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¿El huevo o la gallina?

Dios volvía a vaciar el vaso que hace unos pocos segundos se encontraba medio lleno. El licor ya le producía ese caluroso placer en la garganta. Nadie quedaba en el bar en esas altas horas de la madrugada. Zeus, Júpiter, Amón,  Alá y hasta Buda (quien siempre intentaba colarse en el lugar) se habían ido a sus casas. Se encontraba completamente solo, y a la vez, completamente borracho. Absorto en sus pensamientos, se puso a jugar de manera distraída con sus sobrenaturales poderes. Así, como por accidente, creó al primer ser humano.

Solo, recostado sobre la barra, repasaba las últimas gotas que aún quedaban en la botella. El lugar estaba completamente desolado.  Nieztche, Engels, Feubarch y hasta Sartre -quien solía ser el último en irse- habían abandonado el bar, y Adán estaba siendo acompañado por una serie de pensamientos y una borrachera que al día siguiente cobraría el precio que su cuerpo debería pagar. Se puso a pensar en la vida, en la esencia de las cosas, y una serie de preguntas azotaban su mareada cabeza, pero sus amigos ya se habían ido y no estaban ahí para entregarle las respuestas. Así, resolvió todas las disyuntivas reavivadas por el alcohol creando un ser solo comparable con Roma, ya que todos los caminos debían llegar a él.  

De estas historias no sabemos quién se emborrachó primero, pero si sabemos que ninguno se acordó de su creación al día siguiente. Solo se juraron, cada uno a sí mismo y para sus adentros, que jamás volverían a beber. 

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