Con un revólver en la mano apuntando hacia su víctima, Jaime no ponía estar más contento. Llevaba mucho tiempo deseando hacerlo, el dar por terminado la vida de alguien por mano propia. Tan solo tenía que esperar un solo gesto de Diego para apretar el gatillo. La ansiedad le recorría todo el cuerpo, "¿cuánto habrá pasado, dos minutos?", se preguntaba. Pero ni siquiera pasaron dos segundos. "Rayos, ¿Porqué se demorará tanto el Diego, si me dijo que no se demoraría más de cinco minutos? Ya llevamos diez. "¿Acaso lo estará haciendo de adrede? Él sabe lo importante que es este momento para mí. Sabe que llevo deseando hacer esto desde que era un niño. Vamos, cálmate. Quizás no cayó en la cuenta de que necesitaría más tiempo para terminar de hablar. Total, es su ex polola. Sí, eso debe ser".
Sin embargo, no pasaba nada, el Diego seguía tranquilamente hablando, mientras que Jaime se llenaba de impaciencia. "Ahora sí, me dijo que si se demoraba más de veinte minutos que lo hiciera nomás. ¿Qué? ¿Sólo han pasado doce? No puede ser. No me la creo. Siempre me pasan estas cosas a mí. Desde que estaba en el colegio de chico nada me salía bien, y mis compañeros se reían de mí. Como si fueran ellos tan perfectos. Yo nunca tuve problemas de la vejiga como sí los tuvieron muchos de los infelices que me molestaban diariamente, ni tampoco era tan malo para los deportes. Tan solo tenía malas notas y la peor suerte del mundo, pero eso no era excusa suficiente para que me hicieran la vida imposible. Bastardos, los odiaba a todos. Qué alegría me dio cuando por fin me vengué de uno de mis acosadores. Tantos años de sufrimiento llegaron a su fin. Esa enterrada de cuchilla que le puse en la guata al desgraciado fue una de las mejores cosas que me han pasado, pero por desgracia sobrevivió. Si tan solo hubiera muerto, habría sido algo hermoso. Y luego vino el maldito juicio, ser enviando a un centro juvenil de delincuentes y las largas horas con esos payasos que se hacen llamar psiquiatras. Mis grandes y majestuosos discursos sobre la dicha de asesinar de nada sirvieron, y esos papanatas me tildaron "mentalmente inestable" y de "psicópata potencial". Imbéciles, ¿Qué saben ellos de la vida? Nada. Y yo que llegué incluso a sentir pena por alguno de ellos, y traté de explicarle lo mejor que pude sobre mis correctos pensamientos, pero de nada sirvió. Para ellos no era nada más que un loco.
Bendito el día en que conocí a Diego. Escaparme de ese centro de detención juvenil fue algo maravilloso. Y que tan buena persona ha sido el conmigo. Le confié todos mis secretos, y a cambio me dio comida y casa. Me presentó amistades nuevas y me hice cercano a su en ese entonces polola, la Sofía, lástima que le puso cuernos y se fue todo al carajo. Pero bueno, me he beneficiado bastante de todo este altercado. Aunque no esperaba que fuera la Sofi mi primera víctima, no puedo negar que este es el mejor momento de mi vida".
A pesar de estar metido en sus pensamientos, Jaime seguía atento ante cualquier señal de Diego. Ya quedaba poco para llegar al minuto veinte, y Jaime ya se había conformado con esperar hasta ese minuto, pero solo hasta allí, nada más. Sin embargo, para su sorpresa, Diego le dio la señal, y ni corto ni perezoso, disparó a la cabeza de Sofía. El placer que sintió segundos después fue el mayor éxtasis que sintió en toda su vida, y nada en todo el mundo, ni siquiera matar de nuevo pudo volver a dárselo.
Terminó malgastando toda su vida en tratar de a sentir ese placer que nunca más volvió a tener.
Sin embargo, no pasaba nada, el Diego seguía tranquilamente hablando, mientras que Jaime se llenaba de impaciencia. "Ahora sí, me dijo que si se demoraba más de veinte minutos que lo hiciera nomás. ¿Qué? ¿Sólo han pasado doce? No puede ser. No me la creo. Siempre me pasan estas cosas a mí. Desde que estaba en el colegio de chico nada me salía bien, y mis compañeros se reían de mí. Como si fueran ellos tan perfectos. Yo nunca tuve problemas de la vejiga como sí los tuvieron muchos de los infelices que me molestaban diariamente, ni tampoco era tan malo para los deportes. Tan solo tenía malas notas y la peor suerte del mundo, pero eso no era excusa suficiente para que me hicieran la vida imposible. Bastardos, los odiaba a todos. Qué alegría me dio cuando por fin me vengué de uno de mis acosadores. Tantos años de sufrimiento llegaron a su fin. Esa enterrada de cuchilla que le puse en la guata al desgraciado fue una de las mejores cosas que me han pasado, pero por desgracia sobrevivió. Si tan solo hubiera muerto, habría sido algo hermoso. Y luego vino el maldito juicio, ser enviando a un centro juvenil de delincuentes y las largas horas con esos payasos que se hacen llamar psiquiatras. Mis grandes y majestuosos discursos sobre la dicha de asesinar de nada sirvieron, y esos papanatas me tildaron "mentalmente inestable" y de "psicópata potencial". Imbéciles, ¿Qué saben ellos de la vida? Nada. Y yo que llegué incluso a sentir pena por alguno de ellos, y traté de explicarle lo mejor que pude sobre mis correctos pensamientos, pero de nada sirvió. Para ellos no era nada más que un loco.
Bendito el día en que conocí a Diego. Escaparme de ese centro de detención juvenil fue algo maravilloso. Y que tan buena persona ha sido el conmigo. Le confié todos mis secretos, y a cambio me dio comida y casa. Me presentó amistades nuevas y me hice cercano a su en ese entonces polola, la Sofía, lástima que le puso cuernos y se fue todo al carajo. Pero bueno, me he beneficiado bastante de todo este altercado. Aunque no esperaba que fuera la Sofi mi primera víctima, no puedo negar que este es el mejor momento de mi vida".
A pesar de estar metido en sus pensamientos, Jaime seguía atento ante cualquier señal de Diego. Ya quedaba poco para llegar al minuto veinte, y Jaime ya se había conformado con esperar hasta ese minuto, pero solo hasta allí, nada más. Sin embargo, para su sorpresa, Diego le dio la señal, y ni corto ni perezoso, disparó a la cabeza de Sofía. El placer que sintió segundos después fue el mayor éxtasis que sintió en toda su vida, y nada en todo el mundo, ni siquiera matar de nuevo pudo volver a dárselo.
Terminó malgastando toda su vida en tratar de a sentir ese placer que nunca más volvió a tener.
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