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Cumpleaños no feliz


¿Para qué escribo? Escribo para que otros me lean y me quieran más.


Un tibio viento golpeó las últimas hojas de un alerce, las que cayeron sobre la falda de un viejo que estaba intentando leer bajo la tenue luz que dejaba pasar las desnudas ramas. Miró hacia el cielo, dio una larga piteada a su cigarro y suspiró botando el humo fuertemente; sabía que se acercaba la lluvia, entonces encontró mejor entrar a su casa.
Dentro estaba su familia. Los nietos mayores jugando “Play Station” en el segundo piso, molestándose por quien es mejor en el “Fifa”. Las nietas estaban entreteniendo a sus primos menores con alguna estupidez infantil. Sus hijos con sus señoras y maridos estaban tomando un aperitivo mientras les preparaban la comida.
Nadie había notado que el viejo había salido a fumar y ninguno se dio cuenta cuando regresó.
Se sentó con sus hijos, nueras y yernos en el decorado living. Una acuarela de Juan Francisco González reposaba a un lado de la prendida chimenea. La mesa de centro de cristal tenía unos canapés y unos quesos de leche de  alce, acompañados por copas de vino “Margoux”. A los costados unos cómodos sillones y finas sillas, ocupadas por los adultos.
El viejo no dijo ninguna palabra, pues no le interesaba en lo más mínimo todo lo que contaba su yerno sobre sus empresas y viajes de negocios. Luego de tener que soportar la conversación, los llamaron a sentarse en la mesa antes que se enfríe la comida.
Se sentaron en una vieja mesa de mármol, mientras que los nietos fueron a almorzar a la cocina, no les interesaba escuchar las fomes conversaciones de sus padres.
Les sirvieron “Sukiyaki de Wagyu” como plato principal. Almorzaron rápido y sin cambiar sus únicos temas, historias de negocios o debates sobre política. Les retiraron los platos. Después entraron desde la cocina los nietos con una torta y 85 velas sobre ella, cantando sin mucho ánimo “feliz cumpleaños”. El viejo intentó sonreír, pero vio a su familia, algunos nietos mirando sus celulares, las nietas hablando sobre el feo vestido de alguien y los mayores siguieron conversando, sólo se escuchaba el intento de canto de los nietos menores. Sopló las velas sin energía ni emoción, lentamente, hasta que las apagó todas.
Los nietos sacaron un pedazo de torta y se fueron rápidamente donde estaban antes de almorzar. La empleada ofreció café de grano y un pedazo de torta a los adultos.  Aceptaron sin agradecer. El viejo no quiso nada.
Se paró de la mesa sin que a nadie le importe, se puso un abrigo Gucci y con un paraguas salió al parque de la casa, armó un cigarrillo y lo encendió; se quedó parado mientras la lluvia hacía un arrítmico sonido sobre él. Nunca pensó que sería tan difícil soportar a tanta gente en su primer cumpleaños sin su señora a su lado.
Terminó de fumar y entró a la casa con un poco de frío y se sentó cerca de la chimenea, sin hablar con nadie. Los nietos estaban aburridos y se les notaba que ya se querían ir, los adultos se estaban poniendo tensos por alguna típica diferencia de opinión en política. Todos se despidieron sin afecto del viejo. No se escuchó ningún agradecimiento, solo algunos reclamos de sus nietos a sus madres por tenerlos ahí hasta tan tarde.
Solo en su casa.
Nuevamente pudo estar tranquilo. Ya no escuchaba la desagradable voz de sus nueras discutiendo que hijo es mejor, o a sus yernos intentando aparentar ser el más exitoso de la familia. Ahora podía escuchar las ramas golpeando los ventanales y a la lluvia caer sobre el techo.

Se sirvió un vaso de whiskey “Macallon”, se sentó en su sillón de terciopelo a un lado de la chimenea, prendió un gran puro “Cohiba”, abrió un libro y finalmente sonrió y se sintió feliz.

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