En esa época del año el sol no se pone. “Noches Blancas”, las llaman, y la verdad es que eso son. No, aún mejor: noches amarillas, o naranjas; la luz se cuela por las rendijas de las persianas con ese mismo sopor anaranjado que tenía en Santiago, un día cualquiera de verano a eso de las seis. Es esa luz que ilumina los párrafos del diario del domingo; mala hora para leer, los cabeceos terminan rindiéndose siempre a ese sueño perezoso que digiere el almuerzo. Las motas de polvo revolotean como en cámara lenta, apareciendo y desapareciendo del caudal de los rayos de sol. La noche, la condenada Noche Blanca, que hubiese debido estar sumida en la oscuridad y el silencio, sofoca el ambiente con su luz y lo aprisiona en un letargo del demonio. No hubo ni un solo día, en poco más de dos meses que pasé allá, en el que pudiera dormir como la gente, descansar. Siestas, largas siestas, y a veces más de una ...
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