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¿Malvados?

Apareció un destello de luz cegador, al principio era débil, pero fue ganando intensidad a medida que la verdad se revelaba... Los malvados serían finalmente juzgados. Los demás estábamos libres y no teníamos nada que temer.

Súbitamente comenzó a dolerme debajo de los párpados... Después de todo, tal vez no estaba libre... Caí de bruces, producto del intenso ardor presente en mis ojos, mi cabeza comenzó a hincharse, dejé de sentir mis miembros, dejé de admirar el universo que hasta ahora había despreciado y mis pensamientos perdieron su claridad acostumbrada. Recordé las multitudes de gente que asesiné en nombre de La Revolución, sus caras, sus miedos, sus familias... Creía estar haciendo un bien a la humanidad, sería necesario un pequeño trauma, un insignificante río de sangre y podríamos llegar a nuestro ansiado paraíso en tierra. Todo fue en vano. Con el poco aire que me restaba lancé un grito desgarrador, todo mi odio, desilusión, impotencia y dolor fue contenido en aquel terrible alarido, sentí que el mundo se desgarraba, la gente a mi alrededor escapó presa del pánico. Segundos se transformaron en horas, horas en siglos, siglos en eternidad... Oscuridad, silencio, vacío.

Agustín Izquierdo Hübner

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Final

Por lo menos, quedé tranquilo. Había hecho todo lo que estaba al alcance de mi mano pero igual no se logró lo que quería, lo que queríamos. Me tendré que adecuar al nuevo presente o simplemente tomar el primer vuelo al otro rincón del mundo, esa idea me sedujo más... Agustin Eguiguren

Simples receptores

Rostros deprimidos, miradas vacías, ropas tiesas. A pesar de aquel ambiente tétrico, se percibía que alguna vez hubo alegrías. Una mano sudorosa jugaba con un lápiz. Una voz en off llamaba al orden. Un tiempo gritaba por un pasado. El día esclarecía y el corazón se ensombrecía. Los cerebros se endurecieron, todos los ojos miraron a un mismo punto. Los cuerpos se transformaron en máquinas procesadoras. Las reglas estaban claras, no se cuestionaban, era lo sano; o tal vez lo cómodo. Las preguntas que surgieron en aquel salón de clases no fueron nada extraordinarias.

Sangra la Última Hora del Día

      Las hojas se mecían suavemente al compás del atardecer. El sol replegaba sus luces con algún espectáculo, en el que las nubes se ufanaban como coloridas protagonistas. La vieja encina se alargaba sobre las briznas ya rendidas, pronta a perderse en las sombras de la colina. Un conejo distraído se paseaba dando brincos sin un sentido aparente, por los lugares que aún quedaban bañados de día. Asustadas por la presencia del animal, un cuarteto de bandurrias batió las alas entre chillidos desganados. Al punto las imitó un pajarillo que se fue a posar en la última rama de la encina. El conejo levantó la vista, mirando divertido a las bandurrias, para seguir luego su rebote disparatado. La hierba se resignaba a su paso, ansiando recatada las sombras y el descanso. Los últimos brillos del ocaso tinto eran súbditos del sopor. El aire sangraba abatido por la lanza de la noche, que asestaba su golpe definitivo al sol para bajar luego su telón oscuro. Una ligera brisa remeció ...