Apareció un destello de luz cegador, al principio era débil, pero fue ganando intensidad a medida que la verdad se revelaba... Los malvados serían finalmente juzgados. Los demás estábamos libres y no teníamos nada que temer.
Súbitamente comenzó a dolerme debajo de los párpados... Después de todo, tal vez no estaba libre... Caí de bruces, producto del intenso ardor presente en mis ojos, mi cabeza comenzó a hincharse, dejé de sentir mis miembros, dejé de admirar el universo que hasta ahora había despreciado y mis pensamientos perdieron su claridad acostumbrada. Recordé las multitudes de gente que asesiné en nombre de La Revolución, sus caras, sus miedos, sus familias... Creía estar haciendo un bien a la humanidad, sería necesario un pequeño trauma, un insignificante río de sangre y podríamos llegar a nuestro ansiado paraíso en tierra. Todo fue en vano. Con el poco aire que me restaba lancé un grito desgarrador, todo mi odio, desilusión, impotencia y dolor fue contenido en aquel terrible alarido, sentí que el mundo se desgarraba, la gente a mi alrededor escapó presa del pánico. Segundos se transformaron en horas, horas en siglos, siglos en eternidad... Oscuridad, silencio, vacío.
Agustín Izquierdo Hübner
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