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Silencio en la cordillera


Silencio en la cordillera

Hay veces en que la naturaleza se comporta de manera extraña. Pero no se preocupen, es solo con algunas personas. Hace un par de años me encontraba solo en un campo en medio de la cordillera de los Andes, en Chile, a la altura de Curicó. Durante un verano poco común en ese lugar. Habían pasado ya dos años de sequía, los potreros estaban secos y los animales buscaban sombra bajo los robles que cubrían uno de los cerros. El sol no perdonaba. Era primera vez que iba en esa época, definitivamente era la peor. Traté de salir a caminar durante el día, pero siempre un antipático grupo de tábanos rondaba y zumbaba tratando de picar luego de haberse posado en mis pantalones (por alguna razón les atrae el color azul). Se levantaba cuando caminaba el trumao característico de la zona, dejando todo polvoriento. Cuando ya no podía más de sed y mis labios se rasgaban pidiendo agua, llegaba a una de las muchas quebradas por donde usualmente pasaba agua y las encontraba secas. Solo se veía la tierra un poco humedecida. Sin embargo, yo había ido a descansar y estaba decidido a encontrar la mejor forma de hacerlo. Luego de un par de días descubrí que el mejor momento para caminar era cuando oscurecía, ningún bicho molestaba y el aire puro de montaña entraba con gusto a mis pulmones. Esa se convirtió en la hora de mi caminata diaria. Durante el día me quedaba leyendo en la casa. Era, sin duda, el mejor lugar en el mundo para leer (y para dormir). Había un silencio y tranquilidad incomparables que hacían que el tiempo pasara más lento y que lograra avanzar ridículamente rápido en mis lecturas, que en esa época eran principalmente cuentos y novelas de autores rusos.
Mi lugar de lectura era una pieza bastante amplia con una chimenea centrada en el muro de la derecha, ventanas altas a los lados y un ventanal al fondo mirando a un cerro cubierto por un bosque de pinos. Me sentaba en un sillón al frente de la chimenea, (apagada por supuesto, la casa era de madera y se caldeaba rápidamente en esta época). Un día, en la mañana, abrí todas las ventanas laterales para ventilar la pieza. Más tarde me di cuenta de lo poco acertada que fue esa decisión. Entraron hordas de todo tipo de insectos, principalmente tábanos, pero también moscas, avispas de enormes proporciones y escarabajos brillantes de colores tornasolados que nunca había visto. Todos desesperados tratando de salir, chocando con fuerza contra las ventanas y dando vueltas por la pieza. Muchos caían al suelo por el cansancio, quedaban de espaldas batiendo sus alas para darse vuelta sin conseguirlo y morían al revés. Los más afortunados encontraban la salida por alguna de las ventanas. Me costó empezar a leer bajo este concierto de zumbidos increíblemente fuertes que hacían vibrar la casa entera. Las que más molestaban, posándose en mi cara o mis brazos eran las moscas. Sin embargo, pude acostumbrarme y seguir leyendo, aunque, de vez en cuando, tiraba un manotazo para espantar alguna. Avanzó la mañana y comencé a cabecear, tratando de ganarle al sueño y mantenerme despierto. El ruido fue disminuyendo gradualmente hasta casi desaparecer. Por increíble que parezca, esto me despertó. Sorprendido me percaté de que todos los bichos se habían ordenado, como si formaran un cuadro de infantería, separados por especie. Luego fueron saliendo por las ventanas en orden: primero todas las avispas, luego los escarabajos, los tábanos y, finalmente, las moscas. Yo no podía creer lo que estaba viendo. Ellos, que habían estado horas como locos buscando la salida, la habían encontrado como si nada. Casi tropiezo en la escalera corriendo para ver si afuera podría saber qué estaban haciendo. Entonces vi cómo el bosque se estremecía con el viento mientras una espesa niebla negra lo cubría todo, el sol se veía como un disco blanco que no brillaba. El grupo de moscas iba rezagado y se alejaba hacia los pinos. Confundido, fui caminando hacia allá. Cada paso me extrañaba más, no se oía absolutamente ningún ruido y no veía a más de un metro delante mío. Estuve cerca de perderme. Por suerte conocía bien el lugar. Los zumbidos desaparecieron, el viento dejó de mover los árboles, ningún animal daba señales de vida, la naturaleza se había callado...Una hora duró este increíble y lóbrego silencio.

Al volver a la casa, me preparé el almuerzo y fui a dormir la siesta. Más tarde me daría cuenta de que no quedaba rastro de ninguno de los bichos muertos en la pieza. Al parecer, la naturaleza respeta a los muertos.

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