No podía dormir. Por más que tratase, no lograba conciliar el sueño. Un sonido aterrador, como el gruñido de un animal, lo tenía así, pegado junto a la cama y asustado, sin poder cerrar los ojos por más de un minuto. A pesar de eso no quería levantarse y averiguar qué era, pero como el ruido no cesaba, se hizo de valor. Se levantó y bajó al sótano, pero no encontró nada. Frustrado y enojado volvió a meterse en la cama solo para caer en la cuenta de que se le había olvidado mirar hacia el techo.
Las hojas se mecían suavemente al compás del atardecer. El sol replegaba sus luces con algún espectáculo, en el que las nubes se ufanaban como coloridas protagonistas. La vieja encina se alargaba sobre las briznas ya rendidas, pronta a perderse en las sombras de la colina. Un conejo distraído se paseaba dando brincos sin un sentido aparente, por los lugares que aún quedaban bañados de día. Asustadas por la presencia del animal, un cuarteto de bandurrias batió las alas entre chillidos desganados. Al punto las imitó un pajarillo que se fue a posar en la última rama de la encina. El conejo levantó la vista, mirando divertido a las bandurrias, para seguir luego su rebote disparatado. La hierba se resignaba a su paso, ansiando recatada las sombras y el descanso. Los últimos brillos del ocaso tinto eran súbditos del sopor. El aire sangraba abatido por la lanza de la noche, que asestaba su golpe definitivo al sol para bajar luego su telón oscuro. Una ligera brisa remeció ...
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