la habitación y el ruido de rocas reventándose en el
suelo. Me levanté bastante agitado, pero me costaba mantenerme parado debido al
movimiento bajo mis pies. Decidí quedarme ahí hasta que la violenta vibración
cesase. Cinco minutos después los movimientos comenzaron a apagarse hasta parar
por completo. De pronto todo estaba sumido en la quietud de nuevo.
“Hermano, ¿estás bien?”, dijo él mientras entraba por la abertura. “Sí…sí”,
respondí estremecido. “Que bueno, ahora vamos a reuni…” “¡No! No quiero ir a
reunirme con nadie, solo quiero irme de aquí, me voy, me sigas o no, me voy”.
Me puse a caminar rápidamente por los pasillos, de manera desesperada buscando
la gran roca que hacía de entrada a La Caverna, mientras mi hermano seguía mis
pasos atrás intentando detenerme.
Quince minutos después estaba ahí, parado frente a la gran roca, mirándola.
Una parte de mí solo quería salir de ahí…pero la otra buscaba quedarse.
Finalmente decidí irme y le pedí a mi hermano que me abriese la puerta. “Estás
tomando una mala decisión. Creí que aquí descubrirías la verdad, de la misma
manera que yo lo hice”. “Ábreme, solo quiero irme de aquí. No estoy dispuesto a
quedarme por el resto de mi vida viviendo como un maldito cavernícola…malditos
locos, todos están locos”.
Salí corriendo de la cueva mientras atrás mío mi hermano estaba parado en
la entrada abierta, viendo como yo escapaba. Emprendí el mismo camino que había
hecho a la ida, gracias a que logré memorizar gran parte del tramo. Intentaba
alejarme lo más velozmente posible, a pesar de lo escabroso y pesado que
resultaba aquello. Me ayudaba de mis manos para sobrepasar algunas etapas del
trayecto, y mis piernas querían ceder pero mi cabeza las obligaba a seguir
escapando para volver rápidamente a la civilización.
Luego de un rato llegué finalmente al mirador. Desde ahí se veía toda la
ciudad, al fin… Pero cuando fijé la vista en dirección a los edificios del
centro el asombro y el terror se apoderaron de mi. Nada quedaba de aquello.
Todo estaba pulverizado. Todo estaba ennegrecido. Nada quedaba, excepto yo
parado ahí, estupefacto, con la boca abierta sin comprender muy bien que había
sucedido. Por mis ojos asomaban algunas lágrimas, quizás de desesperación,
quizás de pena, quizás de miedo. Mis piernas temblaban.
Detrás de mí escuché el ruido de unos arbustos moviéndose y posteriormente
unos pasos removiendo el maicillo del suelo. Era mi hermano, y se quedaba
parado a mis espaldas observando lo mismo que yo. Pasamos un largo rato mirando
aquella devastación, mientras mi vista a ratos se nublaba. “La civilización es solo barbarie…la
civilización es solo barbarie. Volvamos a La Caverna, hermano, antes de que nos
llegue la radiación”. “Espera”, dije yo y acto seguido rasgaba mis ropas de
manera desesperada, ocupando todas mis fuerzas hasta transformar mi vestimenta
en nada más que un montón de harapos. “Ahora sí. Volvamos”, sentencié, mientras
emprendíamos el camino de vuelta.
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