Ambos hombres de dispusieron a caminar rumbo a la plaza, llevando a sus espaldas cada uno lo suyo, al llegar al parque, esta vez se sentaron en el pasto de al fondo, tapados por arbustos y apartados del resto del público. Uno de ellos llevó su mano a su maleta y sacó de ella un par de latas de cerveza, parecían caras, eran grandes y con matices dorados, abrieron las latas y les dieron un trago, luego otro, cualquiera hubiera dicho que aquél día hacía un frío horrible, pues cuando se llevaban la lata de cerveza a la boca, las manos les tiritaban notoriamente, sin embargo al momento de tragar, cerraban los ojos y pasaban el líquido por sus gargantas decididamente, seguidos de un suspiro ronco y profundo, ocasionado debía ser por el frío también . En mitad del ritual, uno de los hombres rascándose la barbilla sacó de su maleta ahora una cajetilla de cigarros, estaba nueva y parecían también de calidad, sacó uno, y se lo puso en la boca, su colega lo miraba y esbozaba una pícara sonrisa, con los labios y la mano temblando, y viendo a todos lados del parque, encendió el cigarro y aspiró indecisamente, llevó el humo a los pulmones, o eso intentó, y liberó una estruendosa tos, pasándole el cigarro ya encendido a su socio, este hizo lo mismo temblando también (repito, esto debió ser por el frío de aquella tarde) y dejó salir una fuerte tos al igual que su compañero, pronto ambos se repusieron y comenzaron a beber de las cervezas y fumar el cigarro alternando los dos elementos, miraban el parque y se sentían dueños de él, mejor aún, sus tiranos.
Después de un rato, se levantaron del césped, entonces sintieron el efecto del etanol sobre sus cuerpos, se tambaleaban y se reían a estruendosas carcajadas, se volvían a sentar y cruzaban las piernas cual dueños del fundo, se les ocurrió ir a una fiesta o quizá tomar el auto e ir a apostar a los caballos, excitados también empezaron una larga charla sobre sus asuntos y como debía ser el mundo según ellos, avanzaba la tarde y con ella las sombras, hasta que se vieron ambos hombres solos en el parque, una última carcajada salió de sus bocas cuando advirtieron su soledad y miraron a la plaza, vacía y oscura, de repente, escucharon un ruido, no percibieron de dónde venía, era como una sacudida violenta y cortante de los arbustos, el ruido se repitió y esta vez un escalofrío recorrió sus espaldas, se pusieron de pie y enseguida comenzaron a correr ambos hombres hasta la salida del parque, cruzaron la calle apenas iluminada por un poste de luz e invadida solo por el eco de un perro que aullaba, continuaron su desesperada carrera por la avenida, doblaron la esquina en una calle más pequeña y llegaron a una casa, la que les pareció más conocida, entraron y, empapados en sudor y sin aire, escucharon esa voz de cada día:
- Manuelito, Pedrito ¿Llegaron? ¿Por qué tan tarde? Bueno, no van a comer nada hasta que hayan hecho sus tareas, suban, que están castigados.
Subieron las escaleras desabrochándose las cotonas y bajando las mochilas de sus hombros.
Después de un rato, se levantaron del césped, entonces sintieron el efecto del etanol sobre sus cuerpos, se tambaleaban y se reían a estruendosas carcajadas, se volvían a sentar y cruzaban las piernas cual dueños del fundo, se les ocurrió ir a una fiesta o quizá tomar el auto e ir a apostar a los caballos, excitados también empezaron una larga charla sobre sus asuntos y como debía ser el mundo según ellos, avanzaba la tarde y con ella las sombras, hasta que se vieron ambos hombres solos en el parque, una última carcajada salió de sus bocas cuando advirtieron su soledad y miraron a la plaza, vacía y oscura, de repente, escucharon un ruido, no percibieron de dónde venía, era como una sacudida violenta y cortante de los arbustos, el ruido se repitió y esta vez un escalofrío recorrió sus espaldas, se pusieron de pie y enseguida comenzaron a correr ambos hombres hasta la salida del parque, cruzaron la calle apenas iluminada por un poste de luz e invadida solo por el eco de un perro que aullaba, continuaron su desesperada carrera por la avenida, doblaron la esquina en una calle más pequeña y llegaron a una casa, la que les pareció más conocida, entraron y, empapados en sudor y sin aire, escucharon esa voz de cada día:
- Manuelito, Pedrito ¿Llegaron? ¿Por qué tan tarde? Bueno, no van a comer nada hasta que hayan hecho sus tareas, suban, que están castigados.
Subieron las escaleras desabrochándose las cotonas y bajando las mochilas de sus hombros.
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