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Paseo por el jardín

- Qué hermoso jardín…
-Sin duda pibe…- di un salto hacia atrás, no había visto al hombre que me había hablado.
-¿Qué… quién eres?- el argentino chasqueó la lengua al escuchar mi pregunta.
-Ese sendero no te llevará a buen destino, haceme caso- definitivamente era argentino. Me recompuse del susto y formulé otra pregunta.
-Entonces, ¿Qué sendero es el que me lleva a una respuesta sobre usted?- mi pregunta le hizo sonreír.
-Sos inteligente, al menos es algo. Vení conmigo.-me hizo señas para acompañarle, yo lo seguí. Su caminar despedía un aura críptica, no pude evitar caminar a su lado.
El jardín tenía un camino que lo atravesaba, se perdía en el horizonte en una imagen surreal, la noche estrellada parecía tocar el suelo y el sendero llevar a la nocturna infinidad azulada.
-Entonces,  ¿qué te trae por estos lados?- preguntó casualmente
-Vengo de paseo, me dijeron que valía la pena dar una vuelta por aquí.
-Hay muchas formas de pasear por aquí, de hecho, podría decirse que hay interminables formas.
-No entiendo.
-No tenés por qué entender, pero podés hacerlo- su acento se escondía bajo un halo de bilingüismo.
-Hmm- me rasqué la cabeza, él se quedó en silencio.
Frente al pelotón de fusilamiento el Coronel Aureliano Buendía recordaría aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo…
-Ese sendero es muy común pibe, cuántos se han marchado por ahí. Hay peores opciones, y ciertamente, hay mejores- lo miré desconcertado ante su respuesta.
-No te entiendo
-Tenés que dejar de estudiar tanto y leer más.
-Tal vez tienes razón.
-Más que tal vez.
Después de una noche de sueño intranquilo Gregorio Samsa apareció convertido en un horrible bicho…
-Buen camino si querés desviarte desde aquí...-sus palabras confirmaban su misterio.
-Sigo sin entender.
-Si no entendieras, no estarías acá.
-No te cacho.
-Hablá en castellano.
Dame la mano y danzaremos
Dame la mano y me amarás…
-Dejá eso. No caminés por ese sendero chapado de oro, no todo es premios.-me sorprendió su reacción. Durante todo el paseo había estado en una tranquilidad que aparentaba ser inquebrantable.
-Tranquilo, no te preocupes, no pensaba terminar eso de todos modos, no me gusta la poesía.
-Estás entendiendo pibe. Un sendero inusual el tuyo, aunque sin duda es maravilloso.
-Créeme que sigo sin entender.
-No dejés la poesía.
-Vale…- entre más “entendía” menos comprendía. Todo se volvía más oscuro.
… el jardín tiene infinitos senderos…
-Ahora entendés- me alborotó el pelo en señal de felicitación.
-Nunca en mi vida había llegado a algo así.
-Ya sabés lo que tenés que saber.
-No entiendo.
-Caminás por todos los senderos a la vez, pibe.
El sendero pasó frente a una casa: mi casa. Con mis manos congeladas abrí la puerta y me dirigí a la habitación. El hombre se quedó afuera y siguió caminando.
Cerré los ojos.
Quizás es el momento de bombardear la capital.

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