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El Argentino


Estimada Rosita:
Mi reina: usted sabe que si yo fuera poeta le escribiría una enciclopedia y aquí, en el frente, las palabras se hacen pocas, pero sepa que lo que más me interesa es decirle que la quiero.  Intento no pensar mucho aquí en el hogar, pero nuestros recuerdos van y vienen y aunque trato de evitarlo, no puedo dejar de hablar de ti a mis compañeros. Recuerdo cuando nos casamos, o cuando fuimos al sur y tuvimos que representar escenas cebollentas en las plazas para ganar algunas monedas y lo único que quiero es volver a la casa para sentarme en la terraza y hacerle cariño al Dexter mientras estoy contigo.
Aquí se pasa solo hambre, sed y frío, pero solo la amistad de los buenos compañeros sirve para pasar las penas, de hecho,  hace ya unos días que entablé amistad con el Teniente Ferrer. Fue atleta igual que yo. Incluso antes de ir al frente, estuvo compitiendo en un torneo latinoamericano, pero no ganó porque en la última vuelta, se le cayó el testimonio (el palo que hay que pasarle al compañero de la posta). Ya sé que tú y los deportes, no son buenos amigos, pero entre los milicos son pan de cada día y yo me estoy acostumbrando a la idea de que si no estoy haciendo deporte estoy manteniendo mi fusil en la mano.
Hace como diez días que llegamos a las planicies y hemos pasado todo el tiempo cavando trincheras que ya casi están listas, salvo por algunos detalles menores para que sean un poco más profundas. A veces siento que estoy cavando mi propia tumba aquí, pero quiero que sepas que no estoy asustado, pero sí siento que será demasiado extraño el coger una pistola y dispararle a un hombre a matar, es algo que todavía me cuesta asumir que tendré que hacer. Recuerdo que en mi entrenamiento el instructor siempre nos decía en los ejercicios de disparo “Siempre dispárenle a su enemigo de frente pero no lo piensen, disparen porque es su deber” Ahora que lo pienso, esas palabras, Rosita, sé que todo esto lo hago  por mi patria y que es mi deber como soldado el defenderte a ti, a mis padres a mis amigos y a todos los chilenos. Porque, si yo no lo hago ¿Quién lo hará?  Es curioso mi reina que la gente piensa que los soldados cuando estamos  punto de entrar a la guerra con los fusiles en la mano y la tierra entre los dientes, solo queremos salvarnos el pellejo, pero aunque igual pensamos un poco en eso, uno igual sabe que esto hay que hacerlo por  Chile y por nuestras familias y por eso te pido que le reces a la Virgen por mí, para que cumpla con mi deber.
En estos pocos días nos ha pasado de todo ante la espera de la guerra, antes de ayer me ocurrió un percance muy extraño entre las trincheras. Mientras cavábamos en la madrugada del martes, la silueta de un hombre se presentó al otro lado del frente y tras dar unos pasos se fue a parar entre nuestra trinchera y la de los argentinos, justo al medio y comenzó a levantar los brazos como señalándonos algo.  Rápidamente el Teniente Ferrer hizo correr la orden de que le apuntáramos con los fusiles al segundo. Le apuntamos con ansia Rosita, esperando a que aquel hombre comenzara la guerra, ya no queríamos más espera. El tiempo y la incertidumbre matan el miedo de los hombres en el frente que no saben hasta cuando tendrán que aguantar esa vida de perros y si es que debemos comenzar nuestra lucha en algún momento preferimos que sea en ese momento. Así que cogí mi fusil y lo apoyé en la tierra de la trinchera y sostuve al argentino en la mira apuntándole al pecho y apretando los dientes, preparándome para el primer disparo. Por el eco de la planicie se propago la orden del Capitán Ibáñez del “¡No disparen!” “¡No disparen!” “¡Apúntenle pero no disparen!” Era algo muy raro Rosita, le estábamos apuntando unos treinta chilenos y el seguía ahí parado, moviendo los brazos cruzándolos de un lado a otro por encima de la cabeza como asistente de aeropuerto sin avanzar ni retroceder un paso. Nosotros le sosteníamos con los fusiles mientras el Capitán seguía haciendo correr la orden del “¡No disparen!” pero nuestros fusiles ya estaban que se disparaban solos por la ansiedad.
-Ese argentino esta chalado, no cacha que va a empezar una guerra –murmuró el cabo Gonzales a mi derecha.
-Son todos así, además así siempre empiezan las guerras  –le dije de modo cortante por los nervios y volví la mirada hacia el argentino, que después de largos minutos de silencio, cesó su movimiento. Levantó sus brazos y los dejó arriba como rindiéndose. Intenté fijar bien los ojos en sus acciones pero la voz del Teniente Ferrer me interrumpió zumbándome el oído derecho.
-¡Sargento Martínez! –gritó, con tono militar.
-¡Sí mi teniente! –le dije dándome  la vuelta y cuadrándome ante el oficial.
-¡Coja su fusil  y diríjase al soldado del frente, pregúntele que carajo desea, pero tenga cuidado sargento, no queremos estallar una guerra! ¡Conforme Martínez!
-¡Conforme mi teniente!
            Cogí mi fusil y subí lentamente midiendo cada movimiento la trinchera para acceder a la planicie y camine con cautela aferrado a  mi fusil mientras se escuchaba la voz del Teniente  a mis espaldas “¡Cubran a Martínez!” “¡Cubran a Martínez!”. Era una  planicie infinitamente abierta en la que el sol se ponía al poniente y la luz daba paso a la noche. El argentino que se veía como un pequeño bulto negro, poco a poco comenzaba a dibujarse como la figura de un soldado y mientras más me acercaba empezaba a verse la cara de un veterano, más alto que yo, con la típica mirada seria, militar, ennegrecida por la tierra de las trincheras.
            Yo, Rosita, que ya casi estaba a pocos metros del argentino, temblaba como con tercianas y tenía el corazón en la mano mientras le rogaba a la Virgen que me sacara de ahí vivo. Me paré frente a él y traté de imitar la misma mirada seria. E,l tras sostener sus ojos fijos en mí durante unos minutos, dibujo una pequeña sonrisa en su rostro bañado se tierra  que poco a poco se hizo más grande. Comenzó a reírse. Primero despacio y después a fuertes carcajadas que resonaban en la planicie y se expandían a lo lejos rompiendo el infinito silencio y la tensión que se había formado entre ambos frentes. Yo le miraba con asombro mientras calmaba los nervios y el tiempo y la extrañeza disipaban mi miedo. El argentino se calmó de golpe, retornó a su mirada seria dando paso al sonido del viento que chocaba contra las montañas y se mantuvo así sosteniéndome la mirada durante varios largos minutos de incertidumbre, y después bajo la cabeza, dio media vuelta y se marchó solemnemente.
            Me quedé helado, clavado al suelo con los pies firmes y la mirada perpleja, tratando de digerir la rareza que acababa de presenciar. Siempre supe que los argentinos eran algo extravagantes, pero aquello era demasiado. ¿Qué sentido tendría que un hombre se arriesgara a morir y peor, a  hacer estallar una guerra entre dos países que estaban a un hilo de hacerlo para ir a dar unos pasos, pararse en medio de ambas trincheras, para mirar a los ojos a un soldado enemigo y dar media vuelta y marcharse como si nada? El cabo González tenía razón. Aquel argentino estaba totalmente chalado.  De pronto el argentino que aún encontraba a poca distancia de mí, cautivó mi atención. Le vi alejarse. Todo pasaba como en cámara lenta, el tiempo ante las rarezas se hace más largo. Caminó diez pasos al frente cuando dio media vuelta, se aproximó  se puso a un metro de mí, levanto la mano izquierda y me indico la insignia que portaba en el hombro derecho, era una bandera argentina como la que porta cualquier otro soldado , no sé qué tenía de especial pero el encendía los ojos como si me estuviera mostrando el más increíble de los hallazgos.
            Para decir verdad, el miedo y la ansiedad con el tiempo se paran y para un suceso tan singular como el que me ocurrió con el fulano de al frente, lo que ya pasaba por mis más íntimos sentimientos era una profunda irritación. Fuera lo que fuera que tratara de hacer aquel argentino, me tenía hasta la coronilla. Seguía mirándome fijo y levantó nuevamente el brazo, pero esta vez el derecho y con la misma mirada encendida me indicó la insignia que portaba en el hombro izquierdo, ya sabía que sería el escudo de su regimiento. No sé por qué el fulano insistía en tratarme como un imbécil para mostrarme que era soldado, era realmente un tipo único de aquellos para conocerlos, grabarlos en la memoria y pasar cien años riéndose de su rareza. Miré igual la insignia de reojo para corroborar lo que pensaba, pero al detener mis ojos en ella supe el porqué de tanta rareza. Aquella insignia que este hombre portaba en el hombro no era un escudo de su regimiento ni nada por estilo, sino una bandera chilena. ¿Era posible? ¿Un soldado que portaba dos banderas en su uniforme? ¿Qué quería decir con eso?
-Soy un soldado –me dijo con tono irritado, como frustrado por que no  entendiera algo que llevaba media hora tratando de explicarme , cosa que por supuesto que yo ya sabía. Sabía que aquel hombre era un soldado del frente argentino. ¿Por qué se esmeraba tanto en aclararlo? Miré su uniforme y vi una vez más las insignias de las banderas chilena y argentina cosidas en sus hombros, entonces recordé mi misión en aquella visita y le dije un poco irritado:
-Trae algún mensaje para mi Comandante o todo esto es una broma de mal gusto.
-La verdad soldado es que yo debo hacerle la misma pregunta usted, porque es usted quien ha cruzado la frontera chilena y se ha venido a parar en mi territorio.
            ¿Soldado? ¿Era posible que aquel individuo se dirijera al Sargento Martínez como “soldado”- Soy el Sargento Enrique Martínez y he venido por orden de mi Comandante a preguntarle si usted, soldado argentino, desea darle un mensaje a mi Capitán. –pronuncie muy marcadamente cada una de mis palabras para darle a entender a aquel individuo mi profunda irritación e impaciencia por todo aquello.
-Discúlpeme Sargento. –dijo elevando el tono de su voz. –Pero yo tampoco soy un soldado ni mucho menos señor, soy un oficial y para ser más….
- ¿Un oficial? –Le interrumpí irónico –y si es un oficial donde está su condecorado  uniforme y sus insignias? –Le pregunté. Esperando su respuesta me puse a reflexionar en el acento de su voz no era el típico acento argentino de buenos Aires ni uno un poco menos marcado. No, aquel era una especie de acento neutro, como el del doblaje de las películas, un acento con todos los idiomas dentro de él, lo que le daba un pretexto más al fulano de al frente, para ser tachado de “alternativo”.
- La verdad es que estando en campaña  usted entenderá que uno no puede traer su uniforme de gala, sargento, sin embargo deseo dejarle en claro que no solo soy un oficial sino que soy el General Comandante en Jefe de mi ejército.
            No pude contener la risa, el tono excesivamente serio y verosímil de mi interlocutor me hizo estallar en carcajadas, podía pasar que se dijera oficial, pero que se dijera “general en jefe” era para morirse de la risa. No González estaba equivocado, no era un loco el que tenía frente a mí, era un payaso.
-Usted no es un soldado.-Le dije. –Usted es un payaso y solo eso. Ahora dese media vuelta y vuelva a sus filas antes que este diálogo produzca algún tipo de conflicto que podría llevarnos a un enfrentamiento que no deseamos. Así que le pido, por favor,  que dé media vuelta y se marche a sus filas, porque ha logrado su objetivo, si éste era hacerme reír.
-¡La verdad es que usted es un hombre muy confuso señor Martínez y no ha logrado comprender la gravedad del asunto, aquí no hay nada para la risa sargento, soy el Comandante en Jefe del ejército chileno y argentino mezclado al mismo tiempo, es decir un ejército nuevo, que se creó hace poco, hoy de hecho y se encuentra armado y listo para el combate. Es más –Afirmó con tono seguro. – Dígale a su comandante que sí tengo un mensaje, que he sido enviado por mi presidente es decir yo mismo, para custodiar la frontera de mi país y que si algún ejército desea cruzarla tendrá que enfrentarse a mis hombres, o sea yo mismo y que aunque poseo escasos efectivos, uno solo hombre de hecho, defenderé mi país con valentía!
- y ¿Cuál es su país?
-¡Mi país es todo el mundo, no es ni Chile ni Argentina, ni Brasil ni ningún otro. Soy un ciudadano de todo el mundo y la verdad es que la lucha no tiene ningún sentido porque hay que defenderlos a todos, no podemos desangrar sangre ajena para defender a uno determinado, todos deben ser defendidos, esa es mi bandera y ese mi ejército del que soy general!
- Señor – Le dije cansado de aquella estupidez y con el tono paternal que solía usar para motivar a mis soldados. –ya entiendo lo que le ocurre, usted no es ningún general, es un solo un soldado que vencido por el miedo y la frustración de entrar a la guerra se ha escapado  de sus filas y ha creado en su nerviosismo toda una locura de ejércitos, países y generales. Lo que pasa es que usted tiene miedo de morir. ¿No es cierto soldado?,
-Cierto sargento, tiene usted razón pero ya no hay más vuelta que darle, deserté por miedo de mi ejército y me cree mi propia nación para evitar entrar a la guerra pero ya no puedo volver a mis filas, debo quedarme aquí.
            Aquel hombre era mi enemigo Rosita, probablemente era un soldado contra el que me tendría que enfrentar dentro de poco si entrabamos en guerra. Sin embargo no podía dejarlo en aquella confusión, simplemente tenía miedo de cumplir con su deber y se había escapado. Conversé largamente con él hasta el anochecer y le convencí de que venciera sus miedos, que cogiera su fusil y defendiera a su patria con honor porque era su deber, porque aquella cobardía le perseguiría toda su vida. El hombre hizo lo propio y tras una larga reflexión se arrancó la insignia de la bandera chilena y la puso en mis manos, luego dio media vuelta y se marchó, esta vez de forma definitiva.

Se despide cariñosamente tu marido Sargento Enrique Martínez Ortiz.

Bernardo José Pablo Fontaine Montero Talavera Ward Aldunate Guzmán Balmaceda Letham.



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