Siete perros caminando, todos muy bien vestidos, avanzando en fila india, tan perfectamente, que se llegaba a pensar que el segundo perro pisaba donde mismo lo hacía el primero. Siete perros caminando, todos muy bien vestidos, el primero lucía un smoking de lo mas elegante, un abano entre los dientes, un monóculo frente a su ojo, y un sombrero de copa bastante alto adornando su cabeza. De él dependían todos los otros perros, vestidos casi igual a su líder, con diferencias entre puro o pipa, pingüino o no, y uno por ahí con un bastón entre las garras. Era tal su coordinación al caminar, que si hubiera sonado un Vals, cada paso canino habría correspondido a un tiempo dentro del compás de seis octavos. En el caminar de cada perro, aunque fueran todos lo bastante parecidos para creer que eran idénticos, se notaba una expresión distinta, siete expresiones distintas paseando por ahí, siete perros caminando, todos muy bien vestidos, uno de ellos comiendo sin cesar, de una bolsa de pedigree que llevaba escondida dentro del sombrero, el cual reposaba debajo de su axila, entre el brazo y su cuerpo. Su traje, algo manchado con comida, pero nada grave. A fin de cuentas, seguía siendo un perro con smoking. El que iba atrás del goloso, no dejaba de olfatear la bolsa, y se le notaba en su cara la frustración de no poseer una igual. En ese momento empecé a comprender,creo que ya sabía que hacían esos perros aquí. Necesitaba una prueba más, que demostrara la coherencia de mi teoría. Fijé la mirada en el último de los canes, y vi en sus ojos el deseo de lanzarse encima de uno de sus compañeros con el fin de castigar el haberlo puesto último. Sus dientes se mostraban amenazantes, y de su boca goteaba saliva, su nariz arrugada, y sus pupilas inyectadas en descontrol... en orgullo. Siete perros caminando, todos muy bien vestidos. Ahora entendía lo cerca que estaban de nosotros, rondando frente a nuestros ojos, disfrazados del espectáculo mas llamativo del mundo. Siete perros caminando, todos muy bien vestidos, avanzando en fila india, tan perfectamente, que se llegaba a pensar que el segundo pisaba donde mismo lo hacía el primero.
Agustín Valenzuela
Agustín Valenzuela
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